miércoles, 29 de noviembre de 2017

desde el tren


En el museo yo diría que no se ve así del todo, yo diría que allí era todo un poco más oscuro y el acá del bosque resultaba menos hospitalario, se notaba casi la humedad en zona de sombra, ahí abajo, a la izquierda, y los troncos tronchados se veían algo más lúgubres y por eso contrastaban aún más con la luz del paisaje al fondo, por eso el lago y los campos y los edificios resultaban aún más hospitalarios, como todos esos pueblos y ciudades que se ven a veces desde el tren, pongamos que de noche, esas casas a lo lejos con las luces encendidas en las ventanas y cada una de esas ventanas dando la sensación de ser un lugar muy habitable, uno quisiera bajarse ahí mismo y entrar en el paisaje, entrar en el pueblo ese a lo lejos, aunque probablemente resultase, claro, que una vez llegado allí el paisaje se hubiese alejado, pero aquí eso no pasaría porque esto es un cuadro y en un cuadro no se entra y en parte la gracia es esa, que no se entra y que, sin embargo, cuanto más se mira más sensación se tiene de estar dentro, de ir haciendo suya la paz de ese lugar de allí, en la luz, y en el cuadro las ventanitas iluminadas  serían todos esos personajes a lo lejos, no los viajeros del primer término, que son un poco como nosotros, que están de paso, o que todavía miran a la luz desde el borde, no, no como los viajeros que riman en azul y rojo, (aunque allí al fondo todavía hay dos figuras, quizás un pareja, sentadas en la hierba, que riman en azul y rojo, son de esas notas de color que uno vuelve a mirar una y otra vez), no, las figuras ventanitas de vida son todas esas a lo lejos, figuritas de a una, de a dos o en grupo, gente que camina, gente tumbada en la hierba, gente que se baña en el lago, que salen a la orilla como rimando, como un movimiento descompuesto por Muybridge, ved los brazos y las piernas de los dos allí a la derecha, es como si fuesen dos momentos de un mismo gesto, hay otros que se están secando, y todos se reflejan en el agua en calma, y también los caballos que meten en el agua las patas delanteras para beber, y luego están esos caballos que galopan, detenidos en el aire, diría que los jinetes montan a pelo, y quizás sean esos caballos detenidos en el aire los que más me recuerdan a esa sensación de ver la vida de un pueblo desde el tren, apenas un instante, y querer quedarse allí, en ese lugar apenas entrevisto, en ese lugar visto de manera tan fugaz como el instante imposible de detener en el que esos caballos están en el aire, y sin embargo ahí están, detenidos para siempre en el cuadro, la cartela dice que todo esto podría ser Esparta, y entonces los baños y el galope a pelo podrían ser ejercicios militares, pero ejercicios militares como vistos desde el tren, son alegría física sin nada de la idea de disciplina que asociamos al nombre de Esparta, y luego el camino sube y por allí hay palacios y más figuritas en las que rima el rojo, y casi nunca las figuritas están solitarias, van de a dos o en grupo, haciéndonos adivinar que allí hay conversaciones que nunca oiremos, voces, gritos, susurros, todo allí a lo lejos, y así la mirada puede ir subiendo, puede irse perdiendo hacia el azul, hacia una lejanía que ya solo es luz, y luego volver aquí delante, recordar que nuestro cuerpo está del lado de la oscuridad húmeda, del lado de los viajeros que miran hacia el paisaje sin haber entrado todavía en él o del lado de estos otros que quizás se alejan, y nosotros nos alejamos también y a nuestra espalda ahí siguen, detenidos en el aire, los caballos al galope.
(Paisaje con edificios, Nicolas Poussin)

