Había una frase… ¿Cómo era? Era algo así como: la flecha que nunca se detiene es aquella que alcanza el blanco. Pero falla algo. Quizás sea el orden de las palabras. Quizás una sola palabra era diferente, pero lo cambiaba todo. O quizás era en verso. La frase, en mi recuerdo, era como un flechazo. Limpia. Inesperada. Evidente. Se quedaba clavada, zas, vibrando. Esta no se queda vibrando. Pero, a pesar de todo, ¿no es cierto lo que dice? ¿No es cierto que la flecha, cuando alcanza su blanco, hace su vuelo infinito? ¿No es cierto, también, que la flecha, cuando alcanza su blanco, no sabe qué es todo lo que ha alcanzado, todo lo que aún está por alcanzar?
Esta es una película de arqueros. Vemos, por ejemplo, a un joven samurái. En la mano izquierda tiene el arco. Con la mano derecha coge una flecha y, en un gesto limpio, preciso, la coloca en la cuerda. Tensa la cuerda. Apunta a un rollo de paja que tiene justo delante, a un metro. No es una cuestión de puntería. Es, puramente, la práctica del gesto. Se concentra. Suelta la cuerda. La flecha, zas, sale disparada. Un vuelo brevísimo. Dos fotogramas. Un doceavo de segundo. Se clava en la paja. Y, entonces... ¡cambio de plano! Un espejo, redondo como una diana. Un rostro de mujer aparece en el espejo. Rostro flecha en el espejo diana. Flechazo del montaje.
Entonces, la mujer se toca el peinado. Se toca, en particular, una horquilla, clavada en su pelo. La flecha, en la inmediatez del cambio de plano, ¿se ha convertido en horquilla? ¿Es entonces la mujer la que ha sido alcanzada por la flecha? Sí y no. La mujer se levanta. De pie, por partes, se mira en el pequeño espejo. Mira cómo le cae el kimono. Adivinamos, o creemos adivinar, por qué se mira, por qué quiere saber si está hermosa. Sabemos que ha sido alcanzada en el corazón, pero no por la flecha del joven arquero. Ha sido alcanzada por la mirada, por las palabras, por los gestos, de otro samurái. Intuimos que, con su kimono, con su peinado, con su belleza, querría volverse también flecha que pueda, zas, alcanzar un corazón. Así va la vida de estos personajes. Así va, quizás, la nuestra. Ser diana y ser flecha. Ser alcanzada y alcanzar.
Esta es una película de arqueros pero en ella las flechas nunca se disparan para herir a un cuerpo. Se dispara a dianas y a rollos de paja. El arma de guerra es aquí, nada más, en un instrumento de destreza. Una precisión que se vale por sí misma. Es, en el fondo, una historia deportiva. Una historia del deporte cuando todavía no era del todo deporte. Una historia de competición en un tiempo en el que, sin herir directamente, la flecha todavía podía matar. Un joven samurái, Daihachiro, aquel que dispara la flecha al rollo de paja, tiene que intentar batir un récord: hacer llegar, a lo largo de un día, más de 8000 flechas de un extremo a otro de la galería exterior de un templo. No es algo que Daihachiro haya decidido hacer. Él es parte de una historia que le precede. Su padre, años atrás, estableció el récord. Más tarde, el récord fue batido por otro samurái, Hoshino Kanzaemon. Él llevó la cifra a 8000. En respuesta, por la presión de su ciudad y de su clan, el padre de Daihachiro intentó recuperar el récord. Fracasó. Se hizo sepuku. Las flechas de Kanzaemon, sin tocarlo, lo habían herido de muerte.
Daihachiro ha sido criado en secreto por Okinu, la mujer que aparece en el espejo. Desde niño lo han preparado para recuperar el récord. Ha pasado los días de su joven vida disparando flechas. Días y días orientados hacia un único día, un único lugar, un único gesto. Ahora, por fin, el día decisivo, el día único, está próximo. Siente nervios. No quiere decepcionar a quien le quiere y ha confiado en él. Sabe que es capaz de batir el récord en la soledad de su práctica, pero no sabe si podrá superar la presión de disparar ante un público, en un tiempo determinado. ¿Qué hacer ante la presión? ¿Dónde encontrar la calma? El arte del arquero es, en gran parte, un arte de la concentración. De ahí, quizás, lo ceremonioso en la manera de situar la flecha en la cuerda y de tensarla. El gesto, la pureza del gesto, como refugio ante la presión. Como una manera de crear, de pronto, la calma en el corazón de un huracán. Cada silencio es un gol, decía un cineasta chileno en una película italiana. Cada flecha bien lanzada es un silencio ganado al ruido de la realidad exterior y de la realidad interior.
Un día, aparece aparece un samurái con voluntad de ayudar a Daihachiro. Cuando le preguntan da un nombre falso. Su verdadero nombre es, también, como un flechazo: Hoshino Kanzaemon. El hombre que batió el récord. Extrañamente, nadie reconoce su rostro. ¿No le vieron cuando unos años atrás batió el récord? Es cierto que esta es una historia de un tiempo en el que los rostros no circulaban. Quizás hasta los retratos, cuando los había, eran imágenes idealizadas que no daban para reconocer a alguien. Sí circulaban, en cambio, cargados de historias, pesados como una losa y afilados como una flecha, los nombres. Cuando el nombre de Kanzaemon es revelado a Okinu y Daihachiro, se les clava en el corazón. Y se le clava, también, al propio Kanzaemon. Al batir el récord, al causar la muerte del padre de Daihachiro, su propio nombre se le volvió herida abierta, herida que no cierra. Durante unos días, con nombre falso, ha vivido ligero. Ahora vuelve a caer en su nombre.
