domingo, 27 de octubre de 2019

Melodía para organillo (Kira Muratova, 2009)
















Esta, esta habría que elegir entre las mejores películas de lo que llevamos de siglo, este cuento de Navidad moderno que se remonta a la Biblia (la lámina que vemos al principio ilustrando la matanza de los inocentes), al siglo XIX (el organillo del título que da un tono dickensiano a la película y que vemos en una subasta), al siglo XX (las cosas vistas como a través de una ventana, la ventana que abrieron los hermanos Lumière) y que llega a la actualidad, al siglo XXI (el mundo convertido en un lugar absurdo, inhabitable, sin inocencia). 

Una niña y su hermano van en un tren. Van camino de la capital. En el tren aún es posible cierta humanidad: un hombre sintoniza una radio, unas personas cantan villancicos, una persona peina con delicadeza a otra. Detrás de mí, advierte un vendedor de Árboles de Navidad, vienen los revisores. A partir de ese momento y desde que llegan a la ciudad los niños no dejarán de cruzarse con adultos que viven en un mundo absurdo y egoísta. Ese mundo es Kiev después de la Perestroika pero es también cualquier gran ciudad contemporánea nuestra. Una estación de tren, un casino, una calle de casas burguesas, un supermercado.

Es un cuento de Navidad, pero es un cuento cruel. Lo que hace soportable la crueldad es la distancia que crea la cineasta al poblar su película de elementos de humor y fantasía: una sala de espera vip en una estación de tren, una compañía cuyos empleados, disfrazados de chino, proponen rickshaws a personas atrapadas en un atasco, un tipo que organiza un juego que consiste en hacer entrar a sus clientes en un supermercado para que, durante unos minutos y con toda impunidad, roben cuanto les dé la gana. A la pureza de la mirada de los niños (la comida, la nieve, unos perros, una familia que prepara la Navidad parecen filmados por primera vez) se une el grotesco de los adultos.

Los niños, huérfanos de madre, van a la ciudad para encontrar a sus respectivos padres y así evitar ser separados y enviados a distintos orfelinatos. Errarán por la ciudad durante todo un día, se perderán, volverán a encontrase, hablarán con muchas personas pero ninguna les escuchará, llegará la noche, aparecerá un hada madrina, pero llegará tarde. Es un cuento cruel. 

edades de un bigote


Es un señor con bigote, uno de esos bigotes con las puntas que caen hacia abajo, haciendo cuentas con su abanico, años antes las puntas no caían tan hacia abajo y era profesor de gimnasia en una universidad, era un bigote como de forzudo de Charlot, como de forzudo contra Charlot, y el señor entonces era tan tirillas como ahora, nunca fue un forzudo, pero aún así imponía, por las buenas o por las malas, era profesor y tenía el poder de apuntar nombres de alumnos díscolos en una libreta y ponerles faltas, había que verle con su lapicero, su bigote y su mirada esquinada apuntar los nombres de los alumnos que no obedecían, o que se burlaban, porque en aquel entonces, en aquellos años universitarios, parece que todo iba de eso, la autoridad y la burla, el profe que pretende imponerse y el alumno que no deja que le impongan, ese lugarcito de libertad que es el hacer burla del que puede más que tú, aunque siga pudiendo más, aunque la burla no cambie eso, era un tiempo de forzudos de Charlot y también de Charlots, uno puede ser su propio Charlot, y pasan los años y el personaje principal no es el profesor, es uno de los alumnos, uno de los más díscolos, ahora trabaja en una agencia de seguros y ya no hace muchas charlotadas pero sigue teniendo un cierto sentido de la libertad y de la justicia y por defender a un compañero más mayor al que han despedido injustamente se va a enfrentar con su jefe, se va a enfrentar en una escena de abanicos, de toques en los hombros y de empujones, una escena que también podría ser de Charlot, el jefe no es un forzudo pero puede mucho, puede despedir al empleado, y lo hace, es otra violencia, es esa otra violencia que parece que no tiene fin, y luego el empleado vuelve a casa y sus hijos le desafían, no ha comprado la bicicleta que le había prometido al hijo mayor, y también ese desafío podría tener gracia, al fin y al cabo una bicicleta no es para tanto, y sin embargo hay rabia, hay cada vez más rabia, el niño golpea el suelo con sus sandalias, hay ganas de romper el mundo a sandalazos, todo es decepción, nada es bici, y desde ahí la cosa se complica, se acabó la charlotada, pasan cosas de adultos y de dinero, enfermedades, paro, todo eso, y ahí reparece el profesor de gimnasia, que ahora tiene un restaurante casi sin clientes y con algo que parece un plato único, curry con arroz, y con él reaparece un poco de gracia y un poco de esperanza, pero una gracia y una esperanza que son como su bigote, son una esperanza y una gracia un poco de puntas caídas, son poco, pero son, y ya no se trata de enfrentarse al profesor, ya no se trata de enfrentarse a nadie, se trata de aliarse, se trata de confiar, se trata de hablar, aunque la película sea muda, poco a poco, a lo largo de la película, ha ido viniendo desde el fondo del plano la mujer del empleado en paro, hasta que los dos deciden algo juntos, algo que no es lo mejor que les podía pasar, pero que tampoco es lo peor, algo que es cotidiano, algo que quizás sea la vida pasando y no la vida repitiéndose de los forzudos y los vagabundos, algo que cambia, algo que, como el bigote, envejece, algo que cambia y sin embargo perdura, y entonces cantan sobre los tiempos pasados, cantan una canción de los tiempos de las charlotadas, una canción de los tiempos de la libertad y dan ganas de pensar que a pesar de todo sí siguen siendo un poco aquello, sí siguen siendo un poco Charlots, no olvidan lo que la gracia les enseñó, aunque haya, sí, días que más pero también días que menos. 
(El coro de Tokyo, Yasujiro Ozu)

