Al principio, vemos unas palomas. Un montón de palomas picoteando en el suelo. Les habrán echado miguitas. La cámara, enseguida, se mueve. Tiembla un poco. Se diría que es cámara en mano. Primero mira un poco a la derecha. Luego hacia arriba. Dejamos de ver a las palomas. Hay unos puestecillos, cubiertos por parasoles. ¿Qué venderán? ¿Recuerdos? ¿Dulces? ¿Comida para echarle a las palomas? Más allá de los puestecillos adivinamos un pabellón. Quizás sea un templo. Entonces, volvemos a ver a las palomas. Han echado a volar. ¿Alguien, cerca de la cámara, habrá dado un paso adelante para asustarlas? Estuve a punto de escribir, antes, que a las palomas no hay quien las dirija. Pero eso no es verdad, claro. Las palomas vienen si les echas comida y vuelan si las asustas. Que vengan o que se vayan: no hay, creo, nada más que se pueda hacer con ellas. Pero ya es algo, porque su agitación en el suelo o su batir de alas en el aire le dan a cualquier plano una espontaneidad que, aunque haya sido utilizada muchas veces, funciona. Alguna verdad debe de haber en el amontonamiento de las palomas en el suelo y en su desperdigarse volando. Alguna verdad de esas sencillas pero constantes. Una vida que va y viene entre el apretujarse y el separarse, entre el buscar comida y el espantarse, entre el suelo y el aire.
En cualquier caso, esas palomas y esa cámara en mano son como una puerta de entrada documental a la película. Siguen más planos así. Todo mezclado: visitantes que van y vienen, más palomas que vuelan, gente sentada en un banco, una vendedora de globos, niños, calles animadas, banderolas, comercios, mercancías expuestas, más banderolas, carteles. Las banderolas y los carteles están llenos de caracteres japoneses. Por todas partes hay palabras, un montón de palabras, calles de palabras... Entre todas esas palabras, de pronto, un reclamo comercial diferente: imágenes. Es un panel con fotos de películas. Una chica, con kimono y peinado tradicional, mira esas fotos. ¿Será ella uno de nuestros personajes? ¿Será ella el primer pedacito de ficción? Le sigue otro plano lleno de banderolas. Pasa gente. Entra la chica en plano, pero ella no es casi nada comparada con las banderolas. Más planos de banderolas y carteles. ¡Más palabras! ¡Por todas partes palabras! La ficción asomó la nariz pero enseguida volvió el documental. El documental es como una corriente de realidad que, por ahora, lo arrastra todo. Poco a poco, sin embargo, la ficción vuelve asomar la naricita. Otra chica, vestida como la primera, mira comida en un escaparate. Una tercera chica se acerca al escaparate de una tienda de sandalias tan ensimismada que se da un coscorrón con el cristal. Vemos sus pies. Se rasca un tobillo con el pie. Vemos los pies de otra chica: una de sus sandalias está rota. Busca en el suelo algo con lo que arreglarla. Un hombre llega y le ofrece su pañuelo. Ya está, la película ha empezado a tirar el hilo de la ficción.
A veces los inicios de las películas son como una base de color que, aunque quede cubierta luego por otros registros, queda ahí, actuando bajo la superficie. Como si esa base pudiese en cualquier momento resurgir, desbordar la superficie. Aquí, la corriente de la realidad se adivinará, cada poco, tras los personajes, alrededor de ellos. Esa corriente, por momentos, podría tragárselos. Esta es también una película sobre eso: desaparecer en la multitud, desaparecer en la realidad. Hay en la película seis chicas. Tres son hermanas. Una de las hermanas, la más mayor, O-Ren, desapareció hace tiempo. La hermana más joven, Chieko, le cuenta un día a la hermana de en medio, O-Some, que ha visto a O-Ren en una estación. Unos días más tarde, O-Some visita un lugar alto de la ciudad, algo así como un mirador, uno de esos lugares en los que las personas nos arremolinamos, como palomas, para, desde lo alto, ver la ciudad a lo lejos y para ver, también, a más gente arremolinada, apalomada, allá abajo. Ese día hay mucha gente. Y allí, de pronto, O-Some ve a O-Ren. Ve a O-Ren en medio de la realidad, en medio del documental, y, al reconocerla, la hace emerger, la hace salir de la corriente. Porque veremos y oiremos que, en los últimos tiempos, la realidad está arrastrando a O-Ren como una corriente, una corriente en la que apenas consigue, todavía, respirar. Ser reconocida, ser vista, contar su historia: salir a la superficie.
