Esta es la historia de un hombre con barba. Es una barba hirsuta. Una barba rebelde, carismática, imponente, bizarra. Una barba que se ve de lejos. Una barba que se puede dibujar, simplificar, exagerar. Una barba que es más que la persona misma. Si se separasen el hombre y la barba, si se fuesen cada cual por su lado, por la calle, la gente no reconocería a la persona pero sí reconocería a la barba, aun sin persona, aun sin humano que la lleve. El hombre cree tener una barba y es la barba la que lo tiene a él. Una barba así es un ideograma, una palabra única que se repite, cada vez que el hombre aparece. Una barba así se puede comer al que la lleva, dejarle sin posibilidad de decir algo más que la palabra única. Una barba puede hacer de un hombre un cartel con patas, un eslogan ambulante.
Esta es, también, la historia de una película devorada por su barba. De una película hirsuta. De una película bizarra, simplificada, exagerada. De una película con la pelambre desordenada y sin embargo repetitiva, con discursos sospechosamente sencillos, con histeria colectiva, con malos de tebeo que no necesariamente resultan falsos, porque los malos de la realidad a menudo también son de tebeo. Es una película con un personaje que, en una escena se desdobla y se destripla en sobreimpresiones de si mismo. Es como en los dibujos animados, cuando a un personaje le sale a un lado de la cabeza una versión demonio de sí mismo, y al otro lado una versión ángel, y las dos discuten e intentan convencerle. Aquí, una de las sobreimpresiones vuela y hace de la conciencia orgullosa del hombre barbado. La otra sobreimpresión camina y hace de su conciencia humilde.
Las sobreimpresiones del hombre barbado tienen discursos al mismo tiempo solemnes y simples, y uno no sabe si las sobreimpresiones son la manera de darle un poco de vida a algo tan simple, o si las sobreimpresiones, en su extravagancia, lo que hacen es volver imposible cualquier complejidad de los discursos. Esta es una película que no se sabe si está gobernada por su torpeza o por su extravagancia, o si son dos caras de la misma moneda. Una película que se tantea buscando, a pesar de todo, un poquito de humanidad. Una película que parece tomar conciencia de su propia barba bizarra. Una película que nos dice: sí, lo sé, soy así. Pero, ¿basta la autoconciencia para salvar a una película de su barba, de su condición de garabato?
El hombre y su barba han vuelto de la guerra. Vagabundean. Un día, el hombre va a la radio. Ante el micrófono, grita. Un grito rítmico, hondo, desgarrado. Dice que grita por la situación de Japón. Dice que aprendió ese grito de unos isleños del Pacífico. El grito es como la barba, pero aún mejor. El grito se puede transmitir por la radio. Y es más democrático. Cualquiera puede hacer el grito. Para tener la barba, hace falta una cierta pilosidad. Y tiempo. El grito lo puede hacer cualquiera, al instante. Eso es lo que sucede: la gente se pone a hacer el grito por Japón. Un plano: un hombre grita. Otro plano: una mujer grita. Y luego otro hombre, y otro hombre, y otra mujer. ¡El grito corre como la pólvora!
Decidida a conseguir una buena historia, una joven reportera busca al vagabundo. Va por los arrabales. Se planta en un cruce y duda. Quizás le da un poco de vergüenza pero no importa, prima su vocación de reportera. Lanza el grito. Un tipo se la ha quedado mirando. ¿Será él? La reportera se acerca. El tipo sale corriendo, pensando, probablemente: ¿Qué me querrá esta loca? ¿Qué me querrá esta película? La reportera no desiste. Sigue caminando y gritando por los parques, junto al río, de nuevo por los arrabales. Y de pronto, en un lugar boscoso, un grito responde a su grito. Aparecen dos hombres. Son dos vagabundos. Uno de ellos es es el hombre barbado. ¡Cómo imponen él y su barba! Pero la reportera no se amilana. Le dice al hombre, refiriéndose sin duda a su historia de los isleños que gritaban, que quiere escribir sobre sus experiencias en tierras lejanas. El hombre barbado le dice se lo inventó todo. El grito era mentira. O, más bien, el grito era verdad, venía del corazón, pero la historia del grito era mentira. Era un grito enmascarado en una historia, un grito sincero con barba postiza.
