miércoles, 15 de agosto de 2018

el regreso del hombre perro



Es un teatro de una pequeña ciudad, un teatro tan de andar por casa que dejan a dos niños estar ahí con los brazos apoyados en el escenario, en la obra hay un señor que quizás sea un samurai, que seguro que es un borracho, porque se tambalea como un borracho, lo hace muy bien el actor que hace de actor que hace de samurai, y también hay un perro que no es un perro actor, es un niño disfrazado de perro, un niño que no se acuerda de llegar a tiempo al escenario y que tampoco se acuerda de que ahí subido tiene que ser más perro que humano, le recoge la pipa al samurai borracho, se pone de pie, esas cosas que hacen los humanos, y el actor que hace de samurai hace esas cosas que hacen los humanos con los perros, en este mismo momento le está tirando algo que quizás sea una piedra de mentira a la cabeza y el niño de nuevo va a reaccionar como humano, no como perro, se va a poner de pie y se va a poner a llorar, no es que le oigamos llorar, la película es muda, es un gesto de los brazos y de los puños que vienen delante de donde estarían los ojos si no los ocultase el disfraz, con eso ya sabemos que llora, con eso hasta le oímos llorar, y en realidad no acabamos de saber si esa piedra se la tira el actor o se la tira el personaje del samurai borracho, porque el actor en la vida real es un poco como el samurai borracho, es un poco violento, cree que puede resolver las cosas a golpes, cree que puede resolver las cosas tratando a los otros como si fuesen perros, así que podría estar dirigiendo al niño actor a golpes, pero creo que no es eso, creo que en este momento preciso la piedra es cosa de la obra, porque el perro de mentira se supone que va siguiendo al samurai y le va ladrando, es uno de esos perros que de pronto les da por seguir a alguien y ya no se paran, más tarde sale uno así, que sigue al actor por la calle, y el actor se da la vuelta y le intenta asustar, y el perro reacciona como un perro, recula un poco, no se pone de pie y a llorar, es un perro perro, no un perro niño, aunque también vemos a un enjambre de niños seguir al actor por la calle sin echarse a llorar, hay algo liberador en ese enjambre de niños que son como una especie animal diferente, hay algo liberador en que no acaben de ser humanos, en que sean un poco niños perro, e incluso el niño este que no se acuerda de ser perro en el escenario luego va cada dos por tres con su traje de perro fuera del escenario, no consigue ser nunca del todo perro pero tampoco deja nunca de ser un poco perro (y cuando van a subastar ese traje huele mal, huele a que se ha hecho pis dentro del traje, qué gracia tienen los chistes de pis), es un niño perro con un animal de compañía que es un animal de mentira, una hucha gato con una única moneda, una hucha gato que es al mismo tiempo su único juguete y su único dinero y que su propio padre le intenta robar para comprar tabaco, así que el niño perro que tiene que defender su hucha gato, ahora va a resultar que los perros defienden a los gatos, todo puede ser, al fin y al cabo luego van los humanos y tratan a otros humanos como perros, a golpes, quizás sean humanos samurais, aunque con el tiempo y la reflexión esos humanos samurais aprenden a suavizar esos gestos, y el golpe acaba por convertirse en palmada, quizás fue así, el primer perro, el primer hombre, un golpe que se volvió palmada, qué cosa extraña es una palmada, recuerdo de golpe que ya no es, contacto de mano a cuerpo, aquí estás, aquí estoy, aquí estamos juntos y estamos contentos simplemente de eso, de estar juntos, de comprobar que estamos tan cerca que nos podemos tocar, en realidad, bien visto, somos un poco perros, hay que ver la alegría del actor cuando está con su hijo que no sabe que es su hijo, es una alegría inexplicada, una alegría simplemente de tiempo y espacio compartido, es como las fiestas que le puede hacer el perro al humano, puede ser al fin y al cabo que esté bien ser un poco humano perro y tratarse no como el humano trata al perro, sino como el perro trata al perro, quizás al fin y al cabo la historia vaya de eso, de esos cariños de simplemente estar juntos, compartiendo el tiempo y el espacio, de esos cariños y del tiempo que llevan y del vacío que a veces dejan.
(Historia de una hierba errante, Yasujiro Ozu)

