Es la historia de una metáfora. Una metáfora pequeñita: dos hombres que son como un par de sandalias. ¿Para qué sirve una sandalia sola? Para nada. ¿Para qué sirve uno de los dos hombres solo? Pues, como la sandalia sola: para nada. Es una metáfora va viniendo de a poco. Los primeros en pensarla somos nosotros, los espectadores. Es como si la película se hiciese la distraída mientras nos tiende una trampa. Nos da un par de piezas sueltas y nosotros, como nos creemos muy listos e independientes, las juntamos. Y nos sale la metáfora. Nos creemos, primero, que es nuestra. Nos creemos, luego, que es un secreto que tenemos los espectadores y la película, a espaldas de los personajes. Esta es, también, una película sobre eso: lo que pensamos o decimos de los otros cuando no están, a sus espaldas. Y si el mundo de la película es así, no íbamos a ser menos los espectadores. Pensamos a espaldas de los personajes cosas que quizás no nos atreveríamos a decirles a la cara. Qué fácil pensar mal de los personajes cuando somos espectadores, ¿verdad? Como no pueden oírnos…
Todo empieza con Aono y Ooki. Son dos empleados de mediana edad. La primera vez que los vemos están en un reservado, quizás de un restaurante. Están medio disfrazados. Juntos, cantan y ponen caras. ¿Se estarán divirtiendo? Bueno, esto es ambiguo. Quizás se estén divirtiendo un poco pero están, sobre todo, divirtiendo a su jefe y a un invitado de su jefe. Tras actuar, se sientan a beber con ellos. Aono y Ooki rivalizan por seguir siendo entretenidos. Uno quiere recitar, el otro quiere cantar. Al jefe lo que le hace gracia es esa rivalidad pueril. Antes, al actuar, Aono y Ooki estaban siendo graciosos a conciencia. Ahora están siendo graciosos sin darse cuenta. A nosotros, la verdad, también nos hace gracia esa rivalidad, como al jefe, pero nos da un poco de cosa esa gracia. Ahora que lo pienso, si no les hubiésemos visto actuar antes, quizás la escena nos haría más gracia y nos daría menos cosa. Pensaríamos: qué buenos estos actores, qué bien hacen de empleados serviles. Pero como los hemos visto actuar, como hemos visto a los personajes ser graciosos intencionadamente, es como si, al seguir con el numerito, al volverse este involuntario, los viésemos en un grado de realidad diferente, más cercano a la realidad. En cierto modo, nos gustaría que los personajes sólo fuesen graciosos a conciencia, porque les cogemos cariño y los queremos dignos, pero al mismo tiempo, ¿no les cogemos cariño porque precisamente, son graciosos y un poco ridículos? Cómo nos enredan las películas aprovechándose de nuestros afectos… ¿No se estará riendo la película de nosotros a nuestras espaldas?
Los dos empleados tienen, lo quieran o no, una dinámica de dúo cómico. Como el augusto y el carablanca en los payasos. Como el Gordo y el Flaco. Aunque aquí los dos son flacos y, aunque tienen sus diferencias físicas, no son muy diferentes en la personalidad. Son adultos intimidados, todavía un poco niños. Como si algo en su contexto laboral les hubiese impedido crecer del todo. Hay un momento en el que van a un balneario y juegan en el agua. Acaban chapoteando con los pies y sonríen los dos, juntos, felices de esa pequeña payasada, o niñería. Una payasada hecha para nadie, o para sí mismos. Una payasada sin espectadores, sin jerarquías. Porque la gracia también puede ser eso, una forma de igualdad. Ante el jefe, en cambio, rivalizan por ser el más amable, el más divertido, el más humillado. Cuando uno de ellos va a buscar más sake, el otro pretende aprovechar la ocasión para coger más protagonismo y seguir con la diversión, pero el jefe le interrumpe: no es gracioso cuando no está el otro. La gracia, para el jefe, la tienen los dos juntos. Es como si tuviese su dúo cómico particular. Y encima a precio económico porque, como son empleados suyos, y amedrentados por el miedo a perder el trabajo, lo hacen todo gratis.
Tras la primera velada que vemos, al volver a su casa, Ooki se encuentra con que ya sólo tiene una sandalia. Su mujer lavó las dos, las puso a secar, y un perro se llevó una. Ooki se enfada: ¡una sandalia sola no sirve para nada! Nosotros, claro, atamos cabos. Sumamos la frase del jefe y la frase de Ooki y los dos empleados se nos convierten en dos sandalias que no sirven por separado. La asociación es obvia y, al mismo tiempo, está lo suficientemente suelta como para que la cojamos con ganas, sin sentir que nos la imponen. A esas alturas, podemos pensar que es, simplemente, un detalle, una ocurrencia. Sin embargo, casi sin darnos cuenta, empezamos a jugar con la metáfora, empezamos a proyectarla sobre otras escenas, aunque no haya nada que haga alusión a ella. Al día siguiente, por ejemplo, el jefe manda a Ooki y Aono, tras la jornada de trabajo, a hacer unos encargos para su mujer. En un primero momento, por la rivalidad que hay entre los dos, Aono le ha dicho al jefe que Ooki probablemente no podrá, porque tiene dolor de cabeza, pero al momento ha aparecido Ooki sin dolor de cabeza, desmontando la mentira y adivinando la intención de Aono. Así que los dos, enojados, hacen juntos el camino a casa del jefe. Echan a andar por la calle y por turnos van acelerando. Acelera uno y se pone por delante. Acelera el otro y le adelanta. Y luego el otro, y el otro, y el otro… Al verlos, se puede pensar que sí, que son dos sandalias de un mismo par, o dos pies de un mismo cuerpo. Y podemos preguntarnos si lo que sucede cuando caminamos no será que nuestros dos pies están enojados y se empeñan en ir el uno por delante del otro. Primero el izquierdo, luego el derecho, luego el izquierdo, luego el derecho... ¡Una rivalidad incesante!