viernes, 4 de octubre de 2019

aire que el aire les sobra



Son dos bobinas de madera abandonadas en un suelo mojado, dos bobinas de madera que quizás sirvieron para llevar cables a alguna de las fábricas que han crecido por ahí, entre plantas y descampados, dos bobinas que ahora ya no sirven para nada más que estar siempre ahí y que a veces los niños se suban a ellas, son viejos monumentos,  o un poco menos pero más emocionante, piedras miliares o piedras de esas de los jardines zen, dan ganas de caminar alrededor y ver las perspectivas que a cada rato se crean, el espacio vacío en ellas, el espacio vacío entre ellas, y esta perspectiva que vemos desde luego es linda, de una belleza de esas grises y gastadas, con esa diagonal entre una y otra, esa profundidad, y el reflejo del poste en el agua, y el cielo casi por completo tapado por el gran depósito al fondo, todo son grises en el plano, y a los personajes de la película a menudo los vemos así, un poco en diagonal, caminando, de pie o sentados por esos descampados, siempre un poco en profundidad de profundidad entre ellos, siempre una diagonal, están de a dos o de a tres, hay dos niños y un padre que van de fábrica en fábrica buscando trabajo y a falta de encontrar trabajo también buscan perros vagabundos que llevar a la campaña de prevención contra la rabia, para así ganar un poco de dinero con el que comer o con el que comprar, ay, una bonita gorra como de militar (y al momento de haberla comprado lamentar el haberlo hecho, porque una gorra nueva es una comida menos, y el hambre duele), y a menudo los niños y el padre están así en perspectiva, ellos dos muy juntos, él un poco separado de ellos, más adelantado, son como bobinas vacías en un paisaje de hierbajos, pero un cuerpo vacío no es como una bobina de madera, un cuerpo vacío no se tiene en pie, aunque a veces puedan jugar a que sí, a que del vacío y del aire también se vive, hay un momento en el que el niño más mayor, para animar al padre, juega como un mimo a servirle un sake inexistente, y el padre entra en el juego y bebe ese sake inexistente, y lo hace tan bien que con la mano indica que ya hay suficiente cantidad, como si fuese a desbordar, realmente nos hacen ver la botellita y el platillo de sake, y luego hacen entrar al segundo niño en el juego, le hacen comer arroz de aire con té de aire, y durante un rato parece que se puede vivir así, del aire y de la gracia, hay algo liberador en la comedia de la pobreza, ese sake y ese arroz hechos de aire, el lujo de comprarse esa gorra en vez de gastarse el dinero en comida, y además las cosas empiezan a ir bien, el padre consigue trabajo, y hay entonces como una calma, los niños juegan con otra niña y el padre habla con la madre de la niña, están los dos así, él sentado, ella en cuclillas, en diagonal, en perspectiva, son ellos también como dos monumentos, dos piedras en el jardín zen, dos piedras que respiran, que se pueden tomar un respiro, dos bobinas que sienten que sirven para algo, pero luego todo se tuerce porque, como nos recordaba la linda gorra, cada moneda cuenta, cada moneda cuesta, y la comedia de la pobreza, como la comida de aire, acaba por agotarse, hay cosas que la desbordan, hay cantidades de dinero que de pronto no se pueden pagar, que sólo de dos maneras se pueden ganar en una noche, y entonces el padre anda solo y frente a cámara, sin perspectiva, de todas maneras hace falta ser al menos dos para crear una perspectiva, un hombre que se aleja en el descampado es otra cosa, es quizás una pregunta, alguien que camina hacia el vacío, alguien que camina hacia el futuro, pero no es ya presente en calma, no es como estar allí, de cuclillas, sintiendo pasar el tiempo, como dos bobinas, sin moverse, sin preocuparse del antes, sin preocuparse del después.
(Un albergue de Tokyo, Yasujiro Ozu)