Las chicas, en realidad, se pasan los días en eso: intentar ser vistas e intentar, sobre todo, ser escuchadas. Intentaré explicar la situación con un poco de orden. La madre de las tres hermanas lleva, de mala manera, con dureza, un negocio: manda a las tres chicas que no son hermanas, que no son hijas suyas, y a la hermana de en medio, a O-Some, a que vayan por los bares cantando y tocando el samisén. Las chicas, cada una por su cuenta, se acercan a las mesas y les preguntan a los borrachos si quieren que les toquen una canción, a cambio de un poco de dinero. La mayor parte de las veces nadie quiere escuchar sus canciones. En uno de los bares, cuando alguien por fin accede a escuchar una de las canciones, una de las camareras pone en marcha el gramófono, para arruinarle el negocio a la cantante. Las chicas se dedican a un oficio anterior al gramófono, un oficio de un tiempo en el que, para escuchar música, alguien tenía que tocarla en vivo.
(Ahora que lo pienso: esta es la primera película sonora de Mikio Naruse. En el cine japonés el sonoro tardó más tiempo que en el resto del mundo en imponerse. Las películas mudas iban acompañadas por narradores, los benshis, que iban contando y explicando la película en vivo. Algunos eran muy famosos. Sus nombres aparecían bien grande en los carteles. La gente iba al cine a escucharlos tanto como a ver la película. Por su presencia en vivo, en cada proyección la película era la misma y, al mismo tiempo, era diferente. Con el sonoro, poco a poco, los benshis se quedaron sin trabajo. Al cine le llegó su gramófono. El cine sonoro mató a la estrella oral. Y echó de las salas, también, a los que no eran estrellas, a los que eran, como las chicas de la película, trabajadores anónimos de la voz en vivo.)
La hermana más joven, Chieko, trabaja bailando en una revista. Es una más entre otras chicas que bailan al son de una canción que otra, la estrella de la revista, canta. Como todas van vestidas parecidas, se podría no ver a Chieko. Quizás la mayoría del público no se fije en ella. Pero no importa, porque hay un chico que sí se fija en ella, que con su mirada la extrae del conjunto y la carga con una historia propia. El chico está enamorado de ella. Ella está enamorada del chico. El chico, la verdad, parece bastante majo. E, incluso, bastante serio y formal. Como Chieko está enamorada, canturrea cada dos por tres. En este mundo donde las canciones se venden a oyentes y espectadores que o no las quieren oír, o quizás están más atentos a las piernas de las bailarinas que a la música, se nos podría olvidar que las canciones también son eso, algo que ni se vende ni se compra, algo que a una le sale de dentro porque es feliz, porque esa música, de alguna manera, le da cuerpo, cuerpo sonoro, a lo que se siente por dentro. No hay aquí alguien que canta para que alguien escuche, sino un cuerpo que es al mismo tiempo canto y escucha, que se enreda a sí mismo en la música.
En la versión que vi, las canciones no estaban subtituladas. Se queda uno con ganas de saber de qué hablan. Porque esas canciones quizás hagan eco, de alguna manera, a lo que viven los personajes. ¿Serán canciones de amor? Hay muchas canciones de amor que son canciones felices. Chieko probablemente canta una de esas. Suena alegre. Pero también hay muchas canciones de amor que son canciones tristes. O canciones trágicas. Las canciones que las chicas tocan con el samisen a veces suenan así. Historias tristes que pueden ser pequeñas, incluso sórdidas, pero que tienen su parte de verdad, de sentimiento reconocible. Son la promesa de que toda historia que se vive puede volverse canción. O de que toda historia que se vive, por banal o miserable que parezca, tiene escondida dentro una música.
