lunes, 17 de agosto de 2026

el canto

La primera vez que vemos al protagonista de esta película pensamos: ¡qué cara más dura! No porque sea un caradura, que a esas alturas no lo sabemos, y quizás nunca lo sepamos, sino porque pone cara como de estatua. De estar, desde dentro, desde el alma, con mucho esfuerzo, haciéndose de piedra. Resistente a lo que venga. 

En realidad, ese rostro pétreo ya lo habíamos visto antes siquiera de empezar la historia. Se veía, pintado, como fondo de los créditos. Quizás nosotros no lo sepamos, pero en Japón, cuando se hizo la película, todos debían saber, desde el título, de qué iba la cosa: el retrato, o la biografía, de un hombre que existió. Un hombre de esos famosos cuyo rostro queda fijado, inmóvil, resistente, en retratos y bustos. . 

Tras los créditos, hemos visto las vías de un tren.  Avanzábamos veloces. Tras las vías,  un paisaje visto por la ventanilla. Luego, algunos pasajeros hablando de ese hombre famoso, a modo de coro o de mosaico. Y, entonces, por fin, en carne y hueso, el hombre. Pero no su cara de entrada, no. Primero su mano. Luego, desde su mano, la cámara ha subido hasta la cara. ¡Qué cara tan dura!

Pero, tras ese plano, vuelven las vías. Luego, de nuevo, el rostro. Gira la mirada. El paisaje por la ventanilla. Ese paisaje se funde con otro. ¿Será una imagen del pasado? El paisaje va en la dirección opuesta a la de antes. Vamos de derecha a izquierda. Un sentido: la ida. Otro sentido: la vuelta. Tras el paisaje de ida, el hombre, con distinto peinado. Sí, estamos en el pasado. La cámara retrocede y descubrimos junto a él a una mujer. Plano cercano de la mujer. Movimiento del rostro de ella al rostro de él. Una voz interior. ¡No regreses a Tokio! El rostro de él en el pasado se convierte, por fundido, en el pétreo rostro de él en el presente. Mira a su izquierda. La cámara sigue su mirada y descubrimos, junto a él, a una mujer, la misma del pasado, con los párpados quizás más cansados. Luego la cámara retrocede. Ahí están los dos, rematadamente serios. 

Ese ir y venir, ese separarse de un rostro de piedra para volver a él, dura toda la película. Una y otra vez avanzar hacia el rostro de piedra o girar en torno a él. Enfrentarlo o rodearlo con rumores. Ese movimiento perpetuo, me recordó, de pronto, a un cortometraje francés de los años sesenta. Era un cortometraje en el que la cámara iba y venía por las columnas de un templo griego. Iba y venía entre las columnas y, también, hacia ellas, hacia la piedra. Movimiento perpetuo hacia algo que resistía a la mirada y que resistía, también, a la voz que hablaba de esas piedras, a la voz que intentaba, palabra a palabra, idea a idea, hacerse tan dura, tan impenetrable, como la piedra milenaria del templo. 

Aquí, el protagonista habla una y otra vez de la importancia de ser fuerte. Es alguien que, tras muchas penurias, ha logrado el éxito. Ahora es un famoso cantante recitador de rokyoku. ¿Era ya bueno pero desconocido hace años y con esfuerzo logró ser reconocido? No, lo que se nos dice es que no era nada del otro mundo pero, con el tiempo, se fue volviendo bueno. Con la vida. Con lo que supo tomar de la vida para alimentar su arte. Y, también, con lo que supo tomar de la vida de los otros. Todo vale si alimenta el fuego de su arte. La fuerza es, entre otras cosas, la seguridad, la falta de miramientos a la hora de quemar vidas en favor del arte. 

Al mismo tiempo, esa llamita del arte es frágil y puede apagarse. Así que quizás la dureza, el volverse piedra, sea el volverse templo alrededor de la llamita, para protegerla. Volverse templo, laberinto de piedra y tiempo, para que en el corazón, en la voz, vibre algo, algo secreto y único pero, al mismo tiempo, al cantar, se puede compartir. Este hombre, cuyo trabajo es el sentimiento, el propio y el de sus espectadores, es a la vez un misterio para los demás. Lo dice su mujer, que además toca el shamisen para él: todos tenemos una puerta en el alma, tras la cual ni siquiera una esposa puede mirar. Dice “todos”, al menos en el subtítulo. No se trata sólo del artista. Todos tenemos nuestro castillo de barbazul interior. Pero el trabajo del artista podría ser, precisamente, el llevarnos por el laberinto ante esa puerta y hacernos sentir que hay algo más tras la puerta. Sin abrirla.

Eso que está tras la puerta, esa llamita que hace vibrar la voz, resulta que son las debilidades del artista. O al menos eso dice el protagonista. Con ese tipo de teorías hay que tener cuidado. Ciertas teorías podrían no ser más que un subgénero de las excusas. La cara dura como la piedra podría ser, en el fondo, la máscara de un caradura. ¡Se puede dudar! ¿Qué queda, entonces, ante la duda? Queda la voz. Queda el canto. El canto dice si, a pesar de todo, aunque se mezclen teorías y excusas, aunque se arrastren materiales impuros, allí vibra algo. Si el templo está, a pesar de la ruina, habitado. Así que, ante su compañera que muere, el hombre de piedra, una vez más, pero una vez única, irrepetible, canta. Y su canto se vuelve nube.

(Tôchûken Kumoemon, Mikio Naruse)

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