domingo, 12 de agosto de 2018

el teatrillo del cigarillo


Hay un hombre y una mujer y entre ellos median un cigarrillo y una cerilla, y el suspense es saber si esa cerilla llegará a encender ese cigarrillo, si se llegarán a tocar fuego y cigarrillo, que sería como si se tocasen hombre y mujer, como si se tocasen sin hacerse daño, porque en realidad el hombre durante casi toda película si se acercaba a alguien, si se ponía a mano, parecía que solo podía ser para golpearle o retorcerle el brazo, no sabía hacer otra cosa el hombre cuando no pasaba lo que él quería, y en realidad nada conseguía a golpes, más bien parece que los personajes que consiguen algo son los que consiguen guardar la distancia adecuada, los que saben acercarse pero también alejarse, a algunos de ellos les debe de venir de oficio, porque el hombre y la mujer y otros más en realidad son actores de teatro, aunque casi nunca los vemos actuar, a ella un poco, a él nunca, más bien los vemos maquillarse y desmaquillarse y dejar que pase el tiempo en la tarde calurosa hasta que llegue la hora de actuar, pasan más tiempo entre representaciones que en escena, y durante ese tiempo se mienten y se hacen daño y se mueven a escondidas el uno del otro, son un teatrillo ambulante, el hombre cuando miente sonríe mucho y se le aceleran los movimientos o saca un cigarrillo, cuanto fuman los actores de teatro en esta película, debe de ser una manera de llenar el espacio y el tiempo, algo con lo que ocuparse y algo que dar a mirar a los demás mientras se disimula, mientras se está  intentando hacer otra cosa, como los trucos de manos de los magos, o también algo con lo que ponerse en escena para sí mismo, algo con lo que distraer los nervios o el hastío, algo con lo que hacerse trucos de manos a uno mismo, el cigarrillo es un poco de teatro que se cuela fuera del escenario y a falta de verle en el teatro es de lo poco que le vemos actuar al hombre, su teatrillo itinerante de mentiras y broncas, la verdad es que no actúa muy bien fuera de los escenarios, cuando miente se le nota y cuando se enfada pierde el control, cuando se enfada actúa muy mal, supongo que a casi todo el mundo le pasa, se nos descontrola el espacio y el tiempo, perdemos el ritmo del cuerpo, este hombre da golpes o grita insultos, hay que ver cómo le grita a la mujer, con una barrera de lluvia entre los dos, cada uno de un lado de la calle, con la violencia de la lluvia sustituyendo por una vez a la violencia de los cuerpos, si eso fuese un escenario seguro que ya todo el mundo se habría ido del teatro, qué gestos más poco medidos, qué bronca más previsible, al final resulta que para este hombre nada va del escenario a la vida y puede ser que tampoco vaya nada de la vida al escenario y que por eso las representaciones sean un fracaso, el hombre no es como una chica joven de la compañía, que sí sabe llevarse los trucos de la escena a la vida, que sí sabe jugar con las distancias, con el acercarse y alejarse, hay que verla apoyada contra un barco, hay que verla alejarse por un pasillo oscuro, no es solo el teatrillo de la seducción, pasada la seducción y llegado el amor todavía le queda por reflejo ese sentido de la escena, ese sentido de la distancia, eso que el viejo actor ha olvidado y que a última hora quizás recuerda, capaz por fin de acercarse sin golpear, capaz al fin de hablar sin acelerarse, capaz de fumar lentamente, capaz de traerse un poco del ritmo del escenario al ritmo de la vida y así, quizás, recordar también qué era el escenario, qué eran sus distancias y sus tiempos, y, de nuevo, volver a ser en el escenario, más allá de la rutina, actor. 
(La hierba errante, Yasujiro Ozu)

