domingo, 16 de agosto de 2026

el numerito

Para saber estar ahí arriba, en el aire, en el trapecio, yendo y viniendo con vestido de brilli brilli, descolgándose y saltando, asombrando, hace falta haber pasado muchas horas así, en el aire, en el trapecio, día tras día, año tras año, desasombrándose, quitándose el asombro al vacío, haciendo de lo excepcional una rutina. Todas las noches se repite el numerito, siempre el mismo, pero cada poco en un lugar diferente, para que ningún espectador, ninguno de esos que viven en un lugar estable, se acostumbre al numerito, se desasombre a base de repetición. Y en ese ir de pueblo en pueblo, en ese vivir en el camino, renovando el público, renovando las miradas ajenas, puede ser que el numerito le destiña a uno, que uno se vuelva, también fuera de la pista, un numerito ambulante, repitiendo las rutinas, repitiendo las extravagancias. 

Esta película empieza con cinco músicos. Son músicos itinerantes que van a pie por los caminos, cargando con sus instrumentos, ganando lo que pueden en cada pueblo. Según lo escribo, me acuerdo de Los músicos de Bremen, aquellos animales de cuento que, para no ser sacrificados por viejos e inútiles, huyen de sus granjas para ganarse la vida haciendo algo inútil, haciendo música. Se podría decir que, para estos humanos que van por los caminos de Japón, el instrumento que toca cada uno de ellos se le ha vuelto como el sonido que puede hacer cada animal, siempre el mismo. Como si ser, digamos, gallo o clarinete, burro o bombo, fuese lo mismo, una condición natural, algo de lo que no pueden salirse, siempre haciendo el mismo sonido, siempre tocando las mismas notas, al mismo ritmo. Y por eso van de pueblo en pueblo tocando sus instrumentos pero considerando que, en el fondo, lo que hacen no es música, apenas algún subgénero de la picaresca. 

Yendo de pueblo en pueblo, repitiendo siempre las mismas músicas, es como si todo en ellos se fuese volviendo numerito repetido. Hay uno que es experto en robar batas de los albergues. Hay otro que tiene una obsesión por ligar, obsesión que pasa fácilmente la línea del acoso. Hay un tercero que se emborracha cada noche y que piensa en su hija abandonada. Y hay un cuarto que viaja con un disco entre sus cosas, un disco que pide que le pongan en el gramófono cada noche, en cada bar, mientras bebe, para no olvidar lo que es la música para él, la música de verdad, aquello que de veras le importa, sin darse cuenta de que puede estar convirtiendo su sueño en rutina, en numerito. Porque hasta nuestros sueños, nuestros ideales, los podemos volver eso: acostumbrada cantinela, repetitivo rebuzno. 

Entonces, pasa algo muy sencillo. Estos que van por los caminos repitiéndose coinciden en el mismo pueblo con otros que también van por los caminos repitiéndose, y se vuelven excepcionales los unos para los otros. O, dicho de otro modo: los músicos ambulantes se encuentran con un circo. Un circo, la verdad, es mucho más asombroso que unos músicos ambulantes. De entrada, es más grande. Hay mucha más gente. Hay acróbatas, payasos y chicas hermosas. Las chicas hermosas bailan y una de ellas se balancea en lo alto del trapecio, brillante como una estrella. Cada noche, el director del circo dispara a unas figuritas que sostiene una de sus dos hijas, la trapecista, aquella que menos le aguanta. ¿Y si el psicoanálisis no fuese un teatro sino una pista de circo? ¡No hay inconsciente que se pueda transformar en numerito!

Este circo, por otra parte, parece estar, aún más que la banda de músicos ambulantes, encerrado en sus repeticiones. Las chicas hermosas, hermanas, sueñan con otra vida, una vida estable que las saque de esta vida itinerante, estable en su repetición, repetitiva en su mezquindad. También hay una niña que se hace pasar por huérfana y que va hablando de su tía enferma para conseguir dinero para caramelos. ¡Puro numerito! ¡Ni la imagen de la inocencia se libra! O, más bien, la inocencia es apenas una imagen. La inocencia, como el asombro, la pone el espectador, necesitado de lo excepcional, ya sea trapecio, música o melodrama infantil. A cada cual su asombro. A cada cual su rinconcito de inocencia en el corazón. ¡Hay para todos los públicos!

Por su parte, el jefe del circo, el padre de las chicas hermosas, con su bigote, su cojera (¿cojera de una caída circense?) y su cara de pocos amigos, parece encerrado en su numerito de personaje tiránico. Los músicos del circo y el resto de los artistas masculinos se ponen en huelga contra sus tiranías. Quieren, precisamente, que algo cambie, que en medio de la repetición algo, de pronto, mejore. ¿Qué es, al fin y al cabo, una huelga, sino una ruptura de la repetición, un recordatorio y puesta en práctica de que lo excepcional es posible?

