Un tonelero, toc toc, golpea con su mazo, toc toc, y gira el tonel con el pie, toc toc, y sigue golpeando, toc toc. ¡No hay quien, toc toc, aguante el ruido, toc toc! Sin embargo, toc toc, en la casa vecina, toc toc, una mujer y una niña, toc toc, se ponen a cantar al ritmo, toc toc, del martillo del tonelero, toc toc. Cantan una canción, toc toc, sobre un tonelero que trabaja, toc toc. Cantan una canción, toc toc, diciendo que el tonelero es un músico, toc toc. Y sonríen, toc toc. ¡Cuánto sonríen la mujer y, toc toc, la niña!
La mujer y la niña sonríen porque cantan. Porque les alegra cantar. Pero sonríen, también, porque saben que están haciendo un pequeño truco de magia. Están convirtiendo una cosa en otra. Están cogiendo el molesto ruido del tonelero y lo están convirtiendo en ritmo marchoso para una canción feliz. De eso va, en gran parte, esta película. De coger las cosas y mirarlas de otra manera. De mirar lo que está mal, o lo que no sirve, o lo que se va a tirar a la basura, y darse cuenta de que, en realidad, nada está mal, todo puede servir si se le da una vuelta. Es una película sobre descubrir que no hay que tirar las pieles de la patata sino cocinarlas aparte. ¡Y son muy nutritivas! Es una película sobre coger pequeños desechos y convertirlos en broches, canicas, botones o muñecas. Es una película contra el desperdicio. Es una película sobre el reciclaje. El reciclaje por necesidad pero, sobre todo, como dice la mujer que canta la canción del tonelero, porque es divertido.
A una pequeña ciudad llegan un hombre y sus dos hijas (una ya casada, con el marido en el frente, la otra todavía una niña). Llegan en una carreta, con un vendaval inesperado, un viento de los de entrar en el mundo mágico de los cuentos. El hombre, que tiene una cara muy redonda y bigotes en punta, viene dispuesto a abrir un negocio que consiste, básicamente, en arreglar cosas. ¿Para qué tirar lo estropeado si se puede arreglar o, al menos, convertirlo en otra cosa? Economía del reciclaje que es, también, sin que se diga claramente, una economía de guerra. No tirar nada, aprovechar lo que se tiene, ¡y siempre sonreír! Poco a poco vemos que no ha venido simplemente a arreglar cacharros. Ha venido, sobre todo, a arreglar la pequeña ciudad. Primero se pasea por la calle principal con un martillo en la mano y va haciendo un pequeño ajuste por aquí, otro pequeño ajuste por allá. Luego, se empieza a ocupar de las personas. Unas se convierten al instante a su moral del buen humor y el reciclaje. Otras se resisten.
Una de las maniobras para cambiar el pueblo es una pequeña fiesta en casa de los recién llegados. Es una fiesta para los niños, aunque también hay adultos. En esa fiesta, los niños, por turnos, cantan o actúan. Ahí hay, creo, otra lección: todo el mundo tiene que sentirse capaz de estar en el escenario, ante la mirada de los demás, y todo el mundo tiene que sentirse feliz de ser, a su vez, espectador del que está en el escenario. Una respiración entre ser el centro y ser la periferia, entre ser mirado y mirar, entre ser protagonista y ser secundario. Una respiración que es una forma de igualdad. Una igualdad que da a todos la ocasión de brillar y, también, de admirar el brillo ajeno. Toda fiesta es más divertida si no eres el único en divertirte.
Esta igualdad quiere ser una igualdad por lo alto. Una igualdad en la felicidad y en el sentimiento de las propias capacidades. Una igualdad, supongo, en el sentirse todos parte de la pequeña comunidad, y parte necesaria. Una igualdad, también, ahora que lo pienso, entre niños y adultos. Tienen que aprender los unos de los otros. La hija pequeña del convertidor reparador va por ahí dando consejos con un aire un poco de iluminada o de muñeca animada. Sobre todo, le enseña a otro niño que siempre hay una manera "positiva" de ver las cosas. Llegado el momento, le dirá que el lado bueno de estar enfermo es saber apreciar el estar sano. Es casi inquietante esa capacidad que tiene la niña para darle la vuelta a cualquier situación, para convertirla siempre en algo positivo. Porque, de alguna manera, se siente, quizás más que en los otros personajes, que hay algo de truco. La vemos hacer el esfuerzo de pensar para transfigurar, con una frase, la realidad. Y cuando el otro niño le pregunta el lado bueno de tal o tal cosa, lo espera como quien ve, precisamente, un truco en el que una carta se convierte en otra o un conejo sale de la chistera. ¿Admira la magia como magia o la magia como truco? Lo que está cambiando en el corazón de la gente, ¿es un cambio real o un truco que disimula un vacío?
La última ceremonia de conversión, que acaba por hacer de todo el pueblo una comunidad feliz, una comunidad transfigurada, idéntica a la que era y al mismo tiempo diferente, es una excursión a los alrededores, sobre los restos de un antiguo castillo. El reparador convertidor transforma la excursión en una especie de yincana. En una última lección sobre la importancia de estar atento y de ver el más allá de las cosas. Les habla de los tesoros que podría haber enterrados allí, en el lugar del antiguo castillo. Entonces, excava y encuentra un broche para el pelo que quería una de las vecinas. Luego, hace excavar en otro sitio y aparece el objeto deseado por otro vecino. Y así van, excavando la tierra, de objeto en objeto, de pequeño deseo en pequeño deseo. Y podemos pensar en un campamento de verano. En una de las múltiples actividades que hay que inventar para que los niños estén permanentemente activos y satisfechos. Y podemos pensar, también, que las gentes de la pequeña ciudad, guiados por el convertidor reparador, han vuelto a la infancia, sí, pero no a la infancia libre que descubre las cosas por sí misma y que se deja llevar por el juego propio, sino a la infancia canalizada por las actividades programadas. No descubren en cualquier cosa un posible objeto de juego, sino que descubren los tesoros que una mano adulta, previamente, había escondido. ¿Ese regreso a la infancia los ha hecho realmente felices o, más bien, los ha divertido por un rato? ¿Han despertado realmente a algo nuevo? ¿O han descubierto, tan solo, la diversión de una yincana? Quedan, es cierto, algunos cambios reales. Ante todo, una boda. Del resto, ¿qué quedará? Quizás, vistos los tiempos, el freír las pieles de patata. Y, ¿qué se llevan los visitantes? ¿Recordarán, siquiera, a sus amigos de unos días? ¿Qué puede quedarle al maestro de la yincana en la que él mismo trucó todos los tesoros?
(Tanoshiki kana jinsei, Mikio Naruse)
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