domingo, 22 de septiembre de 2019

secreto veloces, verdades lentas



Él le está diciendo un secreto a ella, ha mirado a un lado y a otro y luego se ha puesto la mano junto a la boca, como los futbolistas cuando una decena de cámaras los enfocan y no quieren que les lean en los labios las tácticas o los insultos, pero aquí no podría verles nadie, están solos en la habitación, aunque quizás puedan oírles, quizás esas paredes sean muy finas, quizás esas paredes sean de papel, y además pasa algo en la película, pasa que los secretos vuelan, los secretos se saben, circulan a la velocidad de la luz, el secreto es que la hermana del casi novio de la chica, para sobrevivir y para pagarle los estudios al chico, además de ser secretaria de día trabaja en un local de noche, y eso no es todo, además hace eso que se dice al oído y que no oímos, y si digo que no lo oímos es parte de la gracia, porque de todas maneras no lo habríamos oído, la película es muda, pero el gesto de taparse la boca hace al mismo tiempo el sonido y el sentido, el gesto se vuelve la palabra toda, significante y significado, y además podéis ver que se hace un poco de sombra ahí, en la zona misma del secreto, entre la boca, la mano y el oído, y casi todas las escenas de la película tratan de un secreto, un secreto que un personaje sabe y otro no, y del tiempo que tardará el secreto en ser sabido por los dos, hay un momento en el que un policía va a la oficina de la hermana a ver a su jefe, por los rumores que sobre ella hay, y en esa escena, con el policía hablando con el jefe en una despacho acristalado y ella trabajando en la sala entre otras secretarias, tecleando y tecleando veloz en la maquina de escribir, el policía lo sabe todo, el jefe sólo sabe que la policía se interesa por la chica y la chica sabe lo que hace con sus noches pero no sabe que la policía lo sabe y que pronto será un secreto a voces, más tarde, en otra escena, el hermano ya sabe lo que hace su hermana y su hermana todavía no lo sabe, y el suspense es cuanto tiempo tardará él en decirle a ella que ya sabe el secreto, aunque detrás de ese suspense hay otro, el de cómo reaccionará ella y sobre todo cómo reaccionará él una vez que ya todo se sepa o, dicho de otra manera, en qué momento él comprenderá o no la verdad de ella, una verdad que no es un secreto, una verdad que está a la vista, la verdad de su entrega, la verdad de su generosidad, el secreto sólo es parte de la verdad, el secreto es aquello que destruye a la verdad, su forma pobre, el secreto se puede saber, pero todavía falta el entender, la verdad además de saberla hay que entenderla, pero si los secretos vuelan, las verdades, en cambio, parece que van lentas, tan lentas que a veces no llegan a tiempo, y la película en realidad no tiene ninguna gracia, la película es la historia de un idiota, o de muchos idiotas, o de un mundo idiota, y de una persona justa entre idiotas, aunque al final hay al menos otra mujer que parece comprender, pero para eso ha hecho falta que la situación ya no tenga arreglo, ha hecho falta una muerte, y quien dice muerte puede querer decir noticia, al final andan por allí unos periodistas a la caza del suceso, preguntando motivos, preguntando secretos, cuando nosotros ya sabemos que la historia detrás de esa muerte no se puede contar así de deprisa, no se puede contar al oído, hace falta tiempo y ganas de entender, y a los periodistas se ve que no los pagan por ello, así que se van con sus cuadernitos a otra parte y por el camino se encuentran con otra noticia pegada en un poste, una noticia criminal, y comentan "se nos adelantaron", porque lo malo de esas verdades que son las noticias es que una vez dichas caducan, ya no sirven para nada, son papel en el viento, y en cambio esa cosa lenta que era la verdad de la hermana es algo que nunca se acaba, algo que una vez se sabe acompaña, aunque sea tarde. 
(Una mujer de Tokio, Yasujiro Ozu)