lunes, 27 de noviembre de 2017

del movimiento


Había una mujer bordando y un chico dibujándola
Había también una chica que iba y venía y no se estaba quieta. 
La mujer que bordaba le preguntó al chico si no le importaba que ella, la que bordaba, se moviera tanto, y el chico le respondió que no, que no importaba, que ella podía hacer lo que quisiera y él seguiría dibujando. 
Y resultó que era cierto, no importaba que ella se moviese, el chico la dibujó, ahí la veis en su cuaderno de apuntes, y también dibujó a esa otra chica que iba y venía, que no se estaba quieta, la dibujó aún más que a la mujer que bordaba, quizás de tanto querer dibujar a la chica que no se estaba quieta él había aprendido el arte de fijar en unos trazos lo que nunca deja de moverse. 
Pero en realidad ese chico no importa mucho, está como en las afueras de la película, la que sí importa es la mujer que borda, e importa aún más la chica que no para, hay escenas que es que hay que verla moverse y moverse, nunca se está quieta, explora el espacio a su alrededor, explora el espacio que rodea a otra persona, hay que verla entrar en los despachos del hombre al que ama y mirar y tocar, hay que verla sentir que ese espacio es el que a diario lo rodea a él, que esos objetos son los que él toca, los que él mira, cuando ella entra en uno de esos lugares se siente lo que es una habitación, lo que lleva en sí de aquel que la habita, y a veces parece que para ella el camino más corto es un poco curvo, un poco rodeando al punto que de veras le interesa, y en realidad es una cosa muy normal, una cosa de toda la vida, los actores moviéndose y la cámara que los acompaña, que los deja alejarse, que de pronto se acerca, todo ese baile que no debe nunca detenerse del todo, que fascina porque no se detiene, los personajes alejándose y acercándose el uno al otro, o acercándose uno y alejándose el otro, y no importa cuanto se muevan, la cámara los acompañará, la cámara jugará sus distancias con ella, y en realidad no es que no importe que se muevan, es que hace falta que se muevan, es que en realidad toda la gracia del dibujo está en que ellos se muevan, en que no paren de moverse, porque sin ese movimiento, claro, no habría película, no habría dibujo, y ahora que lo pienso todo esto se parece un poco también a los boxeadores en el ring, acercándose y alejándose, y de pronto el golpe, de pronto el primer plano, de pronto la palabra justa, y vuelta a alejarse, y vuelta a acercarse, sí, la chica que no para de moverse y la mujer que borda y el hombre que hay entre ellas no paran de moverse como boxeadores en el ring, ahora cerca, ahora lejos, y la película, como quien no quiere la cosa, los dibuja en movimiento, y quizás lo que la película nos deja al cabo sea el dibujo del movimiento mismo.
(Elegía del norte, Heinosuke Gosho)

domingo, 26 de noviembre de 2017

el pecado original



Suena un teléfono y la cámara avanza, hacia la ventana, hacia una mujer que no responde, que lo oye pero no responde, o que quizás ya no lo oye, está en otra parte, en algún lugar donde un teléfono que suena ya no importa, donde un teléfono que suena llega tarde. 
La cámara avanza y la encuadra un poco desde arriba, quizás para que se vea, además, el medallón que lleva al cuello, ese medallón es importante, o quizás sea otra cosa, no sé, en esta película la cámara avanza a menudo, avanza hacia los personajes, no deja de avanzar hacia ellos, una y otra vez, sin poder alcanzarlos nunca, no del todo, a cada rato hay que volver a empezar, hay que volver a avanzar, es un poco como llamar por teléfono a alguien que quizás no está, que quizás no quiere estar, y una y otra vez llamas y no sirve y aunque responda al teléfono no servirá, vuelta a empezar, volver a llamar, volver a avanzar, siempre se escapan, siempre nos escapamos. 
Y quizás haya algo más en ese mirar los rostros un poco desde arriba, un poco en biés, hay algo como de tridimensionalidad, sí, 3D, siempre una perspectiva, un punto de fuga que hace sentir de manera física, creo, la interioridad del personaje, algo que se nos escapa de él, algo que también se le escapa a él, un punto allí a lo lejos donde todo se entendería, un punto siempre en fuga, y también es cierto que cuando esos rostros se mueven, vistos así un poco de desde arriba, se siente el espacio en el que están, no son una imagen, son otra cosa, algo que se mueve, algo que ocupa lugar, algo que lucha con el lugar que ocupa. 
El teléfono suena en casa de una mujer que no responde, que quizás ya no lo oye, y luego vemos en un bar a la mujer que llama, que insiste sin poder saber si es que no hay nadie o si es que nadie quiere responder, y en esta película pasa eso a menudo, hay alguien al teléfono y no hay respuesta, y a veces es porque no hay nadie al otro lado de la línea y a veces es porque la persona al otro lado no quiere hablar, y esa es una de esas situaciones que el cine cuenta tan bien, que parece que lo inventaron para contar eso, esos dos espacios lejanos, esa incertidumbre, ese saber más de lo que saben los personajes, ese ver más de lo que ven los personajes, ver lo que en la vida tampoco vemos pero imaginamos, para bien o para mal. 
De la boca del camarero sale humo de pipa y el ambiente del bar es también un poco humoso, toda la película es así,  hay niebla y hay chimeneas a lo lejos, y también hay fuegos en las laderas del valle y en el interior de las estufas, y ahora, aquí, en el bar, parece como si todo ese humo de la película flotase difuso en el aire, y afuera suena una sirena, la sirena de las noches de niebla, porque esto es el norte de Japón y es una noche fría, la sirena suena a menudo en la película y ese sonido abre también la noche, le da profundidad, allí a lo lejos, en algún lugar que nunca vemos, suena una sirena para que nadie se pierda, pobres remedios contra la oscuridad.
Suena la sirena y hace frío y sin embargo vemos a la mujer que no respondía al teléfono caminando entre los árboles sin abrigo, y eso no es propio de ella, es más bien propio de la otra chica, la que llamaba, sí, esa chica que siempre viste pantalones y jerséis de chico y que cada dos por tres está saliendo a la calle sin abrigo, porque es así, porque actúa por impulsos, decide algo de pronto y tiene que echar a correr sin pararse a coger el abrigo, y también es eso inventar un personaje, verlo así, pasando frío, intentando con la mano cerrar un poco el cuello de su jersey y aún así coger frío y ponerse mala, pero la mujer que no respondía al teléfono no es así, vedla, no oía el teléfono y no siente el frío, algo tendrá, algo que no sabemos, algo que nunca sabremos del todo. 
Y en medio de todo eso está la Mona Lisa, una copia de copia, no importa, la Mona Lisa y la sirena sonando sobre ella, haciendo sentir todo el frío espacio de la noche, y ¿qué es la Mona Lisa, aunque sea una copia de una copia, sino un cuadro que no se entiende y que sin embargo no se puede dejar de mirar, qué es sino un cuadro que no se puede dejar de interrogar y vuelta a preguntar y vuelta a empezar, siempre escapándose, y qué es la película sino un preguntar y preguntar y vuelta a empezar, qué son las películas sino un cuento de nunca acabar? 
(Elegía del norte, Heinosuke Gosho)

