sábado, 29 de agosto de 2026

el equilibrio

Hay, a veces, momentos (escenas, planos) tan hermosos que uno se pone a desear que se detenga el tiempo. Que se detenga la película, que se detengan sus historias, y que dure, en sí, el momento (una niña en equilibrio, otra niña que corre por el campo, las cosquillas de una madre, la risa de otra madre, un baño en un río pedregoso y centelleante).  Al mismo tiempo, intuimos que si esos momentos son tan hermosos es, también, porque no van a durar, porque las historias no se van a detener. No serían tan hermosos esos momentos si tuviesen los dos pies firmes en el suelo, seguros de poder durar. No serían tan hermosos si no fuesen momentos en equilibrio, con los brazos abiertos, los pies precarios sobre un tronco, a punto de caer. Y nuestros ojos, nuestro corazón, quieren abrazar el momento para que no caiga, para engañar al tiempo y que los segundos parezcan durar horas o para, al menos,  retener el instante en la memoria. 

En esta película hay una escena en la que una niña, Nobuko, le cuenta a su mejor amiga, Tomiko, un secreto. La noche anterior, Nobuko escuchó a sus padres discutir y descubrió algo: en el pasado, el padre de Nobuko y la madre de Tomiko habrían querido casarse, pero no pudieron. Mientras cuenta parte de ese secreto, Nobuko camina en equilibrio, y marcha atrás, por un banco hecho de un tronco. Camina alejándose de Tomiko, que está sentada en un extremo, pero mirándola. Es tan bonito verla caminar en equilibrio y marcha atrás que se puede llegar a perder el sentido de lo que dice. Pero, como nosotros también hemos oído la disputa entre los padres de Nobuko, no llegamos a perder el sentido. Cuando Nobuko, de un salto, baja del tronco, y se sienta en el otro extremo, Tomiko se levanta y viene junto a ella. En su manera de caminar podemos notar algo pesado, opuesto al equilibrio de Nobuko. Es cierto que Tomiko es, por así decir, más seria que Nobuko. Es la que, en un banco, no se pone a hacer equilibrios sino que se sienta. Es la buena alumna. La amiga contrastada de Nobuko. ¡Tan diferentes y tan amigas! Pero si, al venir hasta Nobuko, hay algo pesado en el caminar de Tomiko, no creo que sea simplemente por esa diferencia de carácter. Nobuko, al contarle la historia a Tomiko, la ha cargado de historia y la historia, el pasado, pesan. 

Tomiko y Nobuko descubren que son hijas de un melodrama. Es como si una película de amores contrariados hubiese terminado más de diez años antes de empezar esta y ahora viniese la película de después de la película. Las dos niñas se descubren herederas del drama y van y vienen entre la ligereza de su juventud y la pesadez de esa historia pasada que emerge de nuevo, como un pantano que se queda sin agua y deja ver los restos de un pueblo que fue inundado. La película, acompañando a las niñas, avanza también en equilibrio, sin dejar que el viejo drama arrastre del todo a la ligereza juvenil. Va y viene entre la gravedad y gracia y, a veces, las mezcla con gracia. Hay un momento en el que Nobuko dice que, si su padre se hubiese casado con la madre de Tomiko, ahora las dos serían hermanas. Entonces Tomiko le responde: si eso hubiese pasado, ninguna de las dos habríamos nacido. Entonces Nobuko, en un plano muy cercano de ellas, tomado desde atrás, con los rostros de perfil, un poquito de viento y el río desenfocado que vibra al fondo,  un plano que te mueres de íntimo y natural, dice: la niña habría sido la mitad como tú y la mitad como yo. Y es como si el melodrama del pasado, en ese momento, se deshiciese en la luz centelleante y vertiginosa de la fantasía infantil. Como si el melodrama de años atrás, en ese instante, accediese, entre risas felices, a la belleza sin tiempo. 

Poco después de esa risa, caminando por el lecho pedregoso del río, Nobuko se hace una herida en el pie. Tomiko corre a su casa para buscar vendas y medicinas. Esa carrera, que sirve para algo, que está dentro de la historia y prepara el encuentro entre el padre de una y la madre de la otra, escapa, al mismo tiempo, de la historia, durando más planos de los indispensable,. Se cuelan por ella el verano y el viento. Nos recuerda que una niña corriendo a por vendas es, al mismo tiempo, una niña corriendo, sin más. Y que eso es mucho. Que la vida también es eso, y que merece la pena tomarse el tiempo de mirarlo y de sentirlo. Que hay que saber aprovechar los momentos en los que el presente se libera de lo pasado y lo por venir. 

La película, sin embargo, no puede mantener el equilibrio hasta el final. Es una película de su tiempo: 1939. Es como si terminase dos veces. Una primera vez, con Nobuko que camina, coja por la herida, hacia casa de Tomiko, llevando en brazos una caja con una muñeca. Una muñeca que ha estado a punto de cristalizar de nuevo, en el presente, el melodrama pasado. Una muñeca que, al mismo tiempo, y eso quiere Nobuko, debería de poder borrar ese peso del melodrama heredado y ser, simplemente, regalo de la amistad presente e infantil. Nobuko camina. Su madre corre tras ella, liberada, por el gesto de la niña, de los dramas que se había montado en su cabeza. Tomiko, cerca de su casa, sin saber que su amiga viene, está junto a un árbol, sola, quizás triste, quizás anclada todavía en el peso del pasado. Un último plano: Nobuko, cojeando, se aleja de cámara caminando, camino a la casa de Tomiko, camino a la felicidad recobrada. Fundido a negro. Pensamos: la película ha terminado, se cumplirá en nuestra imaginación ese reencuentro que la película deja suspendido. Qué hermoso. Qué generosidad pudorosa. Qué manera de conciliar historias y puro presente. Pero la película no termina ahí. Queda otra secuencia. El padre de Nobuko, de uniforme, se va a la guerra. Las niñas, y también las dos madres, lo despiden en el andén. El andén está hasta arriba de gente, de banderitas y de sonrisas. Las dos madres se miran, y miran hacia el tren que se aleja. En el último momento, la película, se cae del tronco sobre el cual hacía equilibrios, empujada por las exigencias de la propaganda. Sobre su reconciliación del pasado y del presente, del tiempo de los padres y el tiempo de las hijas, superpone otra reconciliación: todos unidos contra el otro. Todos unidos, y sonrientes, para invadir, para destruir.

(Magokoro, Mikio Naruse)

No hay comentarios:

Publicar un comentario