jueves, 9 de agosto de 2018

la velocidad de las ilusiones


A la izquierda hay un jeep de juguete al que le faltan las dos ruedas de atrás, a saber dónde estarán esas ruedas, a saber si algún día reaparecerán, y a la derecha hay un tren de juguete con sus vías que hacen curva, pero lo que el niño más grande tiene en las manos no es un juguete, aunque iba envuelto, como van envueltos los regalos, no es un juguete, no, es un pan, ni siquiera un pan de juguete, un pan pan, y la cara del niño, como de asombro al ver el pan, un asombro un poco decepcionado, es la cara de alguien que se había hecho ideas, que se había hecho ilusiones, porque el niño había pensado que eso que había traído su padre en un paquete eran vías nuevas para su tren de juguete, y el caso es que el padre no había dicho nada como para pensar que pudiesen ser vías, pero aún así el niño se había hecho la ilusión, su ilusión había nacido en un instante, había viajado más rápido que la razón o la costumbre, hay veces que a la ilusión no se la puede parar, hay veces que uno sabe que se está haciendo ilusiones y que no hay razón para ello y sin embargo no puede parar, y al niño ni siquiera le había dado tiempo a pensar que se estaba haciendo ilusiones, así que a la decepción le va a seguir el enfado, porque una ilusión no viene y se va sin más, una ilusión tarda mucho más en irse que en llegar, así que el niño va a ir a ver al padre, seguido por su hermano pequeño, y le van a dar patadas al pan, y el padre se va a enfadar y les va a regañar y ellos se van a ir, enfadados, decepcionados, y al caer la noche todavía no habrán vuelto y todo el mundo estará muy preocupado, y uno puede pensar que ese enfado es cosa del mundo de los niños, en esta película hay mundos así, que no se pueden entender del todo desde el mundo que se les opone, el mundo de los niños y el de los adultos, el mundo de las solteras y el mundo de las casadas, el mundo de los viejos y el mundo de los que todavía tienen mucha vida por delante, como si la vida fuera ir pasando de mundo en mundo y que el mundo pasado o el mundo por venir te resulte un poco extraño, algo hay de eso al final la película, una manera de sentir que la vida es en realidad una cosa muy extraña si se ve con un poco de distancia, si se ve como en un mapa, con sus países o mundos bien separados y el asombro de que se haya podido vivir en mundos tan diferentes, pero también pasa en la película que esos mundos no son tan diferentes, hay rasgos que se mezclan, las jóvenes solteras juegan como los niños, a pillarse, a correr, a hablar en claves privadas, los adultos comen tarta a escondidas de los niños (qué lindo todo lo que pasa con las tartas en esta película), las solteras a veces saben más de la vida de casada que las casadas y todos, antes o después, se hacen ilusiones y se enfadan si no pasa lo que habían imaginado, también el padre de los dos niños se ha hecho ideas sobre la boda de su hermana, se ha convencido de que le habían dicho algo que nadie le había dicho, y cuando descubre que las cosas no son así también se enfada, como sus hijos con el pan, la verdad es que tiene bastante mal pronto ese hombre, quién lo diría, a veces parece de lo más ingenuo, como un niño, y a veces parece de lo más irascible, como un niño, sí, tiene ingenuidades de niño y enfados de niño, pero ahora es adulto y esos enfados tienen más poder, eso preocupa un poco, aunque pronto se le pasan, y no solo él se hace ilusiones, se hace ideas, les pasa a casi todos, se hacen ideas y ya les parece que son realidades, hay una chica, una de las dos solteras, que le dice a una casada que la felicidad no es más que anticipación, como ir a las carreras pensando en a qué caballo vas a apostar y al poco ponerse a imaginar en qué vas a gastar el dinero que vas a ganar, y aunque ella no habla de la decepción que te puedes llegar si pasa lo lógico, si tu caballo no gana, ya nos la imaginamos nosotros esa decepción, uno no puede evitar la velocidad de las ilusiones, la velocidad a la que viene una idea, aunque también pueda ser, claro, que alguien se haga ilusiones y no crea en ellas y aún así las diga y eso cambie varias vidas, que las ilusiones más irreales se hagan reales, y hay que ver también cómo Noriko, la hermana soltera, de pronto decide lo que va a ser su vida, de pronto ve y piensa algo que antes no había pensado, o que andaba ahí durmiendo, esperando a ser pensado, a ser de veras pensado y dicho, las ideas parece que vienen de pronto, pero tampoco es verdad, porque eso que Noriko decide de pronto era algo que había ido creciendo en ella sin que se atreviese a de veras pensarlo, y la ilusión que se hace el niño al ver el paquete tampoco viene de ninguna parte, viene del deseo de vías que en él había ido creciendo, un deseo que había crecido tanto que cualquier paquete que llegase no podía ser más que eso, vías, y las ideas que el hombre se había hecho sobre la boda de su hermana venían de algo aún más fuerte y difícil de contrariar que el deseo de vías, venía de las costumbres y tradiciones, de lo que se supone que es la vida y el cómo se hacen las cosas, y cuando una ilusión está ahí parece que no vale de nada gritar, no en el mundo de esta película, hay que dejar tiempo para que pase, eso les pasa a los niños con las vías, eso le pasa al hombre con su hermana, eso quieren creer que le va a pasar a ella, pero no, porque lo que a ella le ha pasado no es una ilusión, es una decisión, no es algo que le vaya a venir desde afuera, como el premio en las carreras, como las vías que trae el padre, es algo que ella puede hacer, es algo que ella va a hacer, y quizás resulte finalmente que la felicidad sea otra cosa que anticipación, otra cosa que ilusión. 
(Principios de verano, Yasujiro Ozu)