martes, 21 de noviembre de 2017

imágenes paganas




Qué cosa las imágenes paganas, reales o inventadas.  ¿Veis? ¿Veis esas manos cruzadas como las alas de un pájaro en el aire? Y las flores, las calaveras de animales grises como la piedra, el cuchillo de mango blanco, la capa roja y blanca, las mujeres también de blanco, el fondo de imposible luz morada... Todo eso es, quizás ya lo hayáis adivinado, una boda, sí, y además es una boda vikinga, y no hay anillos en esta boda, no, lo que hay es ese cuchillo de mango blanco, que en breve estará empapado de sangre roja, la sangre de algún buey, eso no lo vemos, tan solo lo oímos, un mugido y el cuchillo reaparece cubierto de sangre, y luego el cuchillo entre la mano de ella y la mano de él, el metal y la sangre en lugar de los anillos, ya está, ya están casados, qué ritual, no sé si será real o inventado, si alguna vez alguien se casó así en algún lugar que no fuera una película italiana de vikingos de los sesenta, ese mundo extraño, ese mundo paralelo, ese mundo de cartón piedra, ese mundo de imágenes y de rituales. Quizás sea así en todas las películas paganas, las películas del paganismo lejano en el tiempo y las películas del paganismo lejano en el espacio, el mundo de las aventuras es un mundo lleno de rituales, aquí hay coronaciones, ejecuciones precedidas por un baile, siempre es ocasión para algún baile con espadas, y también una votación a base de hachas, qué votación, de veras, miradlo. Imaginar una sociedad parece que siempre es imaginarle sus rituales y sus dioses, ocasiones para bailes, desfiles y colores, para estatuas y templos, todo un mundo paralelo, que quiere ser al mismo tiempo extraño y reconocible en su extrañeza, rituales en los que casi siempre está en juego, mientras se baila y se desfila, la vida y la muerte, bodas de sangre, claro, este es un mundo de sangre, y también es un mundo de flechas, casi todo, para bien y para mal, se soluciona a flechazos, se soluciona arrojando objetos punzantes, objetos cortantes. Y puede ser, claro, que todo en esta boda vikinga sea inventado, quizás sus formas y sus gestos sean de cartón piedra, pero hay algo en el rojo sobre blanco, en el blanco sobre rojo, en la simple combinación de esos dos colores, en esas manos cruzadas que parecen alas, hay algo que suena a enigma, que suena a posible, y quizás esas manos cruzadas sean una improvisación del momento, quizás su origen sea la belleza plástica y no el sentido, pero quizás sea por ahí, por la belleza del gesto, por lo que este mundo de cartón piedra puede hacernos creer que hay algo más detrás, que hay todo un mundo, que esas rocas falsas son rocas de veras, que esas sociedades apenas esbozadas son sociedades de veras, como si el acierto en el adorno fuese la pista para hacernos imaginar todo lo demás, para hacernos arqueólogos aficionados de un mundo que nunca existió, de un pasado inventado de golpe en un estudio italiano a principios de los sesenta.
(Gli invasori, Mario Bava)