La reportera, que no quiere perder su historia (¡con lo que ha caminado y gritado para encontrarla!), insiste. ¿No quiere repetir el grito? No entre los políticos, que según el barbado son todos unos corruptos, sino algo mejor, algo por encima, ¡desde lo alto de la torre del parlamento! Entre la reportera y el amigo vagabundo (que es un vagabundo con sombrero arrugado, paraguas y gafitas, con aire de filósofo antiguo, de cuadro de Velázquez), le convencen. El hombre barbado de entrada puede intimidar pero en realidad es muy fácil convencerle. Está deseando ser convencido de cualquier cosa. Está deseando que le digan que puede servir para algo. Quizás por eso se dejó la barba. O por eso no se la afeitó cuando le creció allá en la guerra. La barba le convencía de algo. De estar presente. De tener un peso. Así que allí aparecen el hombre y la barba, en lo alto de la torre del parlamento. El hombre parece King Kong. O Simón del desierto. Grita de nuevo. Día tras día, a hora fija. Se hace aún más famoso. Y acaba por colapsar.
Cuando el hombre despierta, está en un hospital. Un partido político, el Partido Japonés de la Felicidad, o algo así, corre con los gastos. Es un partido dirigido por los empresarios de antes de la derrota de Japón. Se entiende que necesitan pasar por democráticos para seguir llevando el país como antes, cuando no eran democráticos. Para eso quieren al hombre. Para dar el pego. Para tener un símbolo. Para tener un grito único y una barba ideograma que les permitan no tener que decir ni una palabra. El sonido puro del grito como atajo para evitar discursos y programas. El hombre, una vez más, se deja engatusar, animado en un primer momento por la reportera, que está entusiasmada por cómo le crece la historia que ha encontrado. El primer trabajo del hombre para el partido: enseñar a los candidatos del partido a hacer su grito. Los candidatos parecen una mezcla de desesperados sinceros y de cínicos que si hace falta gritar, pues gritan.
El hombre deja que le cuiden la barba. Deja que lo traten como un héroe. La hija de uno de los empresarios se empeña en ser su ayudante y se encandila con él. Todo es grotesco a su alrededor. La joven reportera se preocupa. Ha empezado a ver "al hombre tras la barba". Pero ha empezado a entender, también, que algo se ha perdido. Cada vez hay más barba y menos hombre. Más grito y menos palabra. Se lo dice. Al día, siguiente, es el gran mitin del partido. Esperan al hombre para que salga y dé su grito. Pero el hombre se retrasa. Hasta que al fin aparece. Pero... ¡ha venido solo! Quiero decir: ha venido sin su barba. Se ha afeitado. Para el partido, es un desastre. El público, además, no le reconoce. Le abuchean. Él da su famoso grito. Al principio, tampoco reconocen el grito. Aunque sea sincero, les suena falso. (He ahí la prueba de que la barba era más importante que el grito.) Aun así, vuelve a gritar. Su último grito. Su último disfraz. Es como si, por un momento, se pusiese una barba postiza, como en aquella comedia de Ozu que, muchos años antes, también había contado la historia de una barba de ida y vuelta. Luego, por fin, habla: me han utilizado, no son democráticos, etc. Intenta ser, simplemente, humano. Ni héroe ni garabato, alguien con cara desnuda y con palabras.
Ya sin grito y sin barba, lo vemos en unas ruinas extrañas, una ruinas de plató, de mentirijilla. Están él, la reportera y otro vagabundo amigo. Quieren hablar palabras humanas, cercanas, pero, a estas alturas de la película, no pueden decir nada que no suene a discurso, a proclama. La película, por más que lo intenta, no consigue quitarse la barba, su tono embarbado. Quizás una película no pueda cambiar su ser en un último giro. Quizás no sea tan fácil dejar de ser una película, o un hombre, con barba. De hecho, al protagonista todavía no le vemos de veras su cara. Lo vemos como un hombre desbarbado. Vemos la cara todavía hechizada por la barba ausente. Persistencia retiniana, quizás. Así funciona el cine.
(Urashima Tarô no kôei, Mikio Naruse)