Lo que consigue la huelga es, en un primer momento, que por una noche el circo no vaya a repetirse, que todo vaya a ser excepcional. Al mano derecha del jefe se le ocurre que los músicos ambulantes pueden sustituir a los músicos del circo y que, además, pueden hacer algunos numeritos circenses, para que la noche de circo no quede reducida a los numeritos de las chicas. Así que los músicos se ponen a hacer cosas que nunca habían hecho antes en público. ¡Por una vez los numeritos no son numeritos! Uno canta, otro hace el payaso, otro, el que se sueña músico "de verdad", toca el violín hasta que el público le echa del escenario. Es todo bastante desastre. El circo no es lugar para improvisaciones. No es eso lo que la gente viene a ver. Lo que la gente quiere es lo excepcional, sí, pero lo excepcional de que un cuerpo haya repetido tantas veces un salto o un gesto antinatural como para haberlo vuelto natural. Lo asombroso de que una vida también pueda ser eso: horas y horas en un trapecio. 

La trapecista, por su parte, hace lo excepcional en una trapecista: caer. Todas las noches tiene que parecer que la trapecista podría caer pero eso nunca tiene que pasar, claro, porque si cae la trapecista se acaba el número, se acaba el circo. Pero esa noche la trapecista busca la salida en la caída. Al caer, consigue por fin romper la repetición. Todo se soluciona. El jefe del circo cede a los huelguistas (y se nos cuela la sospecha de si la cojera del jefe no fue, en otro tiempo, otra caída en busca de lo excepcional, de tal padre tal hija). Los músicos ambulantes vuelven a lo suyo, a tocar sus instrumentos por los caminos. 

Esta es una película así, en la que parece que no acaba de haber consecuencias. Un esbozo rápido, como las pequeñas improvisaciones de unos amigos en medio del camino. O como una fantasía que se tiene una noche, tras fascinarse, por ejemplo, con una artista de circo, soñando con una vida diferente, con unas rutinas diferentes, olvidando por un momento, por el tiempo de una ensoñación, que esas rutinas diferentes son años de trabajo, de repetición y que lo que estamos soñando no es sólo vivir, a partir de ahora, una vida diferente, sino haberla vivido antes, haber crecido en un trapecio. 

Aunque en realidad sí hay consecuencias, pero van con truco. Es una de esas películas en las que parece que lo importante, lo que hace que una vida se salga de sus repeticiones y de sus estrecheces, es el amor. De las tres historias de amor que tiene la película, hay una entre gente del circo. Esa parece que irá bien. Hay otra entre uno de los músicos, el obsesionado por ligar, y una chica, apasionada, ingenua y resolutiva, que se ha creído las milongas del músico y le ha venido buscando desde otro pueblo. Esa chica, al final, se sale con la suya y se pone en camino con los músicos, acompañando al de las milongas. ¿Lo que le atrae de veras a la chica será el músico o será el camino? ¿Será que está huyendo ella de las repeticiones de su pueblo? No lo sabremos, porque la película nos cuenta su historia de pasada, como quien añade de pronto un detalle más, apenas un personaje esbozado en cuatro pinceladas en una esquina del cuadro pero al que, a pesar de ser apenas cuatro toques de color, nos podemos pasar un rato largo mirando, imaginando los detalles que el pintor no puso, que el pintor nos dejó imaginar.

La tercera historia de amor, entre una chica del circo y un músico, el que sueña con tocar música de verdad, se resuelve en una despedida triste. Ella se irá con el circo. Él se irá con la música a otra parte. La escena es hermosa y triste. Tiene la belleza de los caminos que se alejan, del viento que alborota un kimono, de las olas que rompen en la playa y de los travellings que se alejan de los personajes. Y esa despedida emociona aún más porque contrasta con la resolución cómica de la historia de amor apenas esbozada, la del otro músico y la chica que le acompaña. Mientras se aleja el grupo de los músicos y la chica, ella hace gesto de querer llevar parte de los bártulos de él. Él al principio se resiste, pero al poco le pasa a ella todo aquello con lo que carga. Aunque sea de espaldas, aunque se estén alejando, nos da tiempo a pensar: ¡qué jeta el tipo! Y adivinamos ya que todo eso se va a convertir en numerito entre ellos. Como si la realidad, al menos la realidad de los personajes, de estos músicos en el camino, sólo pudiese cambiar, sólo pudiese resolverse, como comedia, como futura repetición, futuro numerito ambulante.

(Saakasu goningumi, Mikio Naruse)

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