Hay tejados. Tejados de casitas que así, vistas desde arriba, son como de juguete. Dan ganas de vivir en ellas. Las ganas que dan las casitas de juguete de vivir en ellas, que tanto se parece a las ganas que dan, a veces, las casas vistas en un cuadro o desde un tren, ¿no serán ganas de ser uno mismo juguete, de ser uno mismo muñequito que encaja en su lugar? Puede ser. Allí, en una de las casas, viven un joven pianista (o, más bien, un joven que practica el piano) y su hermana. Son hermosos y son simpáticos. Son ligeros. Sonríen mucho. Los vemos, un poco, como muñequitos ideales. A la protagonista de la película, Kiyoko, le hace feliz verlos y que la inviten a comer melón. Le hace feliz y, al mismo tiempo, se le hace raro. Porque los ve, ahí, tan hermosos, tan ligeros, tan ideales, y no acaba de creerse que esté en el mismo espacio que ellos, que le estén hablando, que la estén mirando, que se haya convertido ella también en muñequita dentro de la casa de juguete o en personaje dentro del cuadro campestre. Y, sin embargo, está ahí con ellos, es la realidad, y resulta que la realidad puede ser así, ligera, aparentemente ligera, feliz, realmente feliz.
Sobre las casas, en el cielo oscuro, ahora, precisamente ahora (la película ya casi está terminando), hay un relámpago. El relámpago es un fogonazo de luz que hace visibles las nubes (que estaban ahí, invisibles en la oscuridad). El relámpago es, sobre las nubes, unas líneas de blanca luz rayando el cielo. Las pintarían a mano, probablemente. Sobre el fotograma o sobre un cristal oscuro. Podemos detener la imagen, aunque en la película la imagen es tan fugaz que, al detenerla, parece que la estuviésemos desnudando, que estuviésemos viendo algo impúdico. Al detenerla, el relámpago parece como un deshilachado blanco. Recuerda, también, a esa técnica japonesa para reparar las cerámicas rotas, con laca y polvo de oro, que deja visible y admirable, en la pieza reconstruida, las líneas de la rotura, la cicatriz. El relámpago, fugaz cicatriz del cielo.
La película está basada en una novela. En la novela, hay, precisamente, una cicatriz. La tiene Kiyoko, en el labio superior. Kiyoko nació con el labio leporino y, tras ser operada, le quedó la marca. Lisiada, le dice una de sus hermanas. Y Kiyoko también lo piensa: lisiada. ¿Lisiada para qué? Lisiada, sobre todo, para poder casarse. ¿Quién puede querer una esposa con esa marca? Nadie. O, aún peor, algún tipo dudoso. Pero esa cicatriz es una cicatriz de novela, no de película. Una cicatriz, en una novela, no la vemos. Nos la vamos imaginando según lo que el narrador y los personajes dicen de ella. Y sucede que una noche Kiyoko se encuentra con el joven pianista (en la novela también está el joven pianista) y este no dice nada de la cicatriz. Ni parece fijarse en ella. Y nos entra la duda: ¿será que la cicatriz, en realidad, no es para tanto?
¿Será, quizás, que Kiyoko no es una lisiada, o que sólo lo es en el entorno de su familia, de aquellos que la conocieron antes de la operación o a los que, por interés, les conviene hacerla de menos? Una cicatriz de película está siempre ahí, en la cara. Una cicatriz de novela, una cicatriz hecha de palabras es, en cierto modo, como el relámpago: aparece y desaparece. O, más bien: está siempre presente pero por momentos se difumina, casi invisible, y en otros momentos se acentúa. Y, al terminar de leer el libro, cuando por fin, en la última frase, aparece el relámpago del título, lo imaginamos como un zigzag, como los relámpagos de los tebeos o de los dibujos infantiles. Y entonces nos damos cuenta de que así es como hemos estado imaginando la cicatriz, un pequeño zigzag subiendo desde el labio superior de Kiyoko.
Aunque en la novela pasan muchas cosas que no tienen que ver con la cicatriz, al leerla podemos llegar a pensar que todo surgió a partir de ella, que la imagen de la cicatriz fue como ese granito de arena que, según se creía, la ostra acababa convirtiendo en una perla. Una cicatriz y, a su alrededor, por ella, por la irritación insistente que provoca en la mente de la escritora, cobra vida un mundo de palabras y de personajes, de esperanzas y de rencores, de dinero y de mezquindades. Pero esa cicatriz que parece la imagen secreta, esencial, de la novela, en la película no existe. No hay marca en el rostro de la actriz. Su labio superior es liso y tan lindo como el resto de su rostro.
No es que a Naruse le hubiese caído encima la obligación de adaptar la novela y se rebelase contra la historia y sus detalles. Al contrario, durante años quiso adaptar los libros de Fumiko Hayashi y, una vez que pudo hacerlo, lo hizo una y otra vez, hasta seis veces. Así que el libro le importaba. Y, sin embargo, la cicatriz está ausente. Como si, al hacer la película, el cineasta y su guionista, Sumie Tanaka, hubiesen seguido dando forma a la perla hasta hacer desaparecer del todo ese granito de arena que parecía esencial.