domingo, 8 de octubre de 2017

de color i de perfums




Esa chica que os mira de lado está contando la historia de los tres cerditos, una versión de la historia en la que su tía les ha dado dinero, o lo han heredado, y el primero, ya lo sabéis, se gasta lo menos posible en hacer la casa, apenas algo de paja, para así poder gastarse todo lo demás en pasárselo pipa, y el segundo se gasta algo más pero tampoco mucho, apenas algo de madera, y el resto se lo gasta en comer muy bien, y al fin el tercero se gasta todo o casi todo el dinero en hacer una casa de piedra o de ladrillo, o algo así, y nada de pasárselo pipa o de comer muy bien, y yo no sé si es cosa de la peli, o si es el haber metido al dinero en toda historia, yo nunca la había oído con dinero de por medio, el caso es que me hice una pregunta que no me había hecho nunca y que es: ¿por qué los tres cerditos hicieron tres casas, una cada uno, en vez de hacer una sola entre los tres, dividiéndose el trabajo y el dinero y aprovechando el resto del tiempo para pasárselo bien y cantar y comer y todas las cosas que sean que les gusta hacer a los cerditos? Puede ser, claro, que como no estaban de acuerdo cada cual en qué tipo de casa construir por eso acabasen cada cual haciendo la propia y así el cuento es el que es y al final todos corren a la tercera casa, o quizás no, no conozco todas las versiones, quizás haya versiones en las que el lobo se come al primer y al segundo cerdito, pero en la versión que yo conozco y en esta todos corren a la tercera casa y afuera sopla y sopla el lobo, como podría soplar la tormenta, una tormenta del fin del mundo, afuera sopla y sopla el lobo que es la muerte y los cerditos están dentro y ríen del soplo del lobo y en el fondo es posible que se lo estén pasando muy bien, que estén como celebrando la fiesta de estar adentro, a salvo del lobo, a salvo de la muerte, y eso no recuerdo si lo cuenta alguna de las versiones de la historia, cómo era la fiesta de los tres cerditos en esa casa de la que no podían salir pero en la que no les podía alcanzar la muerte, y quizás esta película, no sé, quizás sea también un poco eso, la fiesta cerrada, la fiesta sin el lobo, la fiesta de los tres cerditos o de una docena de amigos a salvo de la muerte roja.

