miércoles, 3 de julio de 2019

la herencia de la escalera

Es una escalera de una casa de vecinos, hay una chica sentada en un escalón, sombrero blanco, ukelele en las piernas, y un chico con gorra apoyado del otro lado de la barandilla, se acaban de conocer esa misma noche, en un lugar tipo parque de atracciones, y se han hablado mal, fatal, y ahora ya vemos que están enamorados, están en la escalera que lleva al piso donde vive ella con su hermano, un hermano con mal genio e ideas bien cerradas, un tipo al que veremos poco, apenas una escena, porque Borzage pasa rápido por lo que no le interesa, se toma esas libertades, y no es tan fácil que uno acierte a interesarse sólo por lo que le interesa, hace falta seguridad, o fe, o algo de eso, el caso es que pasará rápido por el hermano para poder pasar lento por otros momentos, por ejemplo este, una chica y un chico enamorados sin acertar a decírselo, despidiéndose sin acabar de separarse, pasan y pasan los minutos, es increíble, pasan siete minutos ahí, con ese amor recién nacido, aunque no es sólo eso lo que vemos, también vemos y oímos otras cosas, si os fijáis veréis que al fondo a la derecha hay una mujer, está hablando al teléfono, la chica le explica al chico que la madre de esa mujer lleva mucho tiempo enferma, y durante un tiempo la chica y el chico van a preocuparse por la mujer, que cuelga el teléfono y pasa lenta entre ellos, que les dice que no necesita nada y ellos comprenden y nosotros también que la madre ha muerto, ese preocuparse juntos por la mujer también es parte del amor que está naciendo entre ellos, claro, se están queriendo en el mundo, se están queriendo en el cuidado, y lo que sucede es que esa escalera se vuelve, durante esos minutos, algo así como el mundo entero, la imagen del mundo, sabremos que en otro piso ha nacido un bebé, oiremos a una mujer gritarle a su marido que baja, diciéndole que sobre todo no traiga cierto tipo de queso, que huele fatal, y el marido traerá justo ese queso, claro, y es como si estuviese toda una vida allí en ese edificio, en esa escalera, toda una vida con el nacimiento y la muerte y también la pobreza, la infelicidad y la vida cotidiana con su queso que huele mal y también la ruptura de la vida cotidiana, ese amor que nace entre la chica y el chico, nacimiento y muerte, infelicidad y felicidad, esa escalera es el mundo en el que ellos viven y se quieren y es un mundo hecho también de tiempo y de pasado, es un mundo en el que viven y un mundo que heredan, heredan pobreza y heredan tristeza y por mucho que se quieran no va a ser tan fácil vivir con esa herencia, con esos miedos que vienen de antes, van a necesitar tiempo más tiempo para hablarse veras que para casarse, para que el querer cuidarse el uno al otro no se convierta en una suma de secretos y de torpezas, para hacer que comunicando se espanten el uno al otro los miedos, para no callar y así multiplicar el miedo propio con el miedo del otro, y quizás todo esté ya en esta escena en la escalera, pero no basta que todo esté ya ahí, hasta la evidencia lleva su tiempo, hasta la evidencia se aprende, si es que llega a aprenderse, así que la película seguirá, de escalera en escalera, de casa en casa, de miedo en miedo, de secreto en secreto, demorándose, insistiendo, volviendo a empezar una y otra vez la belleza y los errores del amor, hasta que las cosas se vuelvan, al menos por un momento, sencillas, hasta que sintamos que quizás ahora sí están juntos, que al fin, más allá del matrimonio, llegaron el uno al otro. 
(Bad Girl, Frank Borzage)

