jueves, 6 de agosto de 2026

las canas

Dos mujeres hablan. Una más mayor, Kikue. Otra más joven, Terugiku. Terugiku es, la verdad, lindísima. Uno de esos rostros de porcelana del cine mudo. Está comiendo dulces. Kikue se ha puesto las gafas y se rebusca canas en el espejo. Encuentra una. Le pide a Terugiku que se la arranque. Terugiku es muy de ayudar. Siempre está haciendo cosas por los demás. Así que se acerca y tira de la cana. Kikue da un ligero respingo y luego toma la cana de manos de Terugiku. Esta vuelve a mirar y encuentra otra. También tira de ella, ahora sin respingo, y se la da Kikue. Kikue engancha las dos canas en el borde del espejo, junto a otra que ya estaba allí. Terugiku, que ha seguido mirando el pelo de Kikue, le dice: tienes más. Pero Kikue no le pide que le siga quitando más canas. Se echa hacia adelante, se mira en el espejo y dice: realmente me estoy haciendo vieja. Terugiku se pone seria. ¡Qué guapa está cuando se pone seria! Se aleja un poco de Kikue. Se sienta en el suelo. Luego se vuelve hacia Kikue, sonríe, y le dice: ¡no, sigues estando joven! Pero ese tiempo que ha pasado entre la frase de una y la de la otra, ese tiempo entre la palabra vieja y la palabra joven, entre la seriedad y la sonrisa en el rostro de Terugiku, es la grieta por la que se desliza que no, que para Terugiku su amiga ya no es joven y que, además, sabe lo terrible que es, en la vida que llevan, saber que se está envejeciendo, porque las dos son geishas. 

Lo de ver aparecer las canas es algo que todos podemos entender, ¿no? Los que las tenemos y los que todavía no las tienen. Asociamos la primera cana a la conciencia de que algo ha cambiado, de que el tiempo pasa y no tiene marcha atrás. Si llega una cana, llegarán más. Y además estaba aquella creencia de que si arrancabas una cana te salían unas cuantas más. Resistirse a la aparición de las canas, según esa creencia, era aún peor que dejarse llevar. Kikue no debía de creer lo de que una cana quitada hace aparecer más canas, pero sí parece pensar que la cosa ya no tiene vuelta atrás, que las canas irán siendo más y más y ya no habrá que buscarlas con gafas y con atención porque estarán bien visibles y un día quizás sean mechones y otro día más lejano todo el pelo será gris o será blanco. De eso va la película, del tiempo que pasa. De un chico que ya está muy crecido y de una madre que empieza a estar mayor. Y de una chica que aún es joven pero que ya ha vivido y sufrido mucho y es como si por dentro estuviese llena de canas, unas canas interiores que se le adivinan a veces en su seriedad. Y, también, en cierto modo, en su bondad, que casi siempre tiene un punto melancólico. 

El mundo de Kikue y de su hijo Yoshio es un mundo al que también le están saliendo canas. Podemos adivinar que en otro tiempo la relación entre los dos era mejor. Eran una madre y un niño. Una pequeña unidad de amor incondicional. Pero, de un tiempo a esta parte, las cosas se han estropeado. Los personajes se dan cuenta de los detalles, de las canas entreveradas en la realidad. Un puñal, por ejemplo. Una botella de alcohol. Señales de que el tiempo ha pasado, de que algo está pasando. Kikue se preocupa por Yoshio, que ya no es un niño, que ya parece todo un hombre aunque, por otra parte, todavía está en edad de ir al colegio. Yoshio está resentido con su madre por ser geisha y todos sentimos desde el primer momento que eso es injusto, que sin duda Yoshio ha sufrido desprecio por el trabajo de su madre, pero que esta es buena y que todo lo hace para poder criar lo mejor posible a su hijo, para poder pagar lo que necesite. Yoshio, en su rebeldía juvenil, se ha vuelto un malote que va con una pandilla de malotes y no sabemos hasta qué punto son peligrosos o no, probablemente menos de lo que creen pero más de lo que están dispuestos a soportar. 

