domingo, 30 de agosto de 2015

Sacks/Ramuz/Despertares


Problemas similares surgieron con el paciente de Gregory s.B., que nunca dejaba de "sorprenderse por cómo los objetos cambiaban de forma cuando los rodeaba... Miraba un poste de alumbrado, lo rodeaba, y se quedaba estudiándolo desde distintas perspectivas, y se preguntaba por qué parecía tan diferente y sin embargo el mismo". Todas las personas que acaban de recuperar la vista, de echo, sufren dificultades radicales con las apariencias, encontrándose de pronto inmersos en un mundo que, para ellos, puede ser un caos de apariencias que cambian continuamente, inestables, evanescentes. Puede ser que se encuentren completamente perdidos, confusos, en ese flujo de apariencias, que para ellos todavía no está firmemente anclado en un mundo de objetos, en un mundo de espacio. Aquellos que acaban de recuperar la vista, y que anteriormente han dependido de otros sentidos distintos de la visión, se quedan desconcertados por el mismísimo concepto de "apariencia", que, al ser óptico, no posee analogía alguna con los demás sentidos. Los que hemos nacido en un mundo de apariencias (y sus esporádicas ilusiones, espejismo, engaños) hemos aprendido a dominarlo, pero eso resulta increíblemente difícil para alguien que acaba de recuperar la vista. 
Oliver Sacks, Un antropológo en Marte

"Despertar, básicamente, es invertir esa situación: el paciente deja de sentir la presencia de la enfermedad y la ausencia del mundo, y empieza a ser consciente de la ausencia de su enfermedad y de la plena presencia del mundo. Se convierte, según D.H. Lawrence, "en un hombre que goza de completa salud y está atento a cuanto lo rodea".
Una vez despierto, pues, el paciente ya no está ocupado ni preocupado por su enfermedad, y se vuelve hacia el mundo. Y lo hace prestándole una atención tanto más profunda y ardiente, tanto más amorosa, alegre e inocente, cuanto más tiempo ha estado aislado de él, es decir, "dormido". El mundo vuelve a ser algo maravillosamente lleno de vida para este paciente. Encuentra motivos de interés, sorpresa y diversión en todo cuanto ocurre a su alrededor, como si hubiera vuelto a la infancia o acabara de salir de la cárcel. Se enamora de la realidad. "

Oliver Sacks, Despertares


Era un llamado Bé. En la otra vida, era ciego. En la otra vida, había nacido ciego, había muerto ciego, nunca había visto, es por eso que, ahora, tenía que aprender dos veces a ver. 

Había pues dos que lo sujetaban, cada uno de un brazo. Por momentos, Bé se paraba; se quedaba inmóvil como alguien que tiene asma. 
Eran dos los que lo sujetaban, cada uno de un lado, es decir, François Besson y Henri Delacuisine; y Delacuisine: "¿No estás bien, Bé? Él: "Tan solo sujetadme... Eso es..." Luego volvió a ponerse en marcha, y mantenía los ojos cerrados. 
De pronto, los volvió a abrir; decía: "¿Y esa mancha blanca?" 
- Esa es la casa de Produit, es la pared de la cuadra de Produit. 
Y Bé tendía la mano hacia la cosa como para cogerla, mientras los otros dos reían diciendo: "¡Pero es que no puedes! ¡Está demasiado lejos! así que rehizo un momento su noche, como cuando uno vuelve a casa para descansar. 
Y, mientras, echaron a andar, y sucedió mientras andaban. Sucedió poco a poco. No alzaba más que ligeramente y con precaución el párpado, haciendo una pequeña provisión de cosas, dejando luego recaer el párpado. No dejaba entrar más que pocas cosas a la vez, pues tenía primero que ponerlas en orden. Pero he aquí que a pesar de todo abrió de nuevo los ojos, y de nuevo las cosas venían, mientras él iba caminando entre los dos hombres. Y conoció el blanco y el negro, lo lechoso, el rosa, y cuando es un bello verde o un bello amarillo y es como el vino viejo; los colores de todas la cosas y las cosas que están bajo ellos, vestidas con los colores y que no se pueden conocer más que por sus colores. 
Dijo: 
- Creo que ya está. 
Se paró él solo. 
- Besson, veo. Delacuisine, veo. Te veo, Besson...
Se vuelve hacia Besson
- Estás ahí, te veo, Delacuisine. 
Se vuelve hacia Delacusine. 
Y luego se volvió hacia delante y, en efecto, sus párpados se alzaron completamente por encima de los globoa todavía pálidos. como esas plantas que han crecido a la sombra y esos brotes de las patatas que han estado mucho tiempo metidas en la despensa; -batieron, como las mariposas baten las alas cuando se van a echar a volar; - y luego:
- ¡Ya está! ¡Ya está! 
Pero de nuevo: 
- ¿Y eso? decía.
- Eso es el aire.
- ¿Y eso? decía. 
- Eso, es la roca. 
Pensó. Asintió. Dijo: 
- Sí. 
Dijo: 
- No. 
Luego: 
- ¡Sí! ¡Que sí! ¡Dios mío! ¡Todo esto! ¿Es posible que todo esto sea mío?
Tendía entonces los brazos, los dos brazos, abiertos como cuando se ve venir a alguien: y entonces, en efecto, empezó a venir, venía; y él lo tomaba y lo apretaba rápido contra sí, - un poco de aire por aquí, un poco de distancia, otro poco de distancia; una pared, de nuevo una pared, una casa de madera marrón, una que era rosa; luego, más a la izquierda, y más atrás, los prados, los campos, los bosques, esos cuadrados verdes, esos cuadrados grises, esos cuadrados amarillos, lo brillante, lo no brillante; - lo tomaba todo junto, y también el cielo y el aire, tomando todo eso entre sus brazos;- entonces llega otro poco de cansancio, cierra los ojos, descansa. 
Luego, los brazos tendidos de nuevo; y, mientras tanto, un gran silencio. 
Después: 
- Ya estoy. 
Varias veces. "Ya estoy". 
Dejó caer los brazos. 
- Porque, empezó a decir, es que somos casi demasiado ricos, jamás hubiese creído que pudiese haber tantas cosas...
C. F. Ramuz, Joie dans le ciel

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