jueves, 6 de junio de 2019

crueles las olas


Y en realidad yo no sé qué tan lindo será vivir al borde del mar, porque están las olas, son lindas las olas pero van y vienen y nunca se paran y uno puede dejar de mirarlas, eso es fácil, pero otra cosa es dejar de oírlas, puede ser que estén ahí en el oído día y noche, puede ser que siempre estén ahí de fondo, ahí entre medias, porque el sonido no está de fondo, el sonido está entre medias, el sonido se nos cuela en el cuerpo, y si os fijáis aquí oiréis las olas que se cuelan insistentes como el deseo, que se cuelan poniendo de los nervios, las olas son como punzadas, la cámara va una y otra vez a las manos sobre el perro, la cámara va una y otra vez hasta el chico y la chica, como si la cámara una y otra vez tuviese que hacer eso, ir desde lejos y romper contra el plano, ir y romper contra el punto en el que algo está pasando, como si nunca fuese suficiente, vuelta y vuelta a empezar, no puede haber ola final, y la escena, además, es cruel, hay algo que tensa y tensa al chico, y en realidad en toda la película hay algo cruel, es la historia de una mujer que no entiende que su hijo quiera dejar de vivir con ella, o es la historia de su hijo, o es la historia de esa cosa tensa que hay entre los dos, la historia de una tensión, que es algo que en realidad no tiene historia, es algo que se tensa y se relaja, se tensa y se relaja, quizás un día se rompa, quizás no, es una historia de esas en las que los personajes hacen cosas que preferiríamos que no hicieran, hacen cosas testarudas y cosas malas y se ponen en ridículo y ponen de los nervios a la persona que no quieren que se aleje, y acercarse a alguien es como el acercarse de las olas, acercarse hasta romper y vuelta a empezar, es una historia en la que convivir es como vivir con el sonido de las olas, es vivir con algo que siempre está ahí, que se cuela en cada instante de la vida, es el piso compartido de una sola habitación, es una ciudad en la que todo lo que haces se acaba sabiendo, es una vida vigilada y vigilante, no siempre fea, no siempre triste, pero siempre algo tensa, esperando el alto o el bajo de una ola, y la película termina así, en algo que no es principio ni fin, en algo que es un alto o un bajo de la ola, sin que sepamos muy bien si es alto o bajo.
(Los largos adioses, Kira Muratova)

