domingo, 6 de septiembre de 2026

el esfuerzo

Es un hombre ante un espejo. El espejo, para él, no es algo en lo que mirarse. Es una superficie que limpiar. El hombre se llama Sugai. Es vendedor de un producto para limpiar espejos. Antes, fue corredor de bolsa, pero su empresa quebró. Tras un tiempo buscando algún trabajo mejor, aceptó este. Y le pone entusiasmo. Le pondría entusiasmo a cualquier trabajo. Lo necesita. Necesita el trabajo y necesita sentir el entusiasmo por el trabajo. Su mujer todavía es joven y hermosa, con esa belleza tranquila que da la bondad, pero está enferma. Cáncer de estómago. Tienen un hijo que por momentos se da cuenta de la gravedad de la situación y por momentos no. Sugai vende su producto, ante todo, en las barberías. Entra en ellas y explica las virtudes del producto mientras limpia los espejos. A la gente de las barberías les cae bien. Admiran el entusiasmo que le pone. Ahora ha ido a una barbería donde ya le conocen. Se nota que el barbero está dispuesto a comprarle un par de botellas. Sugai, de todas maneras, dice que primero limpiará el espejo. El barbero le dice que no hace falta. Sugai insiste. Lo comprendemos: necesita vender pero necesita, también, sentir físicamente que está trabajando. Se quita la chaqueta, prepara el producto y se mete la corbata entre dos botones de la camisa, para que no cuelgue mientras limpia. Mientras, el barbero le dice que tiene envidia de su alegría. Sugai responde que no es realmente alegre, que lo hace por su trabajo. Hablan entonces de la enfermedad de la mujer de Sugai. Luego, Sugai se gira hacia el espejo. Por un momento, el espejo hace lo que hacen los espejos: refleja la imagen de Sugai. Sugai se ve a sí mismo. Eso no está previsto en el trabajo. Por un breve momento, notamos todo su cansancio y su desamparo. Y él también lo nota. Entonces, con el trapo, empieza a frotar enérgicamente el producto sobre el espejo. Y el espejo, cubierto de blanco, deja de reflejar. 

Es, en realidad, una variación sobre una imagen clásica: un hombre se ve en un espejo y no soporta lo que ve. Un tópico, a estas alturas. El cine está lleno de objetos lanzados a los espejos para quebrar el reflejo de uno mismo, para quebrar la autoconciencia. La gracia, aquí, es que el espejo no aparece en la película porque sí, porque, en ese momento, hace falta que el personaje se vea. El espejo es parte del trabajo del personaje. Como en esas películas en las que un personaje es actor, o payaso, o algo así, y se tiene que maquillar o desmaquillar en el camerino. Pero hay otra vuelta de tuerca: el trabajo de Sugai no implica mirarse en el espejo. Implica, al contrario, tratarlo como superficie. Implica volverlo, por un momento, opaco. Así que ese breve momento en el que Sugai se ve en el espejo llega de manera inesperada. Para nosotros y para él. Vemos el abismo de desánimo en el que podría caer y el esfuerzo que hace para no caer, para seguir adelante. El reflejo y su borrado son una imagen, al mismo tiempo, de fragilidad y de esfuerzo. Como un hombre colgando en el vacío que, por un instante, piensa que podría dejarse caer, pero que enseguida se recompone y, a pura fuerza de brazos, vuelve al suelo firme, vuelve a su vida. 

Esta es una película, precisamente, sobre el esfuerzo. Esfuerzo, por una parte, de un instante supremo: poco después de esta escena, la mujer de Sugai muere y entendemos que se ha suicidado, sacrificándose por su marido y su hijo. La mujer era descendiente de samuráis y muere como tal. Esfuerzo, también, de toda una vida (de todos sus días y sus noches): Sugai trabaja y trabaja para sacar adelante a su hijo. De ser vendedor, pasa a trabajar en una fábrica y, allí, por azar, se pone en la pista de un posible invento, un nuevo material, a cuya investigación dedica las tardes y las noches tras el trabajo. Llegará a tener su propia fábrica y todo terminará con una ceremonia para celebrarlo. La película está hecha en tiempos de guerra y quiere dar como ejemplo ese esfuerzo: darlo todo por la madre muerta, darlo todo por Japón. Pero hay algo extraño en esa propaganda. El esfuerzo parece, a menudo, algo triste. O, como poco, melancólico. Una manera de no pensar, de no sentir, mientras el cuerpo del actor, su fragilidad, su aire ausente, su envejecimiento prematuro (por el maquillaje, pero ya antes del maquillaje), nos cuenta, a pesar de todo, el desgaste de la vida que va por dentro. El esfuerzo es lo que le mantiene en vida y, al mismo tiempo, es como esa capa de blanco frotada con energía en el espejo, algo que le permite no verse en el momento presente. El esfuerzo es, quizás, una tensión hacia el futuro (hacer del hijo "un hombre importante") que hace soportable, porque transitorio, lo inmediato. Por el camino, sin embargo, vamos viendo pequeños momentos de presente perdidos, pequeñas posibilidades frustradas de felicidad inmediata. Vemos, por ejemplo, la soledad del hijo. Vemos sus jóvenes amores y amistades interrumpidos por el rigor del padre o, simplemente, por no dejarse llevar. Extraña propaganda del esfuerzo esta que va dejando una sensación persistente de melancolía, incluso cuando, en los desfiles, apunta a la exaltación. Se podría imaginar ese tono en una película rodada tras una guerra, en una nación victoriosa, echando la vista atrás con la sensación de que todo el esfuerzo mereció, al fin y al cabo, la pena. Aquí, todo se fundamenta en una ausencia. Hay una causa en el pasado, para siempre perdida, y se ignora cualquier causa en el porvenir, cualquier futuro realmente feliz. Queda un vértigo: el esfuerzo que vale por sí mismo. ¿Para qué? Para sí mismo. Sí, claro, pero, ese esfuerzo, ¿no le acaba sirviendo, a pesar de todo, a alguien? ¿A quién?

(Haha wa shinazu, Mikio Naruse)

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