Aquí, en la película, parece que hay dos historias de amor. Como en una canción de los setenta: era aquello lo que llamaban amor, para los trabajadores de la canción. Está la historia de la hermana mayor, O-Ren, que huyó de su vida de cantante y de chica de los bajos fondos para vivir su amor con un pianista, aunque al final tampoco pudo seguir de pianista y, desde entonces, se los está tragando la realidad bajo forma de enfermedad pulmonar de él. Y está la historia de amor de la hermana menor, Chieko. Es una historia que hace eco a la historia de O-Rone. En la de O-Rone, la historia de Chieko ve su futuro posible, su peligro. Esa mezcla de precariedad y seguridad, de miedo y de ilusión, es aquí, para las trabajadoras de la canción, el único amor que parece posible, ese del que quizás hablan las canciones, ese que, a su vez, se podría volver canción.
Hay esas dos historias pero diría que hay una tercera, la de O-Some. Es la hermana de en medio. Y es, ciertamente, una mediadora. Parece que esa es su vocación, entre las violencias y los miedos del mundo, mediar. No ama a un hombre, ama a sus hermanas y, también, a las chicas que trabajan para su madre. Iba a escribir que ama al mundo, pero tampoco es eso. Ama a quien tiene delante, si la persona a quien tiene delante tiene todavía un poquito de corazón y, también, un poquito de miedo y otro poquito de ilusión. Intenta, en la medida de la posible, aligerar las vidas de los demás. Se podría decir que, ahí también, hace música. Armoniza.
Hay un momento en el que O-Some es vista por un hombre. Ella está sentada en un muelle, comiendo un bollito y mirando hacia una grúa en el agua. Se acerca un hombre con una cámara de fotos. Él la saluda y hace un gesto que, entendemos, es una pregunta: ¿puede hacerle una foto? Ella, sorprendida, se levanta y se le caen los bollitos. Los recoge. El hombre se acerca y la sienta de nuevo. Mueve un poco el samisen. Le indica a O-Some cómo colocarse, mirando de nuevo en dirección a la grúa, con el bollito en la mano. En realidad, la coloca como la ha visto al principio. Recrea el documental de la primera visión. Se aleja para hacer la foto, para volver a la distancia inicial. Ella, sin embargo, no para de ajustarse, de sentir sus defectos: se atusa el peinado, cambia la posición de los pies para disimular un calcetín poco presentable, sin darse cuenta de que, por la distancia de fotógrafo, ese calcetín probablemente no sale en la foto. El fotógrafo hace su foto. Mira la óptica de su cámara. Saluda. Ella le devuelve el saludo, saca un espejito y se mira en él. Descubre algo en su mejilla. Levanta la vista, probablemente por la vergüenza de haber sido vista y fotografiada así, pero el hombre ya se aleja. Tomó su foto, la convirtió en imagen, en imagen pintoresca. No vio, en aquella chica, nada más que una imagen, un instante, no una historia. O intuyó una historia pero prefirió quedarse con la promesa de la historia, como pasa a veces con las fotos, con las fotos buenas, que nos emocionan porque son una promesa, una puerta a algo que no acaba de contarse. Ella, a pesar de todo, se quita la manchita de la mejilla. Se come la manchita. Y se ríe.
Ese fotógrafo, ese breve encuentro sin consecuencia, nos recuerda que en la película O-Some no tiene un hombre que la quiera. Pero eso, precisamente, nos deja a los espectadores todo el lugar para quererla nosotros. Ella quiere a sus hermanas y a las otras chicas. Sus hermanas la quieren pero tienen sus propias historias de amor que las alejan. Ella, que no tiene amante, queda entre medias, alcanzada, como en las grandes historias de amor, por la tragedia. Hay un momento de la película en el que Chieko y su enamorado, paseando en barca, hablan, en broma, de un doble suicidio, de morir juntos. Hablan de broma pero es, al mismo tiempo, una fantasía, la de un amor total, definitivo. Una fantasía que hasta hace sonreír un poco a Chieko, una sonrisa ensoñada. Pero no aquí las parejas no mueren, la tragedia no es para ellas. En cambio Chieko, que está sola, morirá de valentía y de amor. Morirá, sin ser vista, en una estación de tren. En uno de esos lugares donde las vidas parecen perderse en la corriente de la realidad. Uno de esos lugares donde los humanos parecemos, si nos fijamos, palomas que se amontonan, que vienen y van, entre el cansancio y las promesas, entre el suelo y el vuelo.
(Otome-gokoro sannin shimai, Mikio Naruse)
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