sábado, 23 de marzo de 2019

el suspense de la memoria



Arriba hay una niña y un niño intentando romper una rama, abajo hay una mujer y un hombre intentando romper otra rama, entre una imagen y otra para nosotros han pasado unos cuarenta y cinco minutos, para los personajes han pasado diez años, son hermana y hermano, les han pasado muchas cosas, algunas que hemos visto, otras que no pero que imaginamos, y entre un momento y otro se podría decir que la hermana, Anju, sigue siendo la misma, más mayor pero la misma, y el hermano, Shuzio, ha cambiado mucho, es como si fuese otra persona, y no es sólo cosa de la edad, todo su carácter y su visión del mundo han cambiado, es un personaje que cambia varias veces y cada vez cambia todo, la manera de moverse, la manera de hablar, la manera de ser y de tratar a los demás, Shuzio es muy él y sus circunstancias, y las circunstancias en la imagen de arriba son la libertad y en la imagen de abajo son la esclavitud, y sin embargo hay cosas que no cambian, para romper la rama necesitan hacerlo entre los dos, porque uno solo no puede, y de nuevo se van a caer al suelo, y Anju va a recordar cuando hace diez años también arrancaron la rama y también se cayeron, y nosotros también lo vamos a recordar, claro, pero en realidad empezamos a recordarlo antes de que se caigan, antes de que lo recuerde Anju, antes siquiera de que se pongan los dos a tirar de la rama, lo recordamos desde el momento mismo en el que vemos el arbolito, y quizás no sepamos por qué lo recordamos, o quizás sí, puede ser que lo recordemos por el lugar de la cámara, por ese encuadre tan bello y al mismo tiempo tan extraño, desde arriba y en diagonal, nosotros casi nunca vemos las cosas así por la vida, no ya como si estuviéramos subidos a un árbol, sino por encima del árbol mismo, por encima de cualquier lugar sólido del espacio que nos rodea, desde el aire, desde un lugar al que sólo se pueden subir una cámara y su técnica, un lugar singular, que no es el del ojo humano pero que quizás sí sea el ojo de la memoria, puede ser que las cosas que de veras recordamos las hayamos visto y vivido como con un ojo no humano, puede ser que las cosas que de veras recordamos las hayamos sentido en el momento de vivirlas como vistas así, desde arriba, momentos en los que de veras sentimos que estábamos ahí, en la tierra, en el mundo, o quizás sea simplemente que el arte del cineasta también es el arte de crear recuerdos, de crear memoria, y es emocionante que el recuerdo que crea Mizoguchi, hermano y hermana tirando de la rama y cayéndose, al reaparecer diez años más tarde nos venga a la memoria antes de que se dé la imagen completa, antes de que los dos personajes caigan y recuerden, es lindo que haya un suspense, nosotros ya hemos recordado y sentimos que ellos podrían recordar, queremos que recuerden, pero no sabemos si eso va a pasar, no sabemos si la imagen del pasado se va a reformar por completo o si no habrá nada más que esa intuición que nos da un arbolito encuadrado desde arriba, y la emoción de la escena viene también de cómo se van sumando elementos a la imagen del presente, cómo van sumándose elementos que estaban en la imagen del pasado, como si estuviésemos jugando no a las siete diferencias sino a los siete parecidos, y ese suspense de la memoria no es sólo una rima, es algo más, porque lo que está en juego es la memoria del propio Shuzio, es saber si Shuzio, como Anju y como nosotros, también va a recordar y, al recordar, si va a cambiar, si va a volver a su ser, porque en realidad Shuzio ha cambiado y se ha adaptado a sus circunstancias a costa de olvidar de dónde viene y quién fue, para Shuzio sobrevivir es olvidar, y al caer le empieza a pasar algo, algo que todavía no vemos, algo que todavía no dice, que quizás todavía no sabe que le está pasando, al caer Shuzio va a empezar a recordar y a cambiar, quizás esta sea también una película sobre la memoria, hay un objeto, un amuleto, que va apareciendo de principio a fin y que es la memoria de Shuzio, es su identidad, cuando no quiere ser el que fue intenta deshacerse de él, cuando quiere ser reconocido como el que era entrega el amuleto a los que le tienen que reconocer, es increíble la cantidad de cosas que vemos, que comprendemos, que tememos y que deseamos siguiendo el itinerario de ese objeto, en la imagen de arriba lo lleva al cuello, en la imagen de abajo no, y va a pasar que al recordar quién es ese amuleto va a volver a él, le va a ayudar a ser reconocido por los otros y a reconocerse a sí mismo, pero por ahora dejemos a los dos ahí, tirando de la rama por segunda vez, dejemos a la memoria el tiempo de formarse, no adelantemos el suspense del reconocimiento, porque la emoción está en que las cosas sucedan, pero también en darles el tiempo para ser deseadas, para verlas venir.
(El intendente Sansho, Kenji Mizoguchi)

domingo, 3 de marzo de 2019

un fuego



Allí al fondo hay un fuego, es un lugar que arde, aquí delante hay un hombre de espaldas, por la manera de vestir se diría que tiene dinero o poder, o poder y dinero, el fuego está al mismo tiempo muy lejos y muy cerca, lo suficientemente cerca para verlo, lo suficientemente lejos para ser simplemente un fuego, la idea de un fuego, y quizás la película vaya también de esas distancias, cosas, personas y lugares que no están tan lejos pero que sin embargo están más allá de lo posible, porque hay poder y hay cercas y hay crueldad, porque hay clases y leyes escritas y leyes no escritas, pero a pesar de esas distancias es todo el mismo mundo, desde una ventana se puede ver que lo lejano no está tan lejos, y que todo sea el mismo mundo y al mismo tiempo haya esas distancias es algo que da ganas de gritar, y hay quien grita, da ganas de morirse, y hay quien se mata, da ganas de quemarlo todo, y hay quien quema, y aunque las distancias a veces parece que se rompen, a menudo para caer, a veces para subir, aunque entre el hombre que mira por la ventana y el fuego haya en realidad menos distancia de la que parece, no se sabe bien qué puede ese fuego, si de veras puede ser algo más que una casa ardiendo, si esa casa no será reconstruida, si no será como cuando el Quijote anda liberando a muchachos azotados, aunque claro, ese mundo ya no es el nuestro, ya no es tampoco el del cineasta, está la distancia del tiempo, y algo han podido algunos fuegos, pero mucho pueden todavía las distancias y la crueldad, así que en realidad tampoco es tan lejano el tiempo de ese hombre y de ese fuego, es el mismo mundo que fue y que sigue, algo así se siente al final, en una playa perdida, la sensación de que el mundo existe y es esa playa y ese tiempo y también ahora y un cine y el mundo entero y todos los tiempos. 
(El intendente Sansho, Kenji Mizoguchi)