La chica, no sé si se ve bien, tiene en la nariz y en la mejilla puntos dorados, puntos de maquillaje, le sientan muy bien, van muy a juego con su manera de contar la historia, una manera muy exagerada, abriendo ojos y boca como platos, tiene un rostro muy bonito, esos ojos grandes, esos pómulos marcados, esa frente un poco redonda, sí, una cara muy expresiva, y cuenta como una cuenta cuentos, la cuenta con el placer de ser casi un dibujo animado, mientras la cámara va y viene hacia ella, zoom hacia delante, zoom hacia detrás, la cámara no para, qué cosa más rara, y junto a ella están las velas rojas, velas que son como de fiesta, pero una fiesta un poco alargada, un poco estirada, y que son también velas sobra las que soplar y que van bien, muy bien, con la historia del lobo que sopla y sopla y las velas no apaga y mientras no se apaguen las velas dura la fiesta, una fiesta que va a empezar al poco, una fiesta que es toda la película, dos horas y pico de fiesta, una fiesta de disfraces y de maquillaje y de ese otro disfraz que es la desnudez, vestirse de más, vestirse de menos, salirse de la regla cotidiana del estar juntos y entrar en otra regla, dejar de ser la imagen que uno es a cada rato para convertirse en una imagen distinta, una imagen para la que pueden bastar unos puntos dorados sobre las mejillas y la nariz, al menos es un buen principio, quien sabe si ella habría contado la historia de los tres cerditos con tanta cara de dibujo animado si no hubiese tenido esos puntos dorados, esa libertad que da el que su cara ya no sea del todo su cara, el que su cara sea ahora también cielo de estrellas doradas, y al verlo dan un poco ganas de que en las películas los actores siempre saliesen con la cara un poco pintada, como diciendo, hey, esto es un juego y me vas a dejar jugar, sí dan ganas de que el cine fuese un poco más teatro, no sé por qué pensé en los griegos, no tengo mucha idea de a qué se parecía el teatro griego pero me acordé de ellos, o quizás fuera de los romanos, qué empanada, romanos maquillados y disfrazados y desnudados, en cualquier caso teatro, en cualquier caso gente que no está allí para hacerte ver cómo se comportan todos los días pero tampoco para hacerte creer que son otra persona como esa persona es todos los días, no, ellos están maquillados para jugar a ser lo que normalmente no son, lo que puede pasar en situaciones como estar encerrado en una casa mientras el lobo sopla y sopla y se celebra que el lobo la casa no puede derribar, pero quizás tenga truco lo de actuar maquillado porque, aunque juegan en vez de hacer creer que interpretan una realidad, acaba por resultar que lo que hacen sí es real, que no tiene el resguardo de la ficción, se maquillan para vivir una experiencia  que quizás no existiría sin la película, se disfrazan con colores magníficos y sobre un fondo de telas rojas se rozan y se tocan y se besan y quizás olvidan su sexo, son todo piel, son todo cuerpo, quizás olvidan que hay piernas y troncos y vientres y sexos, olvidan el nombre de todo lo que no es piel, y a veces se pelean pero quizás solo sea por tocarse más, carne contra carne, aunque hay desigualdades, poco a poco las vemos, hay para quien la desnudez es de veras otra forma de disfraz y hay para quien la desnudez es desnudez y es fragilidad, y hay un rostro magnífico, un rostro de esos con ángulos de tragedia, todo de blanco pintado, con los labios rojos y un magnífico pelo rojo que de pronto resulta que es peluca, un rostro que va perdiendo la máscara de maquillaje blanco, va dejando salir lágrimas y dolor en un rostro que no es ya un rostro de todos los días, es un rostro desmaquillado, es un rostro que ha pasado por el maquillaje y por la fiesta de paredes rojas y que ha salido de la fiesta por la vía de las lágrimas, sin que podamos saber si son lágrimas actuadas, lágrimas fingidas, nuevo maquillaje, o dolor real, tienen algo muy perturbador las lágrimas, en cierto modo podrían ser menos reales que los cuerpos entrelazados que hemos visto antes, puede ser la ficción que entra en la experiencia real y le da una salida, una salida con máscara que cae, una salida como de llegada de la muerte roja en el interior de la casa que parecía a salvo de la muerte, y ya para entonces hemos ido sintiendo que todo aquello era muy bello pero también que era un encierro, esa habitación sin ventanas, ese mundo sin cielo, ese mundo de paredes y telas rojas, nos empezaba a faltar el aire, y quizás también fuese por el sonido, nunca oímos de veras a esos cuerpos, oímos música, oímos jadeos, todo venido como de otro mundo que no es el de la habitación y que da la sensación de que las imágenes que nos llegan de allí, de la habitación, llegan de muy lejos, de otro mundo, y no sabemos, no acabamos de saber, si la cara desmaquillada es la aparición final del dolor, si es como el soplo del lobo que al fin derrumba la fiesta o si es al contrario la ventana hacia el cielo, el soplo de aire que ya empezaba a faltarnos en ese refugio tan cerrado.

(Central Bazaar, Stephen Dwoskin)

domingo, 23 de julio de 2017

un piano es el futuro


Ay, la imagen que pongo no es muy buena, en el cine el color negro brillaba, sí, el color negro era luminoso, eso que veis ahí es la doble tapa de un piano y el hombre cuyo rostro se refleja dos veces es un astronauta del siglo XXII, creo, y va vestido con una combinación de esas que lleva puesta la gente en las fantasías futuristas, y está en una nave espacial brillante y limpia, pero lo bonito del plano es que el piano podría ser del presente, de nuestro presente, pero el doble reflejo y la intensidad con la que brilla el negro lo hacen parecer un objeto aún más futurista que la nave espacial, de pronto ese objeto de nuestro presente se nos vuelve extraño, se nos vuelve como una promesa de futuro venida del pasado, un objeto extraterrestre.