viernes, 20 de septiembre de 2019

dar la espalda



Es un hombre, un hombre que está hablando con su esposa en un parque, en una ciudad de montaña de la India, una ciudad a la que ir de vacaciones, y está teniendo una discusión que puede acabar en separación, que él quiere en ese momento que acabe en separación, una de esas escenas de matrimonio que tanto hemos visto en el cine y en el teatro, una escena de sacar cadáveres del armario, una escena de repartir culpas, que tú fuiste y que yo fui, una escena de él repartiendo culpas, y para repartirlas ahora mismo él le da la espalda a ella y nos la da a nosotros, sólo con eso ya sentimos que él sufre pero también que quiere ocultar algo y que si ni siquiera a nosotros nos lo deja ver entonces es que, de alguna manera, está equivocado, y ahora recuerdo la película así, muchas conversaciones y casi siempre esto, un personaje dándole la espalda a otro, negándole la cara, negándole el poder verle en la cara qué es lo que piensa, qué es lo que siente, protegiéndose, o también no dignándose a ver la cara del otro, como pensando que ni siquiera merece la pena, que no hay nada que no pueda ser previsto en esa otra cara, y nosotros a veces vemos la cara del que da la espalda y sentimos como amenaza a aquel que quiere ver la cara, y a veces estamos del lado del que no ve y nos enfrentamos a una espalda, a tener que leer algo en una espalda, y sólo muy de vez en cuando sucede el milagro de dos que se miran frente a frente, y entonces es bonito, hay veces que lo hacen de lejos, como lanzando palabras al aire para que el otro las recoja, no sé, como si estuviesen jugando a la pelota con las palabras, para que el juego de la pelota tenga gracia dos no pueden estar muy cerca, hace falta ese aire entre medias, hace falta ese riesgo de que la pelota o las palabras no lleguen, el juego es ese, y es alegre, jugar a la pelota dándose la espalda, en cambio, es muy difícil, hay que conocerse muy bien, hay que tenerse mucha confianza, y nadie aquí se tiene tanta confianza, lo cual es angustioso, porque el tema es el matrimonio y no hay en la película ningún matrimonio que pueda hacer eso, entenderse hasta cuando se dan la espalda, así que en el fondo quizás todo esto no sea más que un baile de espaldas con breves momentos de cara a cara, y en esta película parece como si el cine se hubiese inventado también para eso, una cámara, un encuadre, es un punto en el espacio, un punto al que poder darle la cara o poder darle la espalda, y cuando nos dan la espalda todo se carga de tensión, porque ese cuerpo está en el tiempo y puede moverse, puede alejarse o puede darse la vuelta hacia nosotros, acumula tensión para que de vez en cuando eso pueda pasar, darnos la cara, darse la cara los personajes, como recordando lo raro que es, en realidad, un cara a cara, un no sólo no tener nada que ocultar sino querer leer por completo el rostro del otro, un querer al mismo tiempo entender y ser entendido. 
(Kanchenjungha, Satyajit Ray)