domingo, 24 de febrero de 2019

de las cerezas

Ahí hay un oficial comiendo cerezas, no lo podéis saber pero es un oficial ruso, aunque luego en la película él y todos los demás hablan italiano, porque es una película italiana de los cuarenta. No podéis adivinar mucho, imagino. No podéis adivinar que la escena es al amanecer y que el oficial está en pleno duelo. Ha hecho ya su disparo, le tocó el primero, y ha disparado al aire, sin intención de herir a su adversario. Y ahora come cerezas, como despreocupado, quizás arrogante, como siempre ha sido hasta ahora. Come cerezas mientras el adversario, que hasta el día anterior era su amigo, y que es un tirador infalible, le apunta. Y al tirador infalible, claro, le va a costar disparar contra un hombre que en el momento de morir come cerezas. Y todo esto primero fue un cuento de Pushkin, y en el cuento de Pushkin la escena era, en parte, así: 

Decidimos echarlo a suertes: el primer número le tocó al eterno favorito de la fortuna. Apuntó y me atravesó la gorra. Me tocaba a mí. Por fin su vida estaba entre mis manos; yo lo miraba con avidez esforzándome por captar siquiera una sombra de inquietud... Él estaba delante de mi pistola eligiendo en la gorra las cerezas maduras y escupiendo los huesos que volaban hasta mí. Su impasibilidad me enloqueció. "¿Qué gano yo, pensé, con quitarle la vida, si a él no le importa nada perderla?" Una idea maléfica cruzó mi mente. Bajé el arma. 

Y lo que quería decir es que esta imagen, un hombre comiendo cerezas en el momento en el que alguien va a disparar contra él, es tan perfecta que casi no hace falta ni cuento ni película, y sin embargo sí, hace falta, cuanto más cuento, cuanta más película, mejor. La película, en realidad, desenrolla el texto, lo enriquece, transforma las relaciones entre los personajes y también las relaciones entre el personaje que cuenta la historia y el narrador del cuento mismo, y todo se vuelve, creo, bastante más interesante. En común entre el cuento y la película está la imagen de las cerezas y también lo que va a pasar justo después, el tirador que baja la pistola y que le dice al hombre que come cerezas que no le puede matar en ese momento, que se reserva el disparo para el día en que el otro sea tan feliz que le tema a la muerte. Pero con lo que cuenta el cuento no habría dado para una hora y media de historia, así que había que desarrollarlo, y en este caso es una suerte que las películas tengan que ser así de largas, que haya que inventar alrededor de una idea, que no se puedan quedar en anécdota, que haya que inventarles amistades y amores a los personajes, entrelazarlos lo más posible. 