Kanzaemon es, como casi todos los grandes samuráis de película, un maestro en el arte de guardar silencio. Sabe ser ojo del huracán, calma en el corazón mismo de la tormenta. Kanzaemon es aquel que perderá el récord si Daihachiro consigue pasar la cifra de las 8000 flechas. Batir un récord es algo ambiguo. Se supone que es una victoria sobre uno mismo, sobre sus propias capacidades, pero siempre es, también, una victoria sobre otra persona, aquella que estableció el récord anterior. ¿Un récord ganado es necesariamente un récord perdido? Kanzaemon, por sus acciones, por sus palabras a Daihachiro, parece decir que todo récord se gana, porque lo que importa no es la persona sino el arte que se practica. Kanzaemon, quizás, quiere liberar al arte de los nombres. El suyo, el del padre de Daihachiro, el del propio Daihachiro. Una historia sin nombres. Un arte, un gesto, sin historias, sin palabras.
Las historias… Qué ruido hacen, a veces, las historias. Hay en la película personajes que sólo saben hacer ruido. Que sólo piensan en nombres y en historias. Retumban en sus cabezas. No conocen el silencio para sí mismos y dedican su vida a romper el silencio ajeno. Entre ellos, el peor es el hermano de Kanzaemon. Empeñado en mantener el honor de su familia, usa las tretas más deshonrosas. Sus secuaces, una vez tras otra, desafían a Daihachiro. Buscan una pelea legal para poder herirle en un brazo e impedir que bata el récord. Kanzaemon, espantado de lo que se hace en su nombre, defiende a Daihachiro. Su arte del tiro al arco seguirá vivo si Daihachiro bate el récord, pero morirá si el hermano lo mancha con sus tretas. Y, si el arte del arco muere, ¿qué sentido tendrá el tiempo y la atención que Kanzaemon le ha dedicado? Todo habrá sido en vano. La pelota no se mancha. La flecha, tampoco.
El tiro al arco es la soledad traída a la vista del mundo. Aislarse en la práctica y luego volver al mundo, trayendo consigo lo alcanzado en el aislamiento. El tiro al arco sólo existe plenamente en relación con el mundo. Es una brecha de silencio en el ruido del mundo. Un instante de soledad logrado, en medio de la multitud, por la precisión del gesto. Cada flechazo es un silencio ganado por el arquero y es también un silencio para el mundo que le rodea. Es una ofrenda de soledad. Pero en la prueba del templo no todos pueden ver el trayecto de la flecha. Entonces, el acierto y el fallo son convertidos en sonido. Un tambor grave para los aciertos, un gong agudo para los fallos. Un golpe sonoro y la vibración del aire perdiéndose. Un grito de alegría entre el público o una decepción. Okuni, que no ha ido al templo, puede asistir al desafío de oídas. Con cada flecha, un sonido retumba en su corazón, unas veces esperanza, otras veces temor.
Las flechas, al atravesar la galería y dar en el blanco, alcanzan a Okuni, a Kanzaemon y a muchos otros. A unos les da la vida y el silencio. A otros los hiere. Todo eso hace la flecha que da en el blanco. Y, al mismo tiempo, la flecha simplemente atraviesa en línea recta la galería exterior del palacio y da en el blanco. Para lograrlo, no se puede pensar en nada más. Arte del detalle preciso que hace vibrar el mundo. El punto y el eco. ¿El cineasta que convierte la flecha en rostro y en horquilla, la diana en espejo y en mujer, no se concentra también en el instante, en el gesto preciso, para, alcanzando el blanco al que apunta, alcanzar el mundo, alcanzar los corazones? ¿No es también un cineasta como Naruse un arquero incansable que no se detiene? Un plano, zas, otro plano, zas, otro plano, zas. Incansable, concentrado, lanzando sus flechas (movimientos, ángulos, cortes, miradas, gestos, réplicas) a través de la galería del templo, llegando a los corazones flecha a flecha, plano a plano, silencio a silencio.
Cuando Daihachiro decide tomar un descanso en su lanzamiento de flechas, Kanzaemon intenta disuadirlo. No lo consigue. Daihachiro, tras el descanso, empieza a fallar todos sus tiros. Kanzaemon quiere ayudarle, pero no puede hacerlo él mismo (Daihachiro, desde que conoce su verdadero nombre, desconfía de él). Kanzaemon va a ver a Okuni y le indica un corte que le tiene que hacer a Daihachiro, para liberar la sangre que le está entorpeciendo. Okuni lo hace. Daihachiro regresa a la galería y, una vez más, flecha tras flecha, acierta, hasta pasar de las ocho mil. Al darle el consejo a Okuni, Kanzaemon ha lanzado una flecha que ha alcanzado a Daihachiro, a Okuni y al propio Kanzaemon. Daihachiro ha batido el récord y se ha liberado del pasado familiar. Okuni ha sido alcanzada en el corazón por la caballerosidad de Kanzaemon. Y Kanzaemon ha perdido el récord. Ha aligerado su nombre. Ya no es nadie, pero pervive el gesto, pervive la flecha. Se aleja por la calle, solitario. Política de los autores: el arte de desaparecer.
(Sanjûsangen-dô, tôshiya monogatari, Mikio Naruse)
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