No es lo único que cambia en la adaptación. Cambian muchas más cosas. Las adaptaciones son, a veces, así. Devuelven las historias a su contingencia inicial. Adaptar es pasar de un medio a otro. Por el camino, algunas cosas se vuelven imposibles y eso, que podría ser un problema, puede ser también una suerte. No hay otra que cambiar. No hay otra que volver a poner en marcha la máquina de la invención, como un bombo de lotería que vuelve a girar, desordenando los números, obligando a nuevas combinaciones. En un libro, guionistas y cineastas encuentran un montón de cosas que pueden tomar tal cual: historias, personajes, ambientes, diálogos. Pero encuentran, también, igual de importantes, un montón de problemas que resolver. Es como desmontar un reloj y, trabajando con las piezas para volver a montarlo, descubrir que se ha montado, al cabo, una bicicleta. Y que la bicicleta rueda.
En la película, hay escenas importantes que desaparecen entre las elipsis. Desaparece, también, toda una trama en torno a un pequeño hotel. La violencia, además, se atenúa un poco. Se quedan en una sola las varias bofetadas que su hermana mayor le da a Kiyoko. Las peleas parecen más breves. Un intento de agresión sexual resulta, por su localización. un poco menos amenazador. Y el mordisco que Kiyoko le da a su agresor para defenderse no es en una mejilla, sino en un brazo, y no vemos sangre (pero sí la vemos escupir con asco).
El paso de las estaciones en la novela, de un invierno terrible a un verano terrible, se convierte en un verano eterno, quizás porque había que rodar en unas pocas semanas y no a lo largo de todo un año. El personaje central de gran parte del libro, Mitsuko (otra de las hermanas), se vuelve secundario respecto a Kiyoko. La escena final ya no es una conversación entre Mitsuko y Kiyoko, sino entre Kiyoko y su madre. Y el relámpago (dos relámpagos, en realidad, tanto en el libro como en la película) ya no cierra la historia, dejándola suspendida, sino que provoca una súbita calma, quizás una revelación, en Kiyoko.
Otras cosas que parecerían ínfimas sí pasan, sin embargo, de la novela a la película. Por ejemplo, una lengua que asoma fugaz. En el libro, Hayashi escribe: Cuando se encontró en el pasillo con su madre, que estaba limpiando los geta, le sacó la lengua y le sonrió con picardía. En la película, la madre no está en el pasillo limpiando las sandalias, sino haciendo sonar la campana del altar casero y rezando. Madre e hija, además, intercambian un par de frases que en la novela no están. Y la sonrisa pícara precede al sacar la lengua, en vez de ir después (aunque a saber qué parte tiene la traducción en el orden de la frase). Hacer una película es, también, tomar esas decisiones que pueden parecer mínimas: ¿qué va antes, la sonrisa o la lengua? La sonrisa y la lengua son como notas musicales y, por hermosa que sea la sonrisa, en la imagen es la nota lengua la que, infantil, inesperada, más resplandece. Una lengua fuera, luminosa y fugaz como un relámpago, que nadie espera y que podría no estar ahí, pero sin la cual la película sería diferente, le faltaría algo, como esos detalles rojos, apenas una pincelada, que Corot ponía en algunos de sus cuadros y los hacía vibrar.
La lengua, aparentemente innecesaria, permanece. La cicatriz, aparentemente esencial, desaparece. ¿O será que la cicatriz esencial en la novela nunca fue esa del labio superior? ¿Será que la cicatriz del labio estaba ahí, visible e invisible a través de las palabras, como imagen de otra cicatriz interior? Hacia el final de la película, hablando con su madre, Kiyuko dice de sí misma que es un ser lamentable y que no debería de haber nacido. También piensa esas cosas en la novela, casi siempre hiladas en torno a la cicatriz del labio. Desaparecida la cicatriz exterior, permanece, sin embargo, la interior. Y la cicatriz interior, como la del labio, hace de Kiyoko un ser aparte, desplazado.
Hay, en esta película que es, en gran parte, una película de dinero, de préstamos y de seguros de vida, de deudas y de favores, una frase triste, tristísima, de puro amarga y malvada. La dice la hermana mayor de Kiyuko, Nuiko, cuando le preguntan por qué agobia y se empeña en intentar malcasar a su hermana pequeña.Dice: porque no soporto a las que son así. Y así quiere decir diferente de ella. Quiere decir capaz de imaginar y de desear la vida de otra manera, intentando no dañar ni ser dañada. Una vida donde el centro no sean ni los hombres ni el dinero. Kiyoko se siente así, diferente de su familia, pero también, de otra manera, así en relación a un mundo menos mezquino, como marcada por la cicatriz del ambiente en el que ha crecido.
