martes, 29 de septiembre de 2026

el decorado

Hay una mujer. Tras ella, un hombre. Ante ella, una esquina. Dos paredes que se encuentran. Dos paredes, casi desnudas, que cierran. Un ángulo muerto a donde apenas llegó una imagen en un marco, incapaz de disimular ella sola la desnudez. El confín sin vida de la habitación en la que vive la mujer (en realidad, un salón con una habitación mínima, separada apenas por una cortina). Quizás haya así, en las casas, en las habitaciones, por pequeñas que sean, ángulos no humanos, esquinas no habitadas, rincones perdidos donde nada puede ser. 

La mujer, Mitsuko, y el hombre, Arita, se están separando. Él ha conocido a otra mujer, una vendedora de periódicos, y quiere cambiar de vida. Mitsuko, que sabía de la relación, pero no de su seriedad, intenta llevar el control de la escena. La habitación se les vuelve decorado en el que los dos se mueven, se paran, se sientan, se levantan, se miran, evitan mirarse. La habitación se les hace un decorado pequeño, limitado, en el que no hay tantas combinaciones posibles, tantos lugares en los que ponerse el uno en relación al otro. Quizás en el desgaste de una pareja haya algo de eso: las combinaciones agotadas de un decorado, el escenario que cada día se siente más pequeño. 

Mitsuko, asumiendo lo que va a suceder, pone un disco. Es la música con la que bailaron por primera vez. Ella le pide un último baile. Como en aquella canción: yo me acercaré a tu mesa, te preguntaré si bailas, y daremos vueltas, por la pista vacía.  Él está sentado y la mira sin animarse. Ella le tira del brazo para ponerlo en pie. ¿Se pondrán ahora a bailar? No, Mitsuko, directora de escena, retoca el decorado: enciende una lámpara de mesa y apaga la que viene del techo. En esa mezcla de luz y de oscuridad, la habitación pierde sus límites y el presente se desdibuja. Podría ser cualquier lugar. Podría ser cualquier tiempo. Como en aquella otra canción que decía: cuando estás aquí conmigo, esta habitación no tiene paredes, sino árboles, árboles infinitos. Bailan muy pegados (otra variante en la combinación de las distancias) y la cámara los acompaña. Baila con ellos, cercana, íntima. Ellos, a pesar de lo exiguo del espacio, no tropiezan con ningún mueble. Quizás por la magia del momento, quizás porque, por costumbre, conocen cada centímetro de la habitación, cada espacio libre. 

Mientras bailan, ella habla. Palabra a palabra, evoca aquella noche en la que se conocieron. Ella, recién separada de su segundo marido. Él, sentado, callado, bebiendo, mirándola. Empezó una música, esa que están escuchando ahora, él se levantó y fue hacia ella. Bailaron juntos toda la noche. Habla también de los viajes que hicieron después, de cómo brillaban los ojos de él por aquel entonces y de lo delgado que estaba (esta es, sin decirlo, no hacía falta, una historia de posguerra). Y entonces, buscando refugio en el hombro de él, ella hace una brusca elipsis en su relato: y ahora ya no eres mío. Ha hecho subir la magia del recuerdo y luego, en una frase, ha disuelto el espejismo. Así son, a veces, los encuentros y las despedidas: dos caras de la misma magia, lo que no era, de pronto, es, lo que es, de pronto, ya no es. 

Se acaba la música y Mitsuko se sienta en la cama. Arita viene junto a ella. En la coreografía del mirarse y el no mirarse, ahora es Arita el que la mira a ella, y ella la que evita su mirada. Él la coge por los brazos. Necesita que ella gire la cabeza, que le mire. Él le dice: no te dejaré. Entonces ella se da la vuelta. Los dos se miran. Es apenas un momento. Un instante en el que todo es posible. Pero ella deja de mirarle. Es demasiado tarde, le dice. Él insiste. Ella le vuelve a mirar pero luego se levanta, separándose de él. Vuelve a la puerta. Enciende la luz. Se acabó la magia de la penumbra. Se acabó el teatro del pasado. Regreso al presente, a la cruda luz del presente. 

Arita sigue sentado en la cama. Mitsuko, de pie, le habla. Le dice que no debe volver con ella, que tiene que cambiar de vida en compañía de la mujer a la que ha conocido. Mitsuko habla sin mirar a Arita. ¿Se resiste a mirarlo o, al contrario, lo evita porque le da miedo, porque sería una emoción demasiado fuerte? Por un momento, lo busca con los ojos, pero apenas lo ha visto, o quizás justo antes, es como si su mirada rebotara y se desviara de nuevo. No, no puede mirarle. Él se levanta y va hacia ella. Ella le da la espalda y luego se aleja. Da un paso más en la ruptura: empieza a mentir, a inventarse otra relación que ella habría empezado. 

Es así, mintiendo, como Mitsuko llega a la esquina desnuda de su habitación, a su ángulo muerto. Ahí está la pared que separa tu vida y la mía, decía una canción más (las canciones se las saben todas). Ahí está la pared que no deja que nos acerquemos. Pero aquí la pared no separa. La pared, si acaso, durante todo este tiempo, les ha achicado el espacio. El amor, durante un tiempo, expandió o desdibujó el espacio de la habitación y del mundo en el que vivían. Pero, a la larga, las paredes se tomaron su revancha y les robaron el aire. El decorado, paciente, taimado, se fue haciendo nítido y exiguo. Arita ha encontrado una vía de aire en la vendedora de periódicos. Mitsuko dice haber encontrado su propia vía de aire. Lo que hace, en realidad, es avanzar hacia un punto ciego sin horizonte, hacia una esquina sin salida. Afuera, en el bar cercano, un nuevo decorado y un hombre al que no ama la esperan. La obra ya la conoce de antemano. Sabe cómo interpretarla. Podría hacerlo con los ojos cerrados. En ojos cerrados, no entra decorado. Sí, mejor con los ojos cerrados. Y con el corazón ausente. ¡Qué risa!

(Wakare mo tanoshi, Mikio Naruse, episodio de Yottsu no kai no monogatari)

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