martes, 1 de febrero de 2022

nueva ola


Al terminar la película pensé: pasan muchas cosas. Aquí no hay, creo, escenas muy largas. Hay una escena tras otra, cada escena añadiendo algo a la historia, ampliándola, modificándola. No sé cuánto tiempo pasa en la película. Me perdí un poco en las estaciones (cuando la veas me dices, seguro que se te da mejor la cuenta de las estaciones). Quizás sea un año, quizás sea un poco más. Sin embargo en ese tiempo, en ese año o en esos meses, pasa un tiempo mucho más amplio, el tiempo que va de un mundo antiguo a un mundo nuevo. Pasa un tiempo que se siente en todos las cosas que van sucediendo secuencia a secuencia y que se siente también en las actrices y en los actores, en cómo están caracterizados (el peinado, la barba, las canas que aparecen, la ropa que se refina o se desastra) y en cómo actúan (el cuerpo más firme o más pesado, la mirada más brillante o más velada). Hay un personaje, por ejemplo, ese que se ve al fondo en el tercer fotograma, que parece envejecer a marchas forzadas, como si en un año se le viniesen veinte años encima. Hay otros personajes, sus hijos, que de entrada son jóvenes pero que además parecen rejuvenecer según avanza la película, según se van liberando del mundo viejo (una liberación que consiste en ser más libres pero también en descubrir que son capaces de eso, de liberarse, en descubrir lo posible allí donde parecía mandar lo imposible). La primera vez que vemos a dos de esos jóvenes están sentados en el suelo en un interior oscuro, trabajando, apocados y, lo que es peor, puede parecer que albergan rencores hacia otro de los jóvenes, como si no hubiese alianza posible entre ellos.  Hacia el final de la película todos los jóvenes trabajan juntos, haciendo subir y caer entre todos una gran pieza de madera que rompe el suelo, entendemos que para poder construir allí la casa de una de las parejas que se han formado a lo largo de la película. Es un trabajo alegre que hacen cantando (la canción marca el ritmo de las subidas y bajadas de la gran pieza de madera) y que los hace parecer al mismo tiempo más juveniles y más adultos, como si antes les hubiesen sido negados tanto el juego como el verdadero trabajo. Para cuando llega ese momento luminoso ya sabemos que esa luz se construye a costa de un apagamiento, el del padre. Aquí nada luce sin  dar sombra a cambio y todo liberarse es liberarse de alguien. 
Pasan muchas cosas, parece que pasa un siglo, del XIX al XX, y esto se siente en ese hombre que envejece de pronto, en esos jóvenes que rejuvenecen, pero también, sobre todo, en esa mujer que vemos en los tres fotogramas y que es la protagonista, o que lo sería si esta película no estuviese hecha, creo, en contra de la idea de protagonista. Esa mujer es en parte la que inicia la ola que se va a llevar por delante al mundo viejo. A ella la vemos también rejuvenecer. Lo vemos y, además, lo comentan los personajes, porque esa cuestión de la edad que se tiene y de la edad que se aparenta les importa. En realidad en ese envejecer o rejuvenecer se leen los unos a los otros, sobre esas apariencias se construyen los rumores que circulan, que en este caso casi siempre tienen una parte de verdad (se adivinan amores escondidos y pobrezas también ocultadas). Che bella sei, sembri più giovane, o forse sei, solo più simpática. Ella rejuvenece y eso se siente en una cierta dureza que parece perder. 
En la película, dije, pasan muchas cosas y pasa, subterráneo, mucho tiempo, y gracias a eso vemos el rejuvenecimiento de la mujer pero vemos también como le sigue un nuevo envejecimiento, como si ella, que inicia una ola que cambia el pequeño mundo en el que vive, fuese también como una ola, con su subida que puede arrastrar lo que pilla a su paso pero también con su bajada que viene a morir en la orilla o quizás incluso antes de la orilla, dejando su lugar a otras olas nuevas que también pasan y algún día morirán a su vez en la orilla. En el tercer fotograma la mujer ha perdido el brillo del segundo momento pero también la dureza del primero. Es un momento de pura debilidad. Ante esa debilidad el personaje no puede por sí mismo recuperar el brillo, esa fuerza que parecía venir sin esfuerzo, pero sí puede recuperar la dureza, la fuerza que venía con esfuerzo. La historia de su brillo ha ido creando ondas, ha dado lugar a otros brillos y a algunas oscuridades. En la película pasan muchas cosas para que pueda pasar eso, que a partir de su historia vayan entretejiéndose otras historias, hasta el punto de que por momentos podamos sentirla secundaria, adivinar su realidad de actriz secundaria, pero esencial, en las historias de otros, en las vidas de otros. La historia de su brillo es casi desde el principio una historia dedicada a hacer nacer otra historia, el matrimonio de otros personajes, y parece que su propia felicidad vaya sucediendo en los márgenes de esas historias ajenas a las que tanto ayuda (y hay algo bonito en pensar que quizás ese amor con futuro de los jóvenes se inició como excusa para el amor sin futuro de los más mayores, para que estos pudiesen verse, para que tuviesen algo que hacer juntos, a veces lo que se hace como excusa es lo que de veras perdura). Al entretejerse las historias unas con otras llega un momento en el que hay algo imprevisible en la película, no podemos saber con certeza qué personajes aparecerán en la secuencia siguiente, cual de todas las historias se convertirá por un momento en la historia central. Y sin embargo todo vuelve a ella, a su cuerpo, a su rostro que cambia, a la historia de su fuerza, vemos todo un mundo pero también la vemos a ella avanzando en ese mundo, como si esa pudiese ser la única distancia justa, la que consigue ser al mismo tiempo amplia y muy cercana, la que nos puede mostrar a una mujer al mismo tiempo entretejida y solitaria.
(Nubes de verano, Mikio Naruse)

No hay comentarios:

Publicar un comentario