viernes, 31 de julio de 2026

la fotografía

Una foto no se mueve. Una foto no cambia. Lo que fue queda ahí. Dura lo que dure la foto. En un álbum familiar las fotos acostumbraban a durar bastante. Duraban más que las personas en las fotos. Esas personas, poco a poco, iban siendo olvidadas. Una a una, las personas de las fotos iban perdiendo su nombre. ¿Quiénes serían aquellos amigos del abuelo? ¿Quién sería ese joven sonriente que le da el brazo a la abuela? Un tiempo más y ya tampoco habrá nadie que recuerde al abuelo ni a la abuela. Perdidas las identidades, perdidas las historias, aunque los álbumes todavía duren, aunque todavía duren las fotos, inmóviles, fijas, quizás más desvaídas pero idénticas al primer día. En ellas, aquel instante permanece. En ellas, no ha pasado ni un segundo. 

Aquí, en la película, una mujer joven, Fukiko, mira un álbum de fotos. Ella no aparece en ninguna de las fotos. Aparecen sus suegros y su marido. Aparece, también, otra mujer joven. Son todas fotos de antes de Fukiko, de antes de su boda. Fukiko, en ese álbum, está fuera, no existe. Mira un mundo en el que ella no existe. Un mundo que parece feliz. Un mundo que parecía no necesitarla. Es lo que tienen las fotos de los álbumes, acostumbran a ser fotos de un mundo que parece completo, acostumbran a ser la cara feliz de un mundo, de una familia. Ese pasado de las fotos ya no existe y, sin embargo, está ahí, inmóvil, permanente. Fukiko mira las fotos y, quizás, siente que las fotos la miran. Pero la miran con indiferencia. El pasado de su marido la mira pero no la ve. Fukiko es invisible.  

Una foto: un instante que ya no cambia. ¿No es una foto como una promesa? ¿No son las promesas como la instantánea de una voluntad pasada que, para cumplirse, se tiene que mantener tal cual en el presente, como si no se moviese? Y, ¿no es un matrimonio una promesa? ? ¿Un sí dicho en apenas un instante pero que se prolonga en el tiempo? ¿La fotografía de un sí? De hecho, ¿hay bodas sin fotos? Incluso en las familias en las que se hacían pocas fotos, rara vez faltaban las de las bodas. El momento que había que fijar para el recuerdo. El momento que fijaba la vida por venir. Una foto que dividía las vidas en un antes y un después. 

Pero el cine no es una foto. El cine está hecho con fotos, veinticuatro por segundo, pero es lo contrario de una foto. Una foto tras otra, tras otra, tras otra. Un cambio perpetuo. Movimiento. Esta película, de hecho, se mueve mucho. ¡Hay que ver a los personajes caminar! ¡Caminar por un bosquecillo, por ejemplo! La cámara los acompaña y los arbolillos que se interponen entre la cámara y los personajes pasan raudos, hacen ver el cuerpo de los actores, al mismo tiempo, continuo y discontinuo. 

Como esto es una película y una película no es una foto, lo que vemos es el cambio, el movimiento en torno a la promesa de lo fijo, en torno a un matrimonio. Las promesas, en realidad, no pueden ser como una foto. Las promesas viven en el tiempo, como las películas. Tienen que permanecer y, al mismo tiempo, cambiar, adaptarse al tiempo que pasa. Si no se adaptan, corren el riesgo de romperse. Esta es una película sobre una promesa y sobre el deseo de romperla. Ese deseo de romper una promesa pretende ser fiel a otra promesa anterior, que no fue formulada, la promesa que se adivinaba en las fotos del álbum, un amor anterior al del matrimonio. 

Los personajes piensan mucho. Hablan entre ellos y hablan consigo mismos. A veces la imagen se vela  y oímos una voz en off, la de la interioridad de los personajes. La verdad es que la mayoría de las cosas que piensan son, también, como un velo, como un oscurecimiento del alma y de la realidad. En sus cabezas, en su interioridad, se va formando algo que los separa del mundo, que les vela el brillo de lo que les rodea.

Cuando los personajes hablan entre ellos, en sus conversaciones se mezcla lo abstracto y lo concreto. De la situación que viven van al concepto y del concepto vuelven a lo concreto. Es asombroso ver y oír a estos personajes que teorizan tanto. Discuten, una y otra vez, en torno a palabras como responsabilidad, fuerza, verdad, mentira, valor o cobardía. Vuelven una y otra vez a las mismas palabras y podríamos pensar que las palabras son como las fotos, son algo fijo, pero nos damos cuenta de que no, al contrario. En la palabra responsabilidad cada personaje pone algo diferente. Usan las mismas palabras pero no hablan de lo mismo. Son, en realidad, discusiones sobre el sentido de las palabras. Hay certezas, se sabe que la valentía es algo bueno, pero no se sabe qué es la valentía, qué sentido tiene esa palabra. Y el sentido que se les da a las palabras determina la manera de vivir. Las teoría determinan una práctica. Aunque esto quizás tiene truco. A veces parece que las ideas, esas ideas que son enunciadas como si fuesen lo más firme del ser, la identidad de la persona, en realidad son excusas para, simplemente, seguir un deseo propio sin tener en cuenta a los demás. Si hace falta, se teoriza que ser fuerte implica hacer daño a los demás. La teoría se adapta a la práctica que se desea. Y de esa ambigüedad de las ideas, de la posibilidad de que sean, simplemente, excusas, también hablan los personajes. ¡Son personajes tremendamente reflexivos!

Otra cosa de la que hablan los personajes es de que sus discusiones, su lujo de teorizar, es propio de una clase, de una situación económica holgada. La única que no entra en esas discusiones es Fukiko. Fukiko, de hecho, no viene de la misma clase. Fukiko no habla mucho. Fukiko, a ojos de los demás, es débil, es un personaje sin libertad. Sin embargo, Fukiko, como los otros, también decide su vida. En los otros personajes no se sabe dónde acaba la responsabilidad y dónde empieza el conformismo, dónde acaba el valor y dónde empieza la cobardía. En Fukiko tampoco está clara la frontera entre la sumisión y la valentía. Ella, que no razona como los otros, piensa tanto como ellos. Y, a su manera, piensa en acto. Está dispuesta a, en un acto, ser fiel a su promesa. Al hacerlo, fuerza su destino. 

Aún así, aún siendo Fukiko la que cambia su destino, la película no acaba con ella. La película acaba con la mujer que pierde y con el más allá de su pérdida. La película tiene que mostrar, una vez más, la otra cara de una situación, el personaje que ha quedado, finalmente, excluido, que será apenas un recuerdo en ese álbum de fotos que miraba Fukiko. Alguien, algún día, abrirá aquel álbum de fotos y preguntará: ¿quién es esa mujer junto al abuelo? Y nadie tendrá la respuesta. Pero la película nos deja pensar que ella habrá tenido su propia historia y que en otro álbum, para otros ojos, ese rostro, esa historia, quizás sigan, todavía, existiendo. 

(Nadare, Mikio Naruse)

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