¡Hiroko! ¡Hiroko! No paran de gritarlo. Para pedirle té, que dé un masaje, que atienda al teléfono, que cocine, que encargue comida, que preste un poco de dinero a escondidas. Para cualquier cosa: ¡Hiroko! Esa gente no sabe que los nombres se gastan. Como se puede gastar, también, la paciencia. Así que, una y otra vez, la llaman. ¡Hiroko! Y ella viene. Y hace lo que le piden. A quien llegase por primera vez a esa casa podría parecerle que es la criada. De no ser, quizás, por la ropa que lleva, que no es de criada. Hiroko es, en realidad, la esposa del hijo mayor. En la casa viven sus suegros, su marido, la hermana más joven del marido y el hermano pequeño, que todavía es un niño y que va de un lado a otro pidiendo que le ayuden con los deberes sin que nadie, ni siquiera Hiroko, acabe por hacerlo.
La familia política de Hiroko piensa que ella es feliz así, sumisa, sin salir de casa, haciendo todo lo que le piden. O quizás no lo piensan del todo pero se convencen de que sí, para poder explotarla sin ningún cargo de conciencia. ¡Es que le gusta ayudar! ¡Es que le gusta servir! ¿No es, al fin y al cabo, una chica un poco conservadora? Ya antes de casarse se vestía a la antigua y no salía a bailar. Y, además, aceptó un matrimonio arreglado, con un hombre de una familia más rica que la suya, por no decir más respetable. Se casó con el hombre que a su madre le parecía bien, como buena chica tradicional. Por lo tanto, ¿no era esta la vida que deseaba, esposa sumisa a todo lo que le pidan? ¿Acaso no lo hace por gusto o por inclinación? ¿No es su servidumbre voluntaria? ¿No hay que tenerla ocupada con mil cositas para tenerla feliz?
La servidumbre de Hiroko es voluntaria, sí, pero no es la servidumbre que su familia política quiere ver en ella. Hiroko acepta lo que le viene encima. Acepta traer el té, dar el masaje, quedarse en casa o cocinar. Acepta que su familia política la vea con algo de desprecio por ser tan sumisa. Por merecerse, piensan, ser tan sumisa. Por ser tan antigua. Y, suponemos, por venir de una familia más pobre. Acepta todo eso y podríamos pensar que lo hace por respeto a las tradiciones y a las jerarquías sociales. Pero sabemos que, en el fondo, su servidumbre es otra. No está sirviendo a la tradición, ni a la respetable familia de su marido, ni a las conveniencias, sino a la decisión que ella misma ha tomado. Ella ha juzgado que se tenía que casar con un hombre al que no amaba y que tenía más dinero. Ha juzgado que tenía que hacer lo que a su madre le parecía correcto y que sería lo suficientemente fuerte o inteligente para salir adelante, para vivir bien en esa situación. Ha confiado en su propio juicio y es a eso, al propio juicio, a lo que se mantiene fiel, a lo que presta servidumbre.
Hay, a su alrededor, otras servidumbres. Servidumbre a la posición social, en el caso de su familia política. Servidumbre al amor, en el caso de un hombre, humilde oficinista, que está enamorado de Yoko, una de las cuñadas de Hiroko. Servidumbre de Yoko al dinero, o al confort, al que es incapaz de renunciar, ni siquiera por amor. Servidumbre de todos aquellos que trabajan mañana y tarde para una empresa. Todo está lleno de servidumbres que se toman como naturales. Sólo la servidumbre de Hiroko, una vez comprendida, aparece como voluntaria, como una servidumbre decidida con plena conciencia. Pero es servidumbre a su juicio, a lo que le parece correcto. Cuando su juicio, su idea de lo correcto, choque plenamente con las exigencias de su familia política, de pronto dejará de obedecerlos. Nunca, en realidad, les obedeció a ellos, pero ellos no lo sabían. Hiroko obedecía a su conciencia cuando lo aceptaba todo y lo sigue haciendo cuando se niega a ceder. Al hacerlo, se libera de esa servidumbre temporal en la que ha vivido, la servidumbre a su familia política. Al hacerlo, libera también a su cuñada, Yoko, que pasa de la servidumbre al confort a la servidumbre al amor, aunque tenga que esperar cinco años para que su amante salga de la cárcel. Hiroko, por su parte, vuelve al trabajo asalariado. Pero, sobre todo, decide mantenerse fiel a su conciencia, a su búsqueda de lo hermoso y lo justo. Fiel no a algo que tiene y que temería perder, sino a algo que busca y que estaría por venir.
(Nyonin aishû, Mikio Naruse)
No hay comentarios:
Publicar un comentario