Es en un claro del bosque. El viento agita las luces y las sombras. Hay un hombre y una mujer. Están frente a frente, a distancia. No hay hostilidad entre ellos. Sí hay, sin embargo, tensión. Algo va a suceder. La cámara está en alto. De la mujer al hombre va una diagonal. El claro, de una manera imprecisa, hace pensar en un círculo. En un espacio delimitado para que, allí, dentro del círculo, suceda algo. Un escenario, quizás. O, también, un círculo de lucha. Un círculo para una lucha solemne, con reglas y tradición. Se piensa en un duelo. No es el plano en sí el que evoca eso. No sólo. Hay algo más. Hay todo lo que ha sucedido antes. Se llega a esta secuencia con la idea del duelo rondando la mente. Duelo a muerte, incluso. Duelo a muerte sin más armas que la música y el canto.
Al principio de la película, un joven, Kitahachi Onchi, cantor y bailarín noh, hijo de otro cantor y bailarín noh, oye hablar de un anciano masajista ciego, Sozan, que vive en una pequeña ciudad. Dicen de Sozan que es un inigualable maestro del canto noh. Dicen, también, que es un hombre cruel y temido en la pequeña ciudad. De paso por el lugar, Kitahachi decide ir a escucharle. Sozan acepta cantar para él. Arrogante, le dice que, después, podrá contar en Tokio que allí, en ese lugar de provincias, vive un maestro inigualable. Sozan se pone a cantar, convencido del poder de su voz y de su interpretación. Entonces, Kitahachi empieza a marcar un ritmo, golpeando la mano contra el muslo. Sozan intenta acoplarse al ritmo de Kitahachi pero no lo consigue. Le falla la respiración. Desfallece. Kitahachi, despectivo, se va. Más tarde aprendemos que Sozan, avergonzado, se ha suicidado. El padre de Kitahachi, al descubrir lo sucedido, expulsa a su hijo por haber forzado la muerte del anciano. Kitahachi, por orden de su padre, no podrá seguir en la compañía y tampoco podrá cantar noh ni actuar.
Esta historia de un joven que llega a una pequeña ciudad y que decide desafiar a un maestro temido, ¿no es acaso como esas películas del oeste en las que un joven pistolero decide labrar su fama matando a un pistolero más o menos legendario? (Y también entre los payadores los duelos pueden ser a vida o muerte, recuerden al mulato Taguada.) Más adelante, cuando Kitahachi se ha convertido en un cantante callejero, ¿no le desafía otro cantante callejero, Jirozo, por el control de una calle? Desafío en la taberna, que Kitahachi resuelve cantando en la calle y emocionando a Jirozo, recordándonos de paso, porque a esa altura podíamos haberlo olvidado, que el talento musical no sólo sirve para establecer supremacías sino, también, para emocionar y compartir el sentimiento. A partir de entonces, Kitahachi y Jirozo se vuelven amigos y cómplices en el arte de convertir la música callejera en ganancias económicas.
Andando el tiempo y las andanzas, Kitahachi acaba por contarle a Jirozo parte de su historia. Jirozo ya la conocía y la completa. Kitahachi descubre que él mismo se ha vuelto un cuento, o una leyenda. Que su nombre basta para evocar una de esas historias que van de boca en boca, pulidas y esenciales como piedra en el agua. Y descubre, también, que su cuento, a su vez, engendró otro cuento, el de la hija de Sozan, Osode. Es el cuento de una joven que los pescadores creyeron haber lapidado con conchas marinas. Es, también, el cuento de una joven geisha que es hermosa pero no sabe tocar el samisen. Nos damos cuenta, entonces, de que si el cuento de Kitahachi nació del cuento de Sozan, dándole final, a su vez el cuento de Kitahachi dio luz a otro cuento, el de Osode. Así viven los cuentos, naciendo los unos de los otros, pasando de nombre en nombre, de vida en vida.
Si Jirozo conoce la historia de Osode es, por un azar tremendo, un azar que no es de película sino de cuento o de leyenda. Resulta que él mismo, Jirozo, forma parte de la historia de Osode. Fue él quien la rescató tras la lapidación marina y la llevó al local de geishas de su hermana. Todavía no lo sabemos pero, en ese momento, al dar ese paso adelante hacia la coincidencia improbable, la película toma un camino que ya no abandona. Ante una coincidencia improbable puede haber, en una película, varias soluciones. Una sería la de atenuarla, hacer casi que se olvide, que se acepte como fallo menor pero necesario. Otra sería la de arrojarse, definitivamente, al mar de las coincidencias improbables. Volverlas necesarias. Volverlas, incluso, el corazón mismo del relato, su lógica secreta.
Jirozo anima a Kitahachi a buscar a Osode y a hacer algo por ella. Kitahachi la encuentra y decide ayudarla. Ella, como geisha, sufre por no saber tocar el samisen. Por más que lo intenta, es incapaz de aprender. Kitahachi, que tan bien toca el samisen, decide enseñarle otra cosa: la danza noh. Por la hija de Sozan romperá la prohibición de su padre y bailará, para que ella aprenda. Para ello, quedan los dos en ese claro del bosque que recuerda a un círculo de lucha. Durante siete días, se encuentran en ese lugar que las luces y las sombras vuelven casi irreal, fuera del tiempo y del espacio. Kitahachi le transmite los conocimientos que él, a su vez, recibió de su padre. Y, una vez más, se puede pensar en esas escenas en las que se transmite el saber sobre algún tipo de lucha (revólver, sable, artes marciales...). Pensamos entonces que los duelos, en las películas, casi siempre tienen algo de danza. Que los duelos, en las películas, están hechos de espacio (distancias) y de ritmo (lentitud y movimiento repentino). Kitahachi le transmite a Osode el arte de moverse en el círculo de la lucha, en el círculo que suspende el tiempo y el espacio. Le transmite algo con lo que ella, llegado el momento, podrá afrontar el peligro. A todos nos vendría bien, supongo, una habilidad así. Ser capaces, en unos gestos, de deslumbrar al otro. Tener la habilidad de llegar directos al corazón ajeno. Pero, esta vez, no con la bala o con la espada, sino con el baile o con el canto.
Una vez que Osode ha aprendido la danza, ya todo está listo para el final. Pero el final todavía tarda un poco en llegar. Hace falta que llegue de la manera más azarosa posible. Hace falta que los personajes, como las piezas de un juego, vuelvan a ser dispersados sobre el tablero. Tiene que reinar el desorden antes de que, uno a uno, los personajes se vayan moviendo hacia la figura final. Hasta que, en un mismo lugar, coincidan Osode, el padre de Kitahachi y su tío. Osode baila ante el padre la danza del hijo, la danza del clan familiar. Osode asombra al padre y al tío de Kitahachi. Mientras, atraído por el ritmo de la música, llega Kitahachi al lugar. Y allí, ¿quién está en la puerta? ¡Jirozo! Los dos antiguos cómplices en la vida callejera entran. Kitahachi une su voz a la de su padre y su tío, para acompañar la danza de Osode. Entonces sentimos que la leyenda ha alcanzado por fin su figura definitiva. Y recordamos que las leyendas, a veces, se convierten en constelaciones. Y entonces el desorden de las vidas, el desorden de las historias, queda inscrito, en una danza que ya no es humana, en el orden del firmamento.
(Uta-andon, Mikio Naruse)
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