La película es Ikarie XB1 y es una peli checa de los 60 que imagina un viaje espacial dentro de dos siglos y para imaginar ese viaje tiene que imaginar un futuro, tiene que imaginar algo que no conocemos, al mismo tiempo previsible e imprevisible, dentro de dos siglos los humanos seguirán siendo un poco como nosotros pero también serán otro poco diferentes, y no es solo cuestión de naves espaciales, no es solo cuestión de objetos, que también, sino de visión del mundo, ¿qué de nosotros seguirá existiendo dentro de dos siglos? ¿Qué se habrá vuelto anacrónico?
La película responde a esto a cada rato, no para de imaginar respuestas, hay bailes del futuro, comida del futuro, tiempos del futuro (el viaje dura dos años pero en la Tierra habrán pasado quince años y uno de los astronautas no podrá enseñarle a andar a su hija por nacer, pero quizás sí pueda enseñarle a bailar), amores del futuro que se parecen bastante a los amores del presente y todo un humor de la vida cotidiana del futuro.
Y quizás otra de las maneras de imaginar el futuro sea el pensar una película sin protagonistas, sí, en el futuro no hay protagonistas, y tampoco hay héroes ni malos, a todos les toca equivocarse un poco por acá, acertar otro poco por allá y, eso sí, entre todos acabar por acertar, cada cual tiene su pequeña película, su pequeña historia, pero no hay ni maldad ni rivalidad ni liderazgo, no, lo más futurista de la película es cómo se tratan entre ellos, de una manera cálida y tranquila, aun con sus roces, aun con sus locuras, pueden sufrir, pero nunca buscan hacerse sufrir, y en realidad también sabemos qué es eso, ¿no? a menudo lo sabemos, bien vistos somos, podemos ser, tan raros, tan luminosos y futuristas, como un piano negro de doble tapa...
(Ikarie XB1, Jindřich Polák)

saberse la canción


¿No os pasa también que las mejores películas son un poco como las canciones, que cuanto más las conoces más te gustan, que las vas cantando cada vez más en ritmo, funciona más el reconocimiento que la sorpresa, las vemos una y otra vez para que vuelvan a pasar por el mismo punto, la misma frase, el mismo gesto, el mismo movimiento de cámara, inevitables, como para comprobar que sí, que esa forma que se recuerda existe, esa sensación de que todo tiene su lugar, dar a las cosas un aire de querer estar ahí, escribía Bresson, no sé, así, de entrada, diría por ejemplo Nouvelle vague, Johnny Guitar, All That Heaven Allows, hay muchas más, los travellings de Nouvelle vague, por ejemplo, esos travellings en la casa cuando bailan y luego ya no bailan, y en medio el plano en movimiento sobre las aguas grises del lago, o ese movimiento de cámara que se va por los árboles y luego vuelve a bajar hacia el camino por el que viene Cécile en bici, o la historia de Art Larsen, que en una final de Roland Garros saltó la red para que el contrincante le atase los cordones de los zapatos, ay, en esa historia está media peli, saltemos la red, suspendamos por un momento el partido, mano tendida, es como una historieta zen, o los chistes, Cécile preguntando recién sobornada para que chive secretos de la señora preguntando a cuanto está el dólar, o las brevedades, el plano de la mano que agarra y salva, apenas dura un instante, o las brusquedades, como ese plano tan bonito del camarero y la camarera, libro en mano él, ella comiendo una manzana, hermanos los dos, sí, es posible, momento feliz interrumpido por el jefe, todas esas cosas, y son muchas, que uno quiere ver una y otra vez ahí, en ese momento preciso de la película, como se escuchan una y otra vez las canciones preferidas para volver a oír cierta palabra, cierta pausa, todas esas cosas que no se pueden detener?
Recuerdo ahora lo que contaba Oliveira en A 15a pedra, que a finales de los años veinte, cuando estrenaron Amanecer en Portugal, él iba a verla todos los días, y después iba apuntando, hasta que se la sacó completa, la planificación de la película, y pienso que está bien esto de ver muchas películas, pero que eso no es lo importante, no, lo importante es saber cantar unas pocas, no importa cuales, las que a uno por azar y por gusto le vayan tocando, y tener así en la memoria dos o tres certezas, tres o cuatro ritmos, cuatro o cinco gestos...
Y bueno, también pasa con las películas de Godard que, como las cosas se dicen varias, veces, es como si tuviesen estribillo, y a lo mejor habría que pensar qué podría ser un karaoke de cine, un karaoke Nouvelle vague...