martes, 7 de agosto de 2018

un uso del té


Este señor se llama Shuhei Hirayama y trabaja de jefe en una oficina de una fábrica, una fábrica que no se sabe qué fabrica aparte de humo, se ve mucho humo por la ventana de la oficina, y esta noche, de casualidad en casualidad, ha acabado en un bar con un mecánico que en otro tiempo fue soldado suyo, porque este señor sonriente y con bigote resulta que en otro tiempo, durante la guerra, fue capitán de un barco. 
Es extraño verle así, sonriente y un poco despistado, y pensar que alguna vez estuvo al mando de un barco hecho para matar, es extraño en esta película ver a los personajes y pensar que ahí, hace no tanto, estuvo la guerra, que esas calles, quizás, fueron ruinas de los bombardeos, los vemos en este presente de problemas para casar a una hija o comprar una nevera y de vez en cuando alguna palabra nos recuerda los bombardeos, nos recuerda las evacuaciones, el tiempo en el que una mujer que siempre vestía kimono se acababa poniendo los pantalones de su marido para huir mejor.
Es extraño y sin embargo ese pasado que casi no se puede adivinar está ahí, como está ahí la juventud de los tres amigos ya mayores que se reencuentran para comer, beber y hacer chistes más o menos malos, en realidad la película cuenta cuarenta años de vida, en unos días de principios de los sesenta nos da la profundidad del tiempo que ha pasado, y que se nota que ha pasado porque ahora los vemos ahí y pensamos que vieron la guerra y con sus movimientos un poco ridículos es difícil pensarlo, es difícil adivinar en sus ojos lo que esos ojos han visto, y también porque los movimientos de este señor son un poco lentos, porque su esposa ya murió, porque hay un viejo profesor en el que se puede ver que el tiempo que pasa son días y días que se pueden vivir bien pero también se pueden vivir mal, una vida marcada por algo que podría haber sido y no fue, debió dejar que su hija se casase y no lo hizo.
Si no fuese porque el señor Hirayama se encuentra con su antiguo soldado, un hombre un poco redondo que no es tan gordo como parece, quizás nunca habríamos sabido que fue capitán de un barco, y es que él no habla nunca de eso, no es como el soldado que recuerda y recuerda ese tiempo de guerra y que en ese bar a menudo escucha un viejo disco, una marcha militar imperial, la música que imaginamos escuchaban en tiempos de guerra por la radio, antes de los partes, y que ahora la dueña del bar ha vuelto a poner, por eso están todos con la mano delante de la cara, que así sin gorra ni contexto quizás no lo podíais adivinar, pero es un saludo militar, un saludo que le quitas la gorra y no se entiende y más bien resulta un poco ridículo, como si hiciesen burla.