Más adelante, el detalle de la sandalia solitaria de Ooki se desdobla y se pone a rimar. O a caminar. (¿El rimar no será una forma de caminar?) Una noche, Aono llega a su casa y, hablando con sus hijas (tiene tres, muy sensatas), se entera de que una de sus dos sandalias está rota y pendiente de que la arregle alguien, quizás una vecina. El hijo, que es el más pequeño de la familia y al que le toca el rol del insensato, le propone una solución: salir a buscar un par de sandalias de otra persona y dar el cambiazo, cogiendo una buena y dejando la rota en su lugar. Lo único que le responden es: ¡no digas tonterías! Como quien dice: ¡no digas niñerías! Pero, ¿son niñerías? ¿El niño lo dice porque es muy niño o lo dice porque es muy espabilado? ¿No será que entiende muy bien cómo va el mundo? ¿No será que tiene madera de jefe de personal? O, incluso, ¡de jefe de empresa! Porque hay algo que se está fraguando por lo bajo, que asoma en comentarios de otros personajes: el jefe está a punto de vender la empresa, con la consiguiente reorganización de personal, con los consiguientes despidos y el consiguiente cambiazo entre empleados usados y empleados nuevos. Menuda niñería…
La metáfora, por ahora, ha ido por lo bajo. Los personajes, cuando hablan de sandalias, piensan en sandalias. No hacen conexiones. ¡Cómo va a ser un hombre lo mismo que una sandalia! Una sandalia es una sandalia. Un hombre es un hombre. Pero, un día, el jefe hace venir a su casa a Ooki y Aono. Es el cumpleaños de la hija del jefe y ellos tendrán que hacer un numerito. Uno de esos numeritos de disfrazarse, cantar y parecer muy ridículos. También le toca ir a ayudar, de camarera, a la hija mayor de Aono. Y entonces pasa algo, que sería enredado de contar ahora, por lo cual la hija le pide a Aono que, por una vez, no haga el numerito. Aono, que comprende el enredo, accede. Ooki se queda solo ensayando. Llega el jefe y le pregunta por Aono. Entonces, Ooki le dice que se tuvo que ir, porque se encontraba mal, pero que él puede hacer el numerito solo. El jefe se enfada. Le dice que no valen nada si no actúan los dos juntos. Le dice que por separado son como una sandalia suelta, que no vale para nada. Zas, la metáfora ha entrado en el mundo de los personajes. Cuidado con las metáforas. En metáfora podemos decir lo que no diríamos directamente, y hacerlo sin darnos cuenta de su alcance. En metáfora también podemos ver, como en un espejo, la realidad que no seríamos capaces de ver de frente. En metáfora, el jefe ha dicho el desprecio por sus dos empleados. En el espejo de la metáfora, los dos empleados han comprendido ese desprecio y su cotidiana humillación. Es toda una toma de conciencia, como en las películas metafóricas de los sesenta y los setenta.
Al día siguiente, Aono y Ooki salen de casa decididos a decirle cuatro verdades al jefe. Pero, antes de llegar a la oficina, todavía quedan por saldar las cuentas de las sandalias de verdad. Aono descubre a la entrada de su casa que tiene dos sandalias desparejas. Entendemos que el niño, finalmente, le ha dado el cambiazo a algún vecino. Aono las mira y las esconde en un mueblecito. Ooki, por su parte, decide deshacerse de su sandalia única. Sale a la calle con ella en la mano y, por dos veces, intenta, de extranjis, arrojarla al jardín de algún vecino, con la mala pata de que siempre hay alguien para devolvérsela o tirársela a la cabeza.
Una vez en la oficina, Aono y Ooki están los dos rumiando sus agravios, mientras el resto de los empleados hablan entre ellos muy serios de la venta inminente de la empresa y de la necesidad de resistir. Aono se levanta y va al despacho del jefe. Se acerca, decidido, al escritorio. Le dice sus verdades. Como no vemos el contraplano del jefe, intuimos lo que pasa: el jefe no está y lo que está haciendo Aono es ensayar en el despacho vacío. Entonces, entra Ooki. Los dos, juntos, se ponen a ensayar lo que van a decir. Tras ellos vemos la puerta del despacho y adivinamos que, tarde o temprano, va a aparecer por allí el jefe y los va a pillar in fraganti. Y es lo que pasa, claro. Aono y Ooki se amedrentan. Se ponen desaforadamente serviciales y luego salen del despacho. Pero allí se encuentran con la mirada de los otros empleados. Se miran el uno al otro. Lo que antes era emulación en la humillación se convierte en emulación en la dignidad. Deciden volver a entrar en el despacho y decirle al jefe sus cuatro verdades. Pensamos entonces: son como dos sandalias, si van juntos valen para mucho. La película no lo dice. No necesita hacer explícita la metáfora. Nos ha armado de sobra para que la hagamos nosotros. Aono y Ooki le cantan las cuarenta al jefe. Hay que verlos. Son al mismo tiempo dignos y cómicos. Nueva pirueta de la payasada: lo payaso no necesariamente impide lo digno. Los payasos pueden revelarse sin tener que renunciar a ser payasos. Y, de hecho, el movimiento de los payasos ha puesto en marcha al resto de los empleados, a los serios. Del otro lado de la puerta del despacho llegan sus gritos. Las sandalias tienen ahora todo un cuerpo con ellas. ¡A ver quién para ahora a la metáfora en marcha!
(Ore mo omae mo, Mikio Naruse)
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