miércoles, 30 de septiembre de 2026

el escritor

Es un señor de unos cincuenta años. Se llama Ishinaka. Tiene una cara simpática. Todo el mundo, la verdad, resulta simpático en esta película. Y eso que muchos son mentirosos, o testarudos, o codiciosos, o cobardes, o rencorosos, o huraños, o de todo un poco. Son todo un catálogo de pequeños defectos. Salvo el señor Ishinaka. A él no se le ven los defectos, aunque a veces él mismo se atribuye alguno, por hacer compañía a los otros. Parece ser que el actor que hace de Ishinaka, Shigeo Miyata, por lo general, más que actor era pintor. Y eso le va bien a su personaje. Es como si estuviese de paso por la película. Nada de interpretar un personaje. Apenas estar por allí, sonreír, decir sus frases y, simplemente, ser. En la película, a veces le llaman profesor. Pero dicen, sobre todo, que es escritor. Escritor de cuentos. De vidas que, en unos pocos hechos y palabras, en unas pocas pinceladas, se revelan. 

Esta es una película hecha de tres historias cortas. El único punto en común entre ellas es la presencia de Ishinaka. Pero Ishinaka no es el centro. Los enredos de las historias (porque son historias al mismo tiempo mínimas y enredosas) les suceden a los otros personajes. En cada uno de los episodios, hay una historia de amor joven, pero siempre está presente la generación de los padres. Los personajes son protagonistas de sus pequeñas historias y, al mismo tiempo, en el conjunto de la película, tienen algo de personajes secundarios. Todos los personajes están dibujados con un trazo al mismo tiempo preciso y rápido. Es como esos dibujos hechos con unas pocas líneas y que, sin embargo, parecen haber captado la esencia de la persona. Algo que no es caricatura pero que tampoco es retrato. Quizás sea por eso por lo que resultan tan simpáticos, o tan cercanos, o tan reconocibles. Porque, a ver, ¿qué somos? ¿Somos personajes principales? ¿No somos también nosotros, la mayor parte del tiempo, personajes secundarios, personajes que se podrían dibujar con un trazo rápido, personajes como de un cuento del señor Ishinaka? Y, además, siendo los personajes de la película siempre un poco secundarios, incluso cuando su historia es, por un momento, la principal, ¿no están integrados de manera más justa, más equilibrada, en la comunidad en la que viven? La vida de acera, ¿no es una vida de cuentos, una vida de actores de carácter? ¿No será que nos entra nostalgia de algo quizás un poco engañoso, como ser figurilla en un cuadro de Brueghel?

Ishinaka en la primera historia está ahí desde el principio, en la segunda vienen a pedirle consejo y en la última parece pasar por allí de casualidad. Pero siempre es necesario para que la historia se resuelva, para que los jóvenes enamorados acaben juntos. En la última historia, el hombre joven duda si hacerle una pregunta pero, aún así, un poco avergonzado, se la hace: ¿está bien enamorarse a primera vista? Ishinaka sonríe. Esa sonrisa es importante. Gracias a esa sonrisa que tiene, los personajes le pueden hacer las preguntas que les avergüenzan. Es una sonrisa que borra toda vergüenza, que acoge cualquier pregunta. Responde: desde luego, acompáñala a casa. Y el hombre joven sale tras la mujer joven y, antes de que la alcance, termina la película. Ahí, al oír la pregunta, al ver la sonrisa de Ishinaka, pensé que lo que este les da a los personajes no son, en realidad, consejos. Les da aprobación. Aprobación a las mentirijillas provocadas por el amor, aprobación a la curiosidad o la debilidad de dos señores que van a ver una espectáculo de bailes provocativos, aprobación a un hombre que no sabe si se puede amar a primer vista. Con su aprobación, desarma los enredos. El escritor, en la comunidad, en esta comunidad, es aquel que vuelve las cosas fluidas, que deshace los nudos. Y, suponemos, aquel que se lleva el nudo a casa, como un pequeño tesoro, para escribirlo. Una pequeña cosecha de nudos desanudados para poder escribir cuentos que hacen visibles las mentiras, las peleas, las timideces, todas esas cosas que se quieren guardar ocultas pero que, al pasar al cuento, se revelan al mismo tiempo comunes, compartidas y pequeñas, sin importancia. Cuentos que, al mismo tiempo, quitan y dan importancia a lo pequeño. Cuentos que atan y desatan un pequeño nudo. Cuentos en los que la sonrisa aprobadora de Ishinaka se prolonga, hecha palabras, hecha narración, más allá de su comunidad, para que se la encuentre cualquiera y sienta que sí, que adelante, que puede vivir. 

(Ishinaka sensei gyôjôki, Mikio Naruse)

No hay comentarios:

Publicar un comentario