Aunque también es cierto que si leí el cuento de Pushkin fue porque la película me gustó y no me gustó (si me permitís hablar de gustos, no tengo ganas de ponerme complicado, esto es como si estuviese hablando con una mezcla de ganas y de desgana, esperando que luego me dijeseis algo mucho más interesante de lo que yo digo) y sobre todo el final, así que busqué el cuento para ver si es que se habían inventado una felicidad no muy interesante (hay felicidades interesantes, eh) y en cierto modo sí pero no, lo que pasaba es que el cuento era tan breve que no daba tiempo para desarrollar nada, así que la película se había inventado a un tercer personaje, una mujer, y todo giraba alrededor de ella, como si la historia pasase de anécdota tejida alrededor de la imagen de las cerezas a historia tejida alrededor de eso mismo en el momento en el que los personajes pasaban de ser dos a ser tres y pasaban de simplemente irritarse a irritarse pero también quererse. Lo que quiero decir es que tiene su aquel el ver esa imagen desplegarse como una flor de esas de papel en el agua, pasar de la imagen al cuento, que es apenas anécdota, y luego de la anécdota a la película, que es ya una historia, y que ese desplegarse es la ocasión de ver hacerse eso que no tantas veces se ve, cómo una imagen o una idea primera se acaban desplegando y complicando hasta ser historia, hasta ser sensación de estar entre medias de un mundo o entre medias de la tela que tejen y destejen entre ellos unos personajes. No sé si se me entiende. No sé si puede importarle a alguien, pero tengo la sensación de asistir a eso, a los "y si", ("y si el otro no dispara", "y si eran amigos", "y si la felicidad la encuentran los dos con la misma mujer", "y si esa mujer provoca el duelo pretendiendo provocar lo contrario", "y si llegado el momento él no dispara"...), que Pushkin y luego los guionistas han ido añadiendo, ampliando alrededor del instante. 

También es cierto, por seguir hablando de gustos, qué más da, que la película tiene algo tan bien escrito y entretejido (salvo el final, ay, el final) y tan bien puesto en imágenes (¡qué bosques! ¡qué billares! ¡y también el principio!) que es extraño que al mismo tiempo todo dé un poco igual, o quizás no sea extraño, quizás sea de lo más sencillo. Sucede, creo, que de los tres personajes hay al menos dos interpretados por una actriz y un actor que actúan como figurillas de reloj, como autómatas de la arrogancia despreocupada y de la coquetería también despreocupada, y es extraño, es casi como estar viendo una película hecha con marionetas, no con seres de carne y hueso, pero al mismo tiempo son seres de carne y hueso, aunque se puede tener la tentación de buscar en la espalda si se encuentra la llave con la que darles cuerda. Por momentos uno tiene la sensación de estar viendo una adaptación del cuento aquel de Hoffman con la chica autómata. Sucede que el guión hábilmente pasó de la historia de un ser a la historia de tres seres y luego la dirección de actores fue reduciéndola a algo así como la historia de un ser y medio. Y quizás el placer extraño sea ese, el poder ver una película como en piezas separadas, aquí la historia, aquí las imágenes, aquí los actores, y como dando ganas de reordenar esas piezas, de combinarlas de otra manera, de modificar esto de aquí pero no lo de allá, y si he escrito tanto teniendo tan poco que decir quizás sea porque me quedan las ganas de ver esa otra película que imagino, una película interpretada de otra manera, pero filmada y contada como esta, aunque con un final en parte diferente (oh, si se hizo tarde se hizo tarde, no demos vuelta atrás, encontremos la felicidad de otra manera, en no vivir ya con ese disparo pendiente, pero sin pedir que lo que ha sido ya no sea), un remake que me hago en mi cabeza y que sería imposible sacar de veras de ahí, una película que fuese al mismo tiempo la misma y otra, ya ven que todo esto soy yo que hablo un poco solo en vuestra presencia (y en realidad habría más cosas que decir de la película, más hallazgos,) pero no sé, quería decirlo un poco, a alguien, a cualquiera, a veces imaginamos pelis y las hacemos, a veces simplemente contamos que las hemos imaginado. 