lunes, 8 de julio de 2019

por empezar

Hola Paco,
Me preguntas qué tal está la película de Bodet y no sé muy bien por dónde empezar, podría decir simplemente que está bien, pero no se trata de eso, claro, para eso no merece la pena decirse nada, así que tengo que encontrar alguna manera de empezar a hablar de la película, supongo que ya habrás leído un poco de qué va, una mujer vive en un apartamento y deja que un par de personas, dos amigos, (o algo así como dos amigos, las palabras dejan de resultar evidentes en esta película, la palabra amigo también) vivan en él el tiempo que necesiten, aunque no les ha dado copia de la llave, como si eso de la llave fuese un limite, y poco a poco va habiendo más gente en la casa y la película, que tampoco es que fuese muy realista, lo es cada vez menos, aunque eso de no ser realista habría que revisarlo, claro, o discutirlo, porque la película es de lo más realista, o consigue hacer ver y sentir, o comprender, algo real y no tan evidente de hacer ver y sentir o de contar, la necesidad de tener un lugar al que llamar casa, un lugar en el que vivir, un lugar en el que caerse muerto, que diríamos aquí, así que aunque la forma no sea del todo realista la película trata de lo real, de aquello que te puede dar en las narices y dejarte por los suelos o matarte o volverte loco, me estoy yendo un poco del tema, aunque no tanto, a lo de volverse loco quiero volver, hace un rato pensé, por cierto, que la película me recordaba a Grass, que también va en parte de eso, no sé si te acuerdas, de tener un lugar en el que caerse muerto, y también de la desesperación y del miedo a la desesperación, hay un personaje de la película de Bodet que dice que al fin y al cabo todos acabaremos por volvernos locos, no dice que todos acabaremos por morirnos, que es lo que se suele decir, que es lo que suena más lógico o más inevitable o más normal, dice que acabaremos por volvernos locos, quizás sea cierto, todos perderemos la cabeza, sea lo que sea ese perder, y el personaje sigue diciendo algo así como: "quizás en dos días, quizás en dos semanas, o en veinte años, o en dos segundos", y eso nos pone de los nervios y sobre todo pone de los nervios al personaje de Pascale, eso de no parar de repetir, es un personaje que se repite mucho, pero la película no dice que no tenga razón, ni lo contrario, la película no da razones ni las quita, más bien desconcierta, no es tan fácil desconcertar, la película es tan extraña como Bodet, bueno, no sé si ella es extraña, a mí me ha parecido extraña las pocas veces que la he visto y oído de lejos, extraña y adictiva, interrogante, como si viniese de un mundo o de un tiempo de antes de las evidencias, de antes de las normas, si es que las normas para lo que sirven es para no tener que hacerse preguntas por todo, para no poner caras interrogantes, si es que las normas son más que nada respuestas de antemano, normas que ya no nos damos cuenta de que son normas, no sé, pero en ese mundo de antes todo se volvería extraño, hasta la manera de mirar y de moverse, todo extraño y extrañamente gracioso, en realidad todo tiene gracia en esta película de la que hace un momento escribía que me parece que va de lo real y de la desesperación, del encuentro con lo real, pero es que para llegar a ese encuentro la película se inventa cosas todo el rato, cosas de esas que uno no sabe si decir que qué locas o que qué geniales, pero lo más extraño es la manera de organizarlas, una manera que de entrada parece rara y luego te da la sensación de que si le dijeses: “es rara”, te miraría sorprendida y diría que porqué, y tendrías que admitir que no, que rara no es, que es extremadamente lógica y razonable, pero es que con la razón se puede llegar a tener mucho vértigo, con la razón y con palabras bien razonadas uno puede perderse mucho, y ahora sí que me estoy yendo lejos de lo que quería decir, aunque tampoco es que quisiese decir nada en particular, más bien es que me estoy alejando de la película, que hace cosas locas, por ejemplo cosas con un teléfono, qué juego le da a un teléfono, ya verás, y que nos recuerda qué es una casa, un techo y una puerta y ventanas, con la puerta hace muchas cosas, con las ventanas una sola, pero con variantes, y también me habría gustado encontrar la manera de hilar que los actores son por momentos geniales y raros, aunque luego uno anda por París y tan raros no son, será simplemente que son de una forma de normalidad que no se ve tan a menudo en el cine, y si tuviese que definir ese algo de cierta gente de París y de la sensación que consiