Aquí se bebe mucho. Es normal, claro: todo gira en torno a un bar en el cual las chicas trabajan haciendo gastar a los hombres en bebida. Bebida que beben ellos o bebida que beben ellas, da igual. Lo que importa es que ellos gasten, que entre dinero en el negocio. Así que beben, todas las noches beben. Pero algunas noches es diferente. Algunas noches una de las chicas, o uno de los hombres, siente algo especial, a veces soledad, a veces otra cosa, y beben de otra manera. Beben hasta que el cuerpo no aguanta. Salen a la calle y apenas se tienen en pie. O las chicas quedan en la mesa como cuerpos muertos y hay que subirlas a rastras al piso de arriba, acostarlas y ponerles una tela mojada en la frente. Una vez, brevemente, cuando una de las chicas salió a la calle, pensé que estaba enferma. Al poco comprendí que no, que estaba borracha. Pero la borrachera, aquí, tiene algo de enfermedad. El sentimiento busca la borrachera pero la borrachera le sucede también al cuerpo. Eso que a menudo olvidamos, cuando empezamos a beber de más, eso que nos parece que nunca olvidaremos cuando, al día siguiente, nos machaca la resaca y, como una de las chicas de la película, nos preguntamos si hay alguna solución y acabamos yendo, quizás con algo de vergüenza, como ella, a preguntar a la farmacia.
En la película hay, también, otras formas de ebriedad. Hay mucha música, por ejemplo. Por momentos, sobre todo al principio, la música, que tiene un ritmo de marcha, es tan fuerte, tan repetitiva e insistente, que casi nos parece que no vemos las imágenes. La música acompaña, quizás, la ebriedad de Chiyo, la protagonista, que va desde su pueblo en el campo a la gran ciudad. No hay quien piense, no hay quien vea de veras las cosas, cuando llega por primera vez a la gran ciudad. Luego está la música que se escucha en el bar. A la bebida la acompaña la música. La música mezcla bien con el alcohol. La música, mezclada con el alcohol, funciona como el azúcar: sube más rápido y da más dolor de cabeza. Ya lo decía una canción argentina de los ochenta: me puedo estimular/ con música y alcohol.
Hay, también, otra música, que no es la marcha del principio ni la música del tocadiscos del bar. Es una cancioncilla que Chiyo, canta para sí misma. La canta por la noche paseando por el barrio del bar, y entonces el barrio parece una calle de pueblo, parece como si el campo surgiese en la ciudad y todo fuesen espigas y luna. Y la canta, también, más tarde, cuando es feliz y está enamorada. La canción argentina, la de me puedo estimular/ con música y alcohol, seguía: pero me excito más/ cuando es con vos/ siento todo irreal. La borrachera del alcohol y la borrachera de la música no son nada comparadas con la borrachera del amor. Esa sí que lo vuelve todo irreal. Esa sí que se sube a la cabeza y no hay remedio en la farmacia.
La historia de amor de Chiyo toma derroteros inesperados. De pronto, huye con su enamorado, Ogawa, uno de los clientes del bar, oficinista. Pronto suponemos, en eco a una noticia que la amiga de Chiyo, Hisako, leyó antes en un periódico, que él ha robado dinero a su oficina para huir con ella. Van en tren y él lleva el sombrero de tal manera que le tapa media cara La otra media la oculta, como puede, tras un periódico. Se asusta de un tipo con bigote policial que pasa por el vagón. Para nosotros no hay duda. Ha robado. Chiyo, en cambio, no se da cuenta, es feliz. No deja de notar que Ogawa está un poco raro pero la ebriedad del amor correspondido es mucho más fuerte y no razona, se deja llevar. Se deja llevar tanto que parece arrastrar a la película con su ilusión. En cierto momento, cuando ya han llegado a un hotel, ella dice que un día podrían ir a su pueblo a visitar a sus padres. Lo que vemos en la secuencia siguiente es eso mismo: Chiyo y Ogawa en el pueblo de los padres, y estos saliendo a su encuentro. Pensamos: guau, qué elipsis. Pero no, no es una elipsis. En la escena siguiente vemos el mar y seguimos en el hotel de antes. Lo que hemos visto, el reencuentro con los padres, ha sido una ensoñación de Chiyo. Podemos pensar entonces que la película también se ha emborrachado, arrastrada por la ebriedad amorosa de Chiyo, hasta salirse de lo que era su registro realista. No sería la primera vez que un cineasta de aquella época buscaba convertir al cine, a través de su forma o de su narración, en una nueva forma de alcohol.
Según avanza el viaje, nos preguntamos cuándo despertará a la realidad Chiyo, cuándo se dará cuenta de lo que ha hecho Ogawa, de que son fugitivos de la justicia. Y la cosa dura, no despierta. Hasta que Ogawa la arrastra fuera de un coche y monte arriba, para huir de la policía. Entonces, ella parece despertar a la realidad y le pregunta qué pasa. Él le explica y, además, le pide que se suiciden juntos. Ahí van y vienen, entre ella que no quiere morir, que prefiere que él se entregue y esperarle los años que hagan falta, y él que quiere que se suiciden. Entonces, inesperadamente, Chiyo despierta de nuevo. Está en la parte de arriba del bar, donde duermen. Con ella está Hisako. Todo ha sido una pesadilla causada por el alcohol. Y por el amor. Chiyo, la noche anterior, se emborrachó con Ogawa. O, más bien, ante Ogawa.
La pesadilla, la verdad, es muy rara, porque además de todas las secuencias de Chiyo y Ogawa, también vimos cómo unos policías venían a interrogar a Hisako al bar, entre otras cosas. Podríamos pensar que esas secuencias estaban ahí para nosotros, los espectadores, para que con su supuesta objetividad no pudiésemos ni imaginar que todo fuese un sueño. O que es una ingenuidad narrativa. Pero, si pensamos que Chiyo se había soñado a sí misma pero también lo otro, a los policías buscando, entonces nos damos cuenta de que Chiyo ha soñado su amor pero también la angustia de saber con antelación que eran fugitivos. Chiyo se ha soñado ciega a la realidad. Chiyo ha soñado desde dentro el amor y, al mismo tiempo, desde afuera, la ceguera de su amor.
Al poco de despertar, Ogawa viene a verla. Le dice a Chiyo que se va a otra ciudad, porque le han ascendido. Nosotros, con Chiyo, esperamos que él le diga algo más: una invitación a venir con ella, una propuesta de matrimonio, o, al menos, una vaga promesa. Pero Ogawa, simplemente, le da un papelito con su dirección. Los papelitos con direcciones, lo sabemos desde el principio de la película, tienen truco. Nada como una dirección en una ciudad que no conocemos para hacernos ilusiones, para emborracharnos de porvenir imaginado. Chiyo rompe el papelito y lo tira al pequeño canal que pasa por el barrio. En su rostro vemos cómo intenta sustituir esa ilusión muerta por una ilusión nueva: va a salir, una vez más, a buscar trabajo en la ciudad. Una se emborracha con lo que puede. Sin ebriedad no hay quien viva.
Pero no quería terminar aquí. Quería volver a una de esas noches de borrachera en el bar. Hisako, porque se siente muy sola, por penas de amor (su amante ha venido a verla nada más para pedirle dinero), se emborracha. Se emborracha tanto que no se tiene en pie. La suben al piso de arriba y la acuestan. Chiyo le pone una tela húmeda en la frente. Hisako saca la mano y coge la de Chiyo. Es hermoso el gesto. Y, en realidad, hay en esta película desolada bastante amabilidad y poca maldad. Los personajes rara vez intentan hacerse daño los unos a los otros. Hablan, se ayudan, se burlan un poco pero sin mala intención. Y viven los rostros de Chiyo y Hisako, de las actrices que las interpretan, la una junto a la otra, la una frente a la otra. Hablan, se miran, se ven, de veras se ven. Chiyo, quizás, un poco más hermosa. Hisako, quizás, un poco más emocionante. O al revés. No importa. Hermosas y emocionantes.
(Asa no namikimichi, Mikio Naruse)
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