viernes, 11 de septiembre de 2026

el efecto

Es un hombre corpulento. Difícil saber su edad. ¿Es mayor o es, más bien, uno de esos hombres que muy pronto empezaron a parecer mayores? Es, en cualquier caso, un señor. Señor de su casa. Señor del teatro que dirige. Señor de todo lo que se ponga por delante. Alguien que manda. Alguien que se impone. A menudo hemos visto su cabeza torcida, sus ojos entrecerrados, su expresión dura o calculadora, su paso lento. En este momento, sin embargo, no domina. Es dominado. Por la emoción. Y llora. 

Están en su casa. Junto a él está su hija. Y, frente a él, está otra mujer. Una mujer a la que él pidió un sacrificio, renunciar a un amor, como quien pide una muestra de carácter. La mujer está tocando el samisen y cantando. Hacía mucho tiempo que no hacía eso, cantar, tocar el samisen, actuar. Antes era una cantante reconocida pero desde hacía tiempo, desde el sacrificio que le pidió el señor, se dedicaba a coser,. Hoy, sin embargo, ante ese público de dos, el señor y su hija, la mujer canta, la mujer actúa. La música hace su efecto. El hombre llora. 

Aquellos que dedican su vida a tocar el corazón de la gente, decían en una película argentina. Era la frase de una pintora. Podría ser, desde luego, la frase de una cantante o de un actor. Y, también, en esta película, la frase de un empresario teatral. Porque a eso se dedica el señor corpulento. Produce obras de teatro y, contrariamente a los otros empresarios teatrales de su barrio de Osaka, lo hace, ante todo, para lograr un efecto en su público. En el tipo de público, precisa, al que no le interesa por lo general el teatro. Pretende producir un arte más importante que el arte. Un arte necesario. Un arte útil. Quiere ser, por así decir, un educador de las masas. No tocar el corazón de la gente en vano. Lo cual quiere decir, en un primer momento, que produce, con gran éxito, una obra de propaganda militar. 

El señor se toma muy en serio su labor educadora. Y esa labor destiñe en el resto de su vida. Va educando por ahí. Va tocando el corazón de la gente. Por ello, con intención educadora, trata con rudeza al joven actor de su obra, aunque sea su protegido. Por ello, también, quiere interrumpir los amores del actor con la cantante, para que este no se distraiga de su trabajo, para que no deje en ningún momento de practicar y mejorar. Hay, en esta película, un fervor por la idea de práctica. Por el arte como resultado de un trabajo constante. En la idea de dedicar su vida a tocar el corazón de la gente, la película pondría el acento en dedicar su vida. Se intuye que, en el mundo de la película, hace falta eso, dedicar la vida, ofrecerla en un altar, como un sacrificio, para que lo otro, el efecto, el tocar el corazón de la gente, suceda. 

El señor, a su manera, también sacrifica algo en el altar. Y, bien mirado, también actúa. El señor va por ahí provocando un efecto en los demás. Efecto en el público pero también efecto en los otros empresarios, en su protegido, en la cantante, y en cualquier persona que se le ponga a tiro. Con su ritmo lento y sus silencios, es una estrella de la vida cotidiana. (Fíjense, las estrellas, de la pantalla o de la vida cotidiana, a menudo se mueven y hablan más despacio que los demás. La estrella es un contrarritmo. Un contrarritmo que depende, claro, de un ritmo pre-existente que pueda contrariar.) Habla y, con sus ojos entrecerrados, su cabeza torcida, espía el efecto de sus palabras. ¿Habrá conseguido tocar el corazón ajeno? El problema es que, parece, sólo puede tocar el corazón ajeno hiriéndolo. 

El señor, durante gran parte de la película, va sembrando soledad a su alrededor. ¿De verdad no habría otra manera de actuar? ¿De verdad no hay otra manera de alcanzar un corazón? ¿No se emborrachará el señor, por momentos, con su arte de afectar, su arte de manipular? Cuando se ha probado eso, el lograr alcanzar el corazón de la gente, cuando se ha probado el sabor de la emoción ajena por uno mismo provocada, ¿no se necesita cada vez más? ¿No hay un vampirismo, una adicción, en ese hurgar en los corazones ajenos? Vampirismo del empresario, vampirismo del educador, vampirismo del artista.

La cantante, en otra escena, le dijo algo hermoso al señor. Iba a cantar para él, en una casa, y se puso el mismo traje ceremonial que usaba para la escena. El señor le dijo que no era necesario vestirse así. Y la mujer le dijo: este traje no me lo pongo para el público, sino para mí. El arte de la cantante es, en primer lugar, para sí misma. Pero no por egoísmo. Alcanza el corazón de la gente poniendo también su corazón, siendo alcanzada al mismo tiempo. Algo sucede en ella para que algo suceda en los que la escuchan. El efecto deja de ser una vía de sentido único. No hay nada que enseñar. No hay un dar y un tomar, un educar y un ser educado. Tampoco hay vampirismo. Hay un repentino corazón colectivo. En él, la sangre circula de ida y de vuelta. Y, al cabo, ni se sabe ni importa cuál es el sentido de ida, cuál el sentido de vuelta. 

(Shibaidô, Mikio Naruse)

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