La dueña del bar, por cierto, parece ser que se podría parecer a la esposa del señor Hirayama, al menos si la ves de lejos y ella está mirando hacia abajo y solo te fijas en una parte indeterminada de de su cuello, lo dice él, y es una manera graciosa de pedirnos que imaginemos el pasado, que imaginemos lo que nunca vemos ni veremos ya, de tal manera que en realidad nos resulta imposible imaginar, además la mujer tiene una cara un poco graciosa, una cara que nos cuesta pegar con lo que creíamos adivinar de ese pasado, así que más bien es como decirnos que podemos intentarlo pero que, la verdad, no lo conseguiremos, el pasado está allí y podemos sentir su espesor, pero no podemos revivirlo. 
Antes de poner la canción y de ponerse la mano delante de la cara y hasta de desfilar un poco, desfilar de broma, el antiguo soldado del señor Hirayama se había preguntado cómo es que perdieron la guerra, cosa a la que ninguno de los dos pueden responder, y también cómo habría sido si la hubiesen ganado, en vez de jóvenes japoneses bailando rock habría habido jóvenes americanos tocando el shamisen, y piensan que quizás estuviese bien que no ganasen la guerra, y la verdad es que es gracioso oír todo eso y también un poco triste, porque es como si la guerra no hubiese tenido lugar y sin embargo tuvo lugar, y dan ganas de preguntarse no qué habría pasado si Japón hubiese ganado la guerra sino simplemente qué habría pasado si no hubiese habido guerra.
En realidad esto de preguntarse por lo que podría haber sido, por los momentos en los que algo podría haber bifurcado y el mundo, o al menos una vida, unas pocas vidas, podría haber sido diferente, no es algo en lo que piensen solo cuando han bebido y recuerdan la guerra, también el viejo profesor lamenta el momento en el que pudo haber casado a su hija y no lo hizo, y al final la hija del señor Hirayama se casa con quién se casa, y no con otro hombre, porque alguna pregunta se hizo demasiado tarde y otras se dejaron sin responder.
No sólo cuando han bebido piensan en lo que pudo haber sido y no fue, pero en realidad casi siempre están bebiendo, antes y después de pensarlo, una vez pensado sólo queda beber y quizás llorar, y sobre todo bebe el señor Hirayama, casi todas las noches le vemos volver a casa borracho, hay que ver lo que aguanta, aunque bien visto se le acaba por doblar un poco la espalda y el alcohol le da sed, al final de la película se hace té y no sabemos si es por hacer algo, para no llorar, para dejar de llorar, o si es para hacer pasar un poco el alcohol, un acto reflejo en un momento de tristeza, un acto reflejo que quizás sirva para que a la mañana siguiente le duela un poco menos la cabeza, le pese un poco menos la resaca, y no tenga que hacerse preguntas sobre la noche anterior, como si el alcohol pudiese borrar los días pasados y el té pudiese borrar el alcohol bebido y así no tenga que preguntarse al día siguiente, una vez más, qué sería esta mañana si ayer hubiese bebido un trago menos, qué habría sido si las cosas, ayer, siempre, hubiesen sido, de alguna manera, diferentes. 
(El sabor del sake, Yasujiro Ozu)