(Un colpo di pistola, Renato Castellani)

viernes, 15 de febrero de 2019

maestros ignorantes



Hay un adulto y un niño y entre los dos todo un mundo, un mundo pequeño, un mundo que se puede llevar a mano, resulta que están en una especie de clase particular, al adulto, al joven adulto, que también es un poco estudiante todavía, está haciendo su tesis de medicina, le han liado para que ayude con los deberes al niño, que tiene que pronto tenrá que pasar exámenes para entrar en el instituto, y no sé si adivinaréis de qué es la clase que están dando, yo así a bote pronto diría geografía, soy así de simple, veo una bola del mundo y dos personas mirándola y pienso que la cosa va de geografía, pero no, para adivinar la verdad aquí siempre hay que mirar las cosas de manera un poco indirecta, si os fijáis bien podéis ver las manos de él haciendo algo sobre el mundo, algo así como medir una zona, y quizás entonces pensemos que la materia es otra, y así es, se trata de áreas y de proporciones, cuanto de tierra, cuanto de agua, pero según criterios matemáticos, hay que encontrar el resultado a partir de números, en realidad la bola del mundo está de más, la bola del mundo es la mejor manera de despistarse y no acertar a resolver el problema, pero al niño se le ocurre traerla y al profe le parece muy buena idea, al profe le va a parecer buena idea todo lo que le permita disimular que él, en realidad, no tiene ni idea, en esta película los adultos nunca saben cómo resolver los problemas matemáticos que otros adultos les ponen a los niños, qué cosa rara es toda esta matemática que nos hacen aprender y que luego muchos olvidamos, hubo un tiempo en el que sabíamos matemáticas, vaya uno a saber a dónde van a parar esos saberes, qué lugar perdido de la memoria, el caso es que tiene que venir otro niño a enseñar la manera de resolverlo, una manera matemática, una manera sin bola del mundo, y el profesor ignorante lo único que puede hacer es dejar que los niños se den clase entre ellos y disimular si entra otro adulto en la habitación, en realidad en esta película crecer parece la garantía de saber cada vez menos, lo parece casi hasta el final, los niños se ríen de los adultos, qué tontos son, si son tan tontos y aún así se las apañan en la vida entonces no hay por qué tener miedo del porvenir, lo único que hay que aprender es el arte de disimular, los adultos ocultan que no saben nada de matemáticas, los niños ocultan sus juegos, un hombre oculta que no quiere jugar al golf, una chica oculta que fuma, todo el mundo oculta algo, son de una manera y de pronto entra alguien en la habitación y se ponen a ser de otra manera y hay un personaje, una mujer que no es madre pero que es como la madre total, que todo lo vigila y todo lo ordena y nada escucha y todos los demás personajes tienen que estar haciendo las cosas  a escondidas y tejiendo alianzas del disimulo, es agobiante pensar que las cosas no se pueden solucionar, que sólo se pueden rectificar con astucias cada vez más precarias, es agobiante sentir que todo está vigilado, hay ahí como un problema matemático que nadie consigue resolver, quizás sea porque no lo están tomando por el lado adecuado, quizás sea porque piensan que el problema es de geografía cuando en realidad es de matemáticas, quizás crean que con las astucias de plantar las manos sobre la bola del mundo se puede evitar pasar por ecuaciones y demás, pero esas astucias son en realidad un poco cutres y dan soluciones cutres, soluciones que como mucho valen para ir saliendo del paso hasta que todo se desmorona y entonces, de pronto, llega una solución que no es un apaño, al fin algo cambia de verdad y ese cambio llega por una vía inesperada, una vía que nadie veía venir, llega con una bofetada, una problemática bofetada que todo lo cambia y de la que al mismo tiempo el personaje que la da dice que es una equivocación, y entonces surge lo extraño de pensar que algo es al mismo tiempo un error y una solución, y que por ser una cosa no deja de ser también la otra, qué raras son las matemáticas estas, luego un personaje hablará de que en el matrimonio hace falta algo así como "aproximación inversa" y no sabremos si la bofetada era "aproximación inversa" o lo contrario, o lo inverso de lo contrario, no sabremos en realidad qué es de veras lo que ha pasado, será tan raro como oír las explicaciones matemáticas entre los niños, y también veremos entonces cosas que quizás sean "aproximaciones inversas", veremos que va a haber un matrimonio que no veíamos venir, se nos anunciará una despedida que no veremos, todo habrá pasado ya, mientras mirábamos la bola del mundo los problemas, por su cuenta, se han arreglado, mientras parecía que los personajes los iban complicando pero en realidad los iban solucionando esos falsos ignorantes, eso personajes que parecían estar haciendo travesuras, que parecían niños a los que hay que ayudar con los deberes, pero a los que en realidad había que dejar el tiempo y el espacio para que ellos solos encontrasen la solución y nos dejasen desconcertados, nos dejasen preguntándonos qué es lo que de veras ha pasado, cómo funciona esa solución que han encontrado, mientras ellos, triunfales, cómicos, van a lo suyo, van a la habitación, van al amor.
(¿Qué olvidó la señora?, Yasujiro Ozu)

