Al billar, quizás habría que aprender a jugar al billar. No al billar americano, al francés. El que no tiene troneras. El de las carambolas, nada más que las carambolas. No debe de ser fácil. ¡Cuántas horas habrá que pasar golpeando las bolas! ¡Cuántas horas calculando las trayectorias! Como para dedicarle toda una vida. Día tras día, año tras año: practicar carambolas. Como Mikio Naruse: día tras día, año tras año, poner en movimiento a sus personajes, hacer carambolas.
Aquí, en esta película, las carambolas no paran. El mundo es pequeño y cerrado, como una mesa de billar. Hay apenas unos pocos lugares: un par de casas y una playa. También, muy brevemente: un tren y dos coches. En ese pequeño mundo, sin embargo, el movimiento es perpetuo. Los personajes se encuentran y se hablan. Se hablan y se mueven. Hay que ver cómo, al hablar, se acercan y se alejan los unos de los otros. Cada frase, cada plano, es un acercarse o un alejarse, un mirarse o un dejar de mirarse.
El cine ha sido, entre otras cosas, un arte de hacer que los personajes se acerquen y se alejen entre ellos. Un arte, también, de hacer que se miren o no se miren. Que se miren y se desmiren, dan ganas de escribir. Desmirarse: dejar de mirarse. Apartar los ojos de aquella persona a la que no queremos ver. O, mejor: apartar los ojos de aquella persona a la que querríamos ver día tras día, hora tras hora, pero a la que, por algún motivo, pensamos que no deberíamos mirar. Dejar de mirar y, sin embargo, tener grabada en las pupilas el rostro que dejamos de ver. Eso lo puede desvelar muy bien el cine: la cámara, el montaje, como microscopio de lo que sucede con las miradas.
Los personajes al acercarse y al alejarse, al mirarse y al desmirarse, es como si fuesen bolas de billar, que si se acercan, que si van una hacia otra, es para chocar, es para volver a alejarse. A veces, al chocar, se desvían y chocan a su vez con otra bola. Debe de ser un gran placer el saber manejar tan bien el taco de billar y provocar esas triangulaciones. Es hermosa, por ejemplo, la secuencia entre los dos hermanos protagonistas y una chica que llega enviada por la enamorada de uno de los dos. Ella le habla al chico de la enamorada pero de ahí, reenviada por el chico, hace carambola con el hermano. Y ahí se ve, y se prolonga más adelante, una mezcla en los rostros de felicidad y de gravedad, una sonrisa que se dibuja, a pesar de todo, en momentos de tragedia. Momentos que, por carambola, son también momentos de amor, la bola de la muerte poniendo en movimiento, una vez más, la bola de la vida.
Habría que decir, también, que los dos hermanos protagonistas son guapos. Y las chicas de las que se enamoran también. Se podría pensar que es algo sin importancia al fin y al cabo el cine nos ha acostumbrado a eso, a que los protagonistas, por defecto, sean guapos. Pero aquí los personajes hablan de eso. A ellos les importa. Por razones sociales y económicas sus amores son complicados pero, al mismo tiempo, además del dinero, hay otra cosa que entra en juego: son guapos. ¿Basta con ser guapo para conseguir lo que se desea? Parece que no. Pero la belleza, en cualquier caso, atrae, provoca movimiento. Hay propuestas que llegan a ellos, a los chicos y a las chicas, por su belleza. Esas propuestas llegan y chocan con ellos. Las propuestas no los agarran pero tampoco les permiten quedarse donde quieren. Y también está, claro, lo que sucede entre los chicos y las chicas: bellezas que se atraen, doble movimiento. Dos bolas yendo la una al encuentro de la otra, anhelando quedar la una junto a la otra, por fin juntas. Pero eso no puede ser. No hay manera de que dos bolas de billar permanezcan juntas. ¡Qué se habrán creído esas bolas de billar!
En las carambolas, por cierto, entra en juego la cámara. A veces por el movimiento, a veces por el montaje, es como si ella también chocase con los personajes, yendo de uno a otro, cambiando siempre de sitio. A veces, la verdad, es tan virtuoso y, al mismo tiempo, tan visible el juego de las distancias, del ir y venir de la cámara y de los personajes, que nos podemos quedar embobados mirando eso, el movimiento, y olvidando qué es lo que está pasando. En cierto modo, no importa si por momentos nos perdemos en el movimiento, porque por mucho choque que haya, en realidad casi nada cambia. Es un mundo pequeño, ya lo dije. Las bolas chocan entre ellas pero, también, chocan con los límites de la mesa. Siempre acaban los personajes rebotando con los límites de su mundo, volviendo a entrar una y otra vez en el juego, en un ir y venir, que no hace más que repetirse, sin salida, sin solución. Este es un billar francés: no hay tronera por la que escapar. O, en cierto modo, sí las hay. A los personajes se les ofrecen varias troneras por las que salir de la situación. Pero, como en el billar, esas troneras tienen algo de trampa. Hay billares cuyas troneras son como redes, ¿no? Pues eso, aquí salir del billar es caer en una red. Así que dos de los personajes buscan otra solución: el golpe tan fuerte que los haga salir del juego, saltar fuera de la mesa, aunque no haya nada más allá. Entonces, por un momento, los demás personajes quedan inmóviles. Sólo la cámara se mueve. Se desliza, paralela. Fin de las carambolas. Queda algún choque disperso, por inercia. Pero el juego ha terminado. El juego, en realidad, hace tiempo que ya no era un juego.
(Kimi to yuku michi, Mikio Naruse)