domingo, 5 de agosto de 2018

la gracia de enhebrar



No habría que decir mucho, simplemente que parece que se van a poner a bailar, simplemente que parece que ya bailan, una coreografía de esas que no se sabe dónde termina el gesto no bailado y dónde empieza el baile, hay en esta película momentos así, momentos de sincronía caminando, todos al mismo ritmo, llaves que saltan de la mano derecha a la mano izquierda sin más razón que el placer del gesto, el placer de que las cosas vuelen, momentos en lo que el siguiente paso ya podría ser bailado y sin embargo no, no se llega a bailar, y hay también momentos en los que uno se echa a reír sin que haya de veras un gag, simplemente un apunte de gag, por ejemplo dos señores que se ponen a jugar cada uno con su pipa, rimando el uno con el otro como si fueran Hernández y Fernández, como si a un paso estuviera ya el tebeo, y también es cierto que no son pipas cualquiera, tienen toda una historia, una historia que también rima, las cosas de dos en dos tienen más gracia. 
También pasa, claro, que ellas se mueven casi a la par pero no, y se miran y se sonríen como si ese moverse en rima fuese un juego, pero no están solas en ese ritmo, no están solas en ese baile, porque también juega la cámara, también juega el cambio de plano cuando la chica se echa hacia atrás y pasamos del cercano al general, hay un placer de la precisión, como sucede también un poco antes, cuando ella se pasa la mano por la cabeza, es lindo ver algo tan preciso, como un hilo que sin temblar pasa por el ojo de la aguja, como un equilibrista que camina por la cuerda sin esfuerzo, como la bailarina que vuelve baile el gesto cotidiano o que el engarza puño lanzado al aire y el gesto de echarse hacia detrás, un gesto concluyéndose en otro sin que podamos detener el momento preciso de la transición. 
En realidad ese gesto del puño lanzado a alguien que no lo ve ya había aparecido antes, era un niño que boxeaba el aire que había entre él y su padre vuelto de espaldas, un niño que boxeaba el aire sin más, sin que nadie resultase herido, es la gracia de boxear el aire, que se suelta el músculo pero no pasa nada, es un gesto que nadie va a recordar, y además en la película ese gesto no importa nada de nada, quizás rima con el tema de la distancia entre las generaciones, pero rima sin más, de todas maneras nunca volveremos a ver al chico, quizás simplemente diga que estas cosas, en general, importan pero tampoco no hay que tomárselas muy en serio. 
La chica lanza su puño hacia un tren que ya no está ahí, al fondo entre los edificios, un tren en el que va una amiga de las dos chicas que se ha casado y que se va de viaje de novios, o que se va a vivir a otro lugar, la verdad es que no lo sé, esto otro lo acabo de pensar, y lanza el puño porque esa amiga no las ha saludado desde el tren con su ramo de flores como había prometido y no saben muy bien el porqué, pero eso y el hecho de no haber sido invitadas a la recepción les hace pensar que las personas con el tiempo se distancian, y que se distancian más aún cuando se casan, como si casarse fuese acelerar el tiempo, dividirlo en dos, hacer una frontera entre un momento y otro de la vida. También puede ser, claro, que le tocase estar sentada junto a la ventanilla del otro costado del tren, esas cosas pasan y a veces lo que de un lado tiene mucho sentido del otro lado simplemente es mala suerte. 
Ved, ved cómo pasa el tren allí al fondo entre los edificios, ved todas esas camionetas rojas, como si fuesen de una marca de refrescos, como si fuesen de un musical de esos donde el mundo entero está recoloreado para la ocasión, porque si el mundo no está recoloreado resulta mucho más difícil creerse que toda esa gente se ponga a bailar, y sobre todo que se pongan a cantar. 
Luego los personajes vuelven a venir aquí arriba, a apoyarse en esa barandilla, y bastará por ejemplo que la chica con el vestido más claro vuelva aquí, mientras los compañeros juegan a la pelota y al bádminton, y vea pasar un tren, uno cualquiera, para que sepamos que está pensando en su posible matrimonio. Más tarde bastará que la otra chica esté ahí apoyada, hablando con un compañero de trabajo, mientras los compañeros de nuevo juegan a la pelota y al bádminton, para que veamos la imagen del tren sin que haga falta mostrárnosla, para que sepamos que el lugar hacia el que miran es el lugar por el que pasan los trenes y que ellos puedan hablar de viajes sin que haga falta ver de nuevo pasar un tren e incluso para que más tarde, cuando ya han tenido lugar las despedidas, no haga falta ver ni trenes ni barandillas, como si las imágenes que lo significaban se hubiesen ido borrando y ya sólo quedase la sensación de la separación, la sensación de la distancia, como si la gracia final de las rimas y de los gestos de baile estuviese en el momento en el que se desvanecen, como si se tratase de crear tren a tren, paso a paso de casi baile, un mundo con la gracia y la belleza suficientes como para que su desaparición se sienta como ausencia, un mundo que merezca la pena echar menos. 
(Otoño tardío, Yasujiro Ozu)