domingo, 30 de diciembre de 2018

el baile del ideograma


Eso que veis ahí, en sombras chinescas, quizás lo podáis adivinar, son una pierna y un abanico, y también son, se supone que son, la segunda parte del ideograma que significa "pan", la cosa es un poco retorcida, detrás de esa ventana viven cinco (o quizás, seis, me cuesta contarlos) estudiantes universitario en plena víspera de un examen final, y lo que quieren hacer es pedirle pan a la chica que trabaja en la tienda de enfrente, así que no gritan, sino que la llaman con un disparo de una pistola de mentira y, cuando ella se asoma, en vez de decirle "pan" cierran las ventanas y hacen, con dos brazos y un aro, la primera parte del ideograma "pan", y luego, con la pierna y el abanico, la segunda parte con la pierna y el abanico, todo prefieren hacerlo así, complicado y gracioso, cuando caminan por la calle van todos cogidos del brazo y andan con un paso que más parece baile que caminar, un paso de lo más complicado, porque no hay razón para hacer las cosas simples cuando se pueden hacer complicadas, complicadas y con gracia, algo así debe de pensar también el cineasta, que no cuenta casi nada y tarda mucho en contarlo, toma todos los desvíos graciosos que puede, la historia es que uno de los cinco (o seis) chicos suspenderá el examen, y eso que tienen un plan perfecto para copiar, un plan que incluye una chuleta escrita en la espalda de una camisa, como van con chaqueta se disimula y pueden levantar para que lea el de detrás, la gracia de esa chuleta es que el que la lleva no puede leerla, porque está a su espalda, así que depende de los otros que también copian, sin la ayuda de los otros no puede aprovecharse del riesgo que corre, si él no ayuda a los otros los otros no le pueden ayudar a él, si hay chuleta tiene que ser colectiva, como el caminar por la calle todos cogidos del brazo, hay que ver también cómo hacen circular la información por el aula, hasta el profe que vigila sirve para, sin él saberlo, hacer que viajen las respuestas, por eso es triste que uno de ellos no apruebe, eran todos para uno y uno para todos, dormían muy pegados todos en la misma habitación, los cinco juntos era un ideograma, los cinco juntos era un sentido, hacían coreografías que quizás se las habían inventado o quizás las habrían visto en el cine, pretendían vivir como si el mundo fuese un musical y el mejor camino para llegar de un punto a otro fuese un camino complicadamente bailado, la juventud es un musical, la juventud es vivir haciendo piña, haciendo ideograma, y eso es algo que quizás se tenga que acabar tarde o temprano, aprobar es también eso, aprobar es empezar a perder el musical, al final de la película adivinamos algo de eso, sólo el que no aprobó sigue estudiando, sigue bailando, sigue teniendo tiempo para la complicación, o quizás fuese otra la historia, no sé, quizás fuese la historia de ese chico y de la chica de la panadería, claro, ella también es linda, ella también es complicada, ella también es indirecta, los dos juntos tienen la gracia de las cosas a escondidas, quizás fuese esa la historia, un pedacito de ideograma separándose, juntándose con otro pedacito, los dos formando un nuevo ideograma, una nueva unidad de gracia y de sentido, como si no se pudiese ser, ay, parte de ese nuevo ideograma y parte del antiguo, como si hubiese que elegir, como si no importase el elegir porque ya el tiempo va eligiendo por uno, quizás fuese eso, quizás, pero el caso es que al final el chico, un año más, baila, todavía baila. 
(Suspendí, pero... Yasujiro Ozu)