Hay una tienda. Se llama Nayada. Es un negocio familiar en el que se venden varias cosas, aunque lo que más vemos vender, y de lo que más se habla, es sake. Sake que almacenan en unos grandes barriles y que venden midiéndolo en unos cuadrados de madera que luego vierten, con un embudo, en las botellas de cristal que traen los clientes. Tres cubos, dice una chica. Y le llenan tres cubos que, una vez dentro de la botella, son algo así como dos tercios. Lo que calcula que se querrá beber ese día en su casa, quizás. O un compromiso entre lo que se querrá beber en su casa y lo que se puede pagar. La medida justa entre el ahorro y la ebriedad. Para vivir se necesita la ebriedad y se necesita el dinero. Si el dinero empieza a faltar en exceso, antes o después se acabará la ebriedad, porque no habrá con qué pagarla. En esta película, en el mundo de sus personajes, conviene beber el trago de hoy pensando, al mismo tiempo, en el trago de mañana. No es tan fácil. Vaso a vaso y, peor aún, chupito a chupito, se pierde fácil la cuenta. El mayor riesgo es el chupito, no el vaso, y menos aún la botella. En el chupito está el goteo que no se siente, que se sube a la cabeza haciendo perder el control, y que, poco a poco, vacía el bolsillo. Es como una fuga en un barril. La fuga más terrible es aquella que no se ve, que apenas se siente, aquella que no se acaba de localizar hasta que las pérdidas ya son demasiado grandes. Apenas una fisura invisible en el barril, en la vida. Se siente poco a poco que algo no va, que algo está pasando, pero queda primero la duda de si eso es cierto y, más tarde, cuando ya hay certeza de que hay un problema, no se consigue nombrarlo, no se consigue señalar una causa precisa para, así, poder solucionarla.
La película empieza por el rótulo de madera de la tienda. Pero no lo vemos directamente. Hay algo delante. Entonces la cámara se mueve y comprendemos que lo estábamos viendo a través de un ventanal, desde el negocio del otro de la calle, que es una barbería. El barbero y uno de los clientes comentan la decadencia del negocio de enfrente: lo que fue, lo que ya no es, la persona que lo lleva ahora. Hablan con la distancia de una calle y una ventana. Lo suficientemente cerca para saber que algo pasa con la tienda Nayada, lo suficientemente lejos para no saber bien qué puede ser lo que pasa, cual puede ser el tejido de causas y efectos. Es, por así decir, una mirada desde las afueras de la historia. Una mirada que no puede entenderlo todo y que, además, está protegida, porque lo que pase del otro lado de la calle no le afectará.
El movimiento desde el rótulo de la tienda Nayada y la conversación entre el barbero y su cliente suceden en apenas dos planos. Al tercero, ya estamos dentro de la tienda Nayada, viendo a una de las personas de las que han hablado justo antes, aunque todavía no sabemos quién es exactamente. Pensamos entonces que ese movimiento desde el afuera hacia el adentro de la tienda nos va a desvelar lo que desde el exterior era incomprensible, nos va a aclarar ese "qué es lo que está pasando". Y, desde luego, la película nos va a desvelar cosas de esa tienda, de esa familia. Pero vamos a ver que no pasa una única cosa sino que pasan varias. Las causas se van sumando con la velocidad de los chupitos de sake en el bar. Y descubrimos, también, que ningún personaje vive del todo en el adentro de lo que está sucediendo. Todos los personajes tienen sus secretos y, a su vez, están fuera de los secretos de otros personajes. Todos quedan en el afuera de algo que, sin embargo, les afecta. La película, al adentrarse en la tienda, multiplica los afueras. Los personajes, de aquello que ignoran, perciben, a pesar de todo, algo. Es como el sabor del sake que venden, que está cambiando. Con los sabores que cambian pasa eso, que es difícil determinar qué es exactamente lo que ha cambiado pero, aún así, se siente que algo ha cambiado, un algo que es un secreto. El nuevo sake sabe, incómodamente, a secreto. Y, además, cuando pasa eso, cuando un sabor cambia, siempre se puede dudar si no será el sentido del gusto de uno el que ha cambiado, el que quizás se ha echado a perder. ¿Está la causa en nosotros o fuera de nosotros? Esa duda nos recuerda que también puede haber afueras dentro de nosotros mismos, que también dentro de nosotros hay algos secretos, esos algos de la pregunta: ¿me pasa algo?
Al final, de todas las causas que iban añadiendo su peso a la decadencia, una, no necesariamente la más previsible, se hace visible a la luz del día. Sucede lo que parece ser, por fin, un desastre grande, una aceleración quizás definitiva de la decadencia. La película concluye ahí, como en el aire de la caída, antes de tocar el suelo, antes siquiera de ver el suelo, antes de saber cómo de alta, cómo de peligrosa, es esa caída. Dos personajes, el abuelo y el padre de la familia, aseguran que todo saldrá bien. Intentan tranquilizar a una de las dos hijas de la familia, la más sensata. Siendo ella la más sensata de todos, ¿no tendrá razón al sentir que todo se acabó? Sin embargo, ella no sabe exactamente lo que pasa, no todavía, no en el tiempo que dura la película. Lo sabrá, sin duda, después. Así que en su sensación de desastre, en ese sabor que se impone a ella, sigue habiendo secretos. Los personajes que dicen que todo saldrá bien, ¿lo dicen porque saben algo más que ella (lo que pasa o lo que les ha enseñado la edad), lo dicen porque se hacen ilusiones o mienten para tranquilizarla? Por instinto podemos pensar que es una cosa u otra, pero queda una duda. La película no está aquí para resolver todas las dudas. Aunque en la última secuencia volvamos al interior de la barbería y a los comentarios del barbero y de un cliente dando por hecho que la tienda Nayada cerrará y que otra tomará su lugar, todo eso son suposiciones hechas, desde las afueras de la historia, por los que no la conocen por completo, porque no estaban dentro y porque la historia todavía no ha terminado. El final nos deja preguntándonos: ¿qué pasará? Y, al intentar responder a esa pregunta, caemos en otra: ¿qué es lo que ha pasado? Nunca lo sabremos. No del todo. La película, con su regreso circular a la barbería, parece cerrar la historia, pero es un truco, un juego de manos. Al hacerlo, la forma se cierra, pero la historia no. La película se cierra, precisamente, para que algo no termine, para que algo quede fuera de ella. Y nos deja en el impulso de su movimiento. En el aire.
(Uwasa no musume, Mikio Naruse)
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