En la familia de Kiyoko es difícil estar sola pero también es difícil estar de veras acompañada. Por allí andan las hermanas, un hermano y la madre, y andan, también, los cuñados y un pretendiente presuntuoso y grosero que acosa a Kiyoko. El aire, entre todos esos personajes, es un aire espeso, hecho de dinero, de desconfianza y de destrucción. Como decía un poema: ¡Aire!, que el aire me falta. Hay que ver el momento en el que Mitsuko, que acaba de enviudar, al oír que todos a su alrededor piensan en el seguro que va a cobrar, y le piden una parte del dinero, sale de la casa para poder llorar en el callejón, solitaria, en cuclillas, hasta que la vista de un gatito (gatito venido de su vida anterior, cuando vivía el marido) le da un breve alivio, un respiro de humanidad.
Kiyoko, a su vez, también huye del aire viciado de esa casa, pero no en el callejón, no por un instante, sino lejos y esperando que sea para siempre. Encuentra en un barrio lejano una habitación con una vista despejada, desde la que se ve el cielo, la lejanía y, también, los tejados esos que recuerdan a las casas de juguete. Ese mundo la rodea, le entra por los ojos, pero siente, como si tuviese una marca infamante en el rostro (ahí, encima del labio), que no tiene derecho a estar ahí.
El joven pianista le pregunta, en cierto momento, de dónde es. Él piensa que debe de ser de un lugar bonito porque, aclara la hermana del pianista, él tiene la teoría de que la gente con ojos bonitos ha nacido en lugares bonitos. Dicho de otra manera: que la belleza pasa del mundo que rodea a los ojos del niño y de ahí, suponemos, a toda la persona, aligerando el aire a su alrededor. Pero, así dicho, Kiyoko puede pensar: si la gente que crece en lugares bonitos tiene ojos bonitos, ¿qué podrá haber en el fondo de mis ojos si yo, en realidad, he crecido en un entorno mezquino? Por mucho que le digan que sus ojos son bonitos, ¿no siente que ahí, en el fondo de la pupila, debe de verse, a pesar de todo, la cicatriz de lo visto y lo vivido? ¿O podrán esas frases del joven pianista y de su hermana, al contrario, borrar, como quien pasa la goma por un dibujo, la cicatriz interior de Kiyoko?
El final de la película, como la novela, deja muchas cosas por resolver. En la novela, Mitsuko visita a Kiyoko. En la película, lo hace la madre. Viene a ver cómo vive su hija. Le trae, también, noticias del resto de la familia. Noticias que Kiyoko preferiría no oír. Es como si el aire de la habitación se viciase con todas esas historias. Nosotros, como espectadores, tampoco queremos que esas historias entren en la habitación. Pero, al mismo tiempo, hemos seguido hasta ahora esas historias con interés. La película que hemos visto, que nos ha conmovido, es también esas historias, es también ese aire viciado. La película ha sido el punto de tensión entre esas historias y el afuera posible.
El rechazo de Kiyoko a esas historias, a preocuparse por las vidas de sus hermanas, acaba provocando una crisis entre ella y su madre. Se hacen reproches la una a la otra. Se hacen reproches cada una a sí misma. Lloran. Entonces, llegan los dos relámpagos. Y todo cambia en Kiyoko. Se tranquiliza. Se vuelve, incluso, ligera. Le muestra a la madre su cartilla de ahorro. Sonríe. Como decía el poema de antes, el del aire que falta: Ya ni rencor ni desprecio, /ya ni temor de mudanza,/tan sólo sed..., una sed… Y, al contrario que la del poema, no es tan mala cosa la sed de Kiyoko. Es una sed que le ensancha el mundo. Es una sed que le hará descubrir fuentes que en su mundo de antes apenas se atrevía a imaginar.
Kiyoko le propone a su madre que se quede a pasar la noche. La madre no lo hace. Las dos bajan. Saludan a la propietaria de la casa. La madre se fija en las muñecas (¡por supuesto! ¡muñecas en el barrio de las casitas de muñecas!) que fabrica la propietaria. Luego, Kiyoko y su madre salen a la calle. Caminan de noche. La madre se agacha a recoger algo del suelo: un tapón de botella que, por el desgaste, parece una medalla. Lo tira. Todavía hablan un poco. Frases cualquiera. O, quizás, frases importantes. Vi las medallas de papá, dice Kiyoko (y nos damos cuenta de que en la película, al contrario que en el libro, no sabemos nada del padre). Tu padre era un buen hombre, dice la madre (sabemos que cada hija es de un padre distinto, y Kiyoko se lo ha reprochado). Con la ligereza de esas frases, se alejan por la calle. Sentimos calma. La calma de la convalecencia. La herida está, todavía, por cerrarse. Quedará cicatriz. Pero no importará.
(Inazuma, Mikio Naruse)