miércoles, 25 de julio de 2018

un barrido con la mirada



Son dos barrenderos en una estación de tren, dos barrenderos que no barren pero que miran hacia la izquierda, miran hacia una recién casada y hablan de ella, nosotros nunca la veremos, tan solo sabremos que para uno de los dos, el que parece más mayor, es demasiado delgada, y es que así parece que animan su momento de descanso los dos barrenderos, hablando de las recién casadas que se han visto ese día en la estación, hablan de ellas y nosotros no las veremos y en realidad a los barrenderos que no barren tampoco volveremos a verlos, porque la película no va de ellos, no, ni la historia empieza de veras en la estación de tren, tan solo da la casualidad de que desde la ventana del lugar en el que va a empezar la historia se ve la estación de tren, y en ese lugar está teniendo lugar una boda, así que todo rima un poco, no hay continuidad de los personajes pero sí de la idea, y quizás uno podría pensar que ya puestos la película podía haber empezado directamente allí, en la boda, con los personajes de la película, no con esos barrenderos de paso, pero en el fondo vaya uno a saber dónde empieza de veras una historia, y puestos a no saber dónde empieza quizás sea mejor empezar a contarla por cualquier parte, y que esa parte sea lo más cualquiera posible, que sea la puerta que menos anuncie lo que está por venir, como pasa a veces con esas fachadas que no parecen gran cosa y luego uno entra y resulta que detrás hay un patio que parece una selva o una librería caótica o un laberinto que da al mar, mejor empezar por el lugar más lejano del centro, como recordando que la historia podría haber sido otra, que podría haber tenido otros centros, y también tiene gracia empezar por la basura, como en aquella película de Lubitsch que empezaba en Venecia, sí, pero empezaba con un tipo echando un montón de basura a su góndola basurera y luego poniéndose a cantar con una voz de ópera, una voz que si la oyes de lejos no imaginas que el hombre que canta esté haciendo la recogida de basuras, y está bien que la película te diga que también podrías imaginar eso, o también que no hay que fiarse de un cuerpo, o que no hay que fiarse de una voz, y tampoco la de Lubitsch era la historia del basurero cantante, a él no le volvíamos a ver, era la historia de unos ladrones de guante blanco, pero algo podíamos recordar luego de la voz y el cuerpo inesperados, sin saber cual de los dos era la apariencia y cual la realidad (y la respuesta sería que ni el uno ni el otro ni lo contrario, claro), también de esa entrada en la Venecia de los ricos por la puerta trasera, y en esta película que empieza con los barrenderos que no barren y comentan recién casadas en una estación de tren también acaba resultando que ya estaba la película ahí, en ese primer momento, mientras hablaban los barrenderos, porque es una película de matrimonios y es también, en cierto modo, una película de trenes, una película que es como el largo camino que llevará a un padre a reconocer la existencia libre de su hija, la existencia de ella fuera de la voluntad de él, y el final de ese largo camino tomará la forma de un improvisado viaje en tren para ir a verla a Hiroshima, un viaje en tren del que tampoco veremos gran cosa, y del que sobre todo no veremos la llegada, de hecho no veremos nada de ese encuentro hacia el que conduce la película, veremos su eco en otro encuentro, veremos el punto en el que el círculo de esa historia central se cruza con otro círculo, o el punto en el que esa historia se refleja en otra historia y se dan cada una un poco más de sentido, y esto en el fondo tiene su gracia, como empezar con los barrenderos, como empezar con el gondolero basurero, esto tiene su gracia y al mismo tiempo es quizás una de las cosas que de veras cuenta la película, que una historia no es una sola sino varias al mismo tiempo, quien dice una historia dice una vida, y una de las cosas que acaba aprendiendo el personaje principal es a reconocer que la historia de su hija se cruza con su propia historia pero no se confunde con ella, y que está bien que así sea, que incluso en los momentos de mayor unión las historias sigan sin confundirse, puedan reflejarse, alejarse y acercarse, torcer la una el sentido de la otra sin imponerse a ella, y sin saber siquiera en qué momento estuvieron de veras más unidas.
(Flores de equinoccio, Yasujiro Ozu)