Kikue le pide ayuda a Terugiku, porque siente que Yoshio confía en la joven como en una hermana. Da un poco de vértido ver a Terugiku y a Yoshio juntos, pensar que deben de tener más o menos la misma edad, y adivinar sin embargo que ella ha vivido mucho más que él y que sabe mucho más de la vida. A Yoshio le pasa algo peculiar con Terugiku. Parece al mismo tiempo más maduro, como si comprendiese más cosas, y más niño, como si recuperase algo de la ingenuidad y de la ilusión perdidas. Lo que Terugiku intenta con Yoshio es eso: que comprenda cosas nuevas y, al mismo tiempo, que vuelva a ser como era antes, cuando era niño. ¿Es eso posible? ¿Se puede crecer y seguir siendo igual que de niño? 

¿Qué quiere decir "seguir siendo el mismo"?  ¿Sigue Kikue siendo la misma ahora que tiene canas? Al que llaman su "patrón", quizás su cliente más seguro y habitual, le parece que no, que ha envejecido. Se comprende que quiere ir dejándola de lado. A él lo que le gustaría es irse a un balneario con la joven Terugiku. Seguir viéndose joven en la juventud de la chica. No ver en las canas de Kikue las canas propias. Pero Kikue, ¿no sigue queriendo igual a su hijo? ¿No sigue latiendo su corazón igual, a pesar de las canas, a pesar de las dificultades? Debe de tener razón Terugiku, que por algo parece, a pesar de su juventud, o por su juventud prematuramente madurada, la más sabia: hay que cambiar y no cambiar. Hay que seguir siendo el mismo pero, para eso, hay que aprender, hay que cambiar. Ir al conocimiento y regresar de él. Quizás lo sabe porque ella viene de una familia que también seguirá siendo la misma, mala en su centro, sin posibilidad de cambio, hija de un padre borracho y poco trabajador que no duda en explotar a sus hijas y echarle la culpa a los malos tiempos. Terugiku sabe para bien, pero también para mal, que hay algo que no cambia. Para mal, hay que apañarse con lo que hay. Para bien, hay que mantener viva la llamita del ser. Las dos cosas son difíciles. 

El cineasta, por su parte, es un poco como Terugiku. Es el mediador entre los personajes. El que puede comprender las dos partes de una historia. Es, también, aquel que todo lo ve y que tiene un ojo fino para encontrar las canas. Ante el mundo que filma, siempre está encontrando los detalles que tienen sentido, que cuentan algo del tiempo que pasa. Ve, por ejemplo, una foto escondida, la basura en un canal, unas lágrimas que no se consiguen retener, una herida en un dedo del pie, el dedo vendado de una mano o un tomate en un calcetín. Pero sabe, también, lo que se puede hacer con un tomate en un calcetín. Cuando Yoshio acompaña a Terugiku a ver a su familia, mientras ella se enfrenta a su padre, él se queda en el piso de arriba con el hermano pequeño de ella. El niño se fija en los tomates de los calcetines de Yoshio. Yoshio intenta disimularlos escondiendo sus pies. Pero el niño, que es listo, listo como lo son los niños que lo mismo tienen ideas buenas que malas ideas, porque el placer está en tener ideas, sean como sean, encuentra otra solución Coge un estuche que tiene con pincel y tinta para hacer caligrafía. Y con el pincel y la tinta pintan de negro los dedos de los pies de Yoshio que asoman por los agujeros de los calcetines negros. ¿Es esa una verdadera solución? ¡No! ¿Tiene gracia? ¡Sí! Y el cineasta, como el niño, sabe ver la gracia posible en el agujero del calcetín, y sabe ver también la belleza en los viajeros anónimos de un pequeño tren, en el mar visto a lo lejos por las calles de un pueblo, en las olas, las rocas y los barcos de la playa. Plano a plano, pelo a pelo, entrevera los tonos de su película. Encuentra pelos negros y encuentra pelos grises. Encuentra, también, reflejos inesperados que, fugazmente, por un momento, hacen aparecer colores inesperados. Todo eso sabe el cineasta. Y, al final, cuando el cineasta y Terugiku han conseguido que, al menos por un momento, Yoshio y nosotros hayamos comprendido los misterios de lo que cambia sin cambiar y hayamos aprendido a ver los brillos fugaces de la realidad, Terugiku se va en tren, a solucionar nuevos problemas. Y nos quedamos en el andén con Yoshio. A él, antes de agachar la cabeza, le aparece una lágrima, que brilla mucho. ¿Y a nosotros?

(Kimi to wakarete, Mikio Naruse)

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