sábado, 21 de julio de 2018

con calcetín sudado

para Santos

Es el reencuentro de un marido y una esposa en una pequeña ciudad de las montañas, un reencuentro inesperado tras lo que podía parecer ya para siempre una ruptura, y eso que hay en la mano derecha de él, no sé si veis, esa cosa negra, es un calcetín, un calcetín negro que él se acaba de quitar, porque la escena sucede cuando él acaba de volver del trabajo, un largo y caluroso día de trabajo en la oficina de una fábrica, y cuando ha comprendido que su esposa estaba allí, que había venido por sorpresa, él estaba quitándose los calcetines, esos calcetines que deben de estar bastante sudados y que quizás lleva todo el día pensando en quitarse, el otro calcetín está en el suelo, si os fijáis lo podéis ver ahí, en línea con los pies de ella, y eso de quedarse con el calcetín negro en la mano es como el toque sudado en la escena de emoción, o quizás sea una forma de pudor, con el calcetín en la mano no la puede tocar, en realidad en toda la escena no se tocan, no sé si os dais cuenta, es el reencuentro de un hombre y una mujer y no se tocan, se hablan pero no se tocan, tocan otras cosas, calcetines sudados, por ejemplo, y además él se quita el reloj, mientras hablan de cosas que deciden cómo van a vivir a partir de entonces él sigue con los gestos cotidianos, los gestos de ir quitándose las ropas y objetos del trabajo, las ropas y objetos del estar fuera de casa, en la película los hemos visto despertarse unas cuantas veces, hemos visto cómo va él al trabajo, hemos oído a algunos de sus colegas hablar del ello, el asombro cotidiano de toda esa gente en tren, de toda esa gente llenando oficinas, y también le hemos visto a él volver de casa y quitarse la ropa, y según cómo se quitase la ropa y cómo la recogiese o no ella podíamos saber lo que iba pasando entre ellos, importaba una camisa que se oculta porque tiene una mancha de carmín, importaba un pantalón que se dobla con cuidado, importaban todas esas variaciones en esos gestos que se repiten día tras día, y es que la película quizás vaya de eso, del día tras día, de la repetición, de pronto uno se da cuenta de que los personajes hablan mucho de la vida de trabajador asalariado, los que no son asalariados envidian a los asalariados, y los asalariados envidian a los que trabajan por cuenta propia, hablan de ello con algo de asombro, como si se estuviesen dando cuenta de algo, una ley, un monstruo, un castillo, que siempre estuvo ahí y que nunca habían visto, aunque también da la sensación de que ese asombro quizás sea también algo cotidiano, pero es extraño oírlo tanto, es extraño oír hablar tanto de algo que es la realidad de tanta gente, es extraño oír hablar tanto en una película de lo que siempre está ahí, y llega un momento en el que uno no sabe muy bien si está viendo una película sobre vida matrimonial con vida asalariada de fondo o una película sobre vida asalariada con vida matrimonial de fondo, o si las dos cosas se encuentran y quizás sea una película sobre las certezas de la vida cotidiana, la certeza de los días y las noches, la certeza de los gestos que, más o menos, se van a repetir, y qué hacer entonces con esa certeza, y también, al borde de esas certezas, el recuerdo de que se nace y el recuerdo de que se muere, hay un personaje del que se dice que nunca se vio a un oficinista más feliz de serlo, y es aquel que está enfermo y para el que las certezas de los días y las noches son estar en cama sin poder respirar y contando los días desde la última vez que pudo vivir y caminar normalmente, sí, hay un personaje que ya no se quita los calcetines al volver a casa, que ya no se quita el reloj, que ya no toma el tren en hora punta, que ya no se pasa el día sentado en una oficina, y es algo triste, todo es cuestión de desde dónde se mire, desde dentro o desde fuera, desde el principio o desde el final, pero al cabo nos quedan los personajes que sí viven en la certeza, aunque han descubierto lo frágil que es, y quizás no acaban de estar seguros de que tenga o no un valor, de que merezca o no la pena, pero siguen adelante con ella, de otra manera, en otra ciudad, mientras en el suelo hay un par de calcetines negros y afuera, en el cielo de la ciudad, una chimenea de la fábrica echa un humo negro sobre un fondo de montaña y nube blanca, y ya no sabemos si lo que vemos es el humo negro, la nube blanca, o los dos, y quizás la cámara no haga tanta diferencia entre humo y nube, para la cámara lo mismo son encuentro y separación, lo mismo son nube y humo, son algo que se mueve, son algo que el viento mueve.
(Primavera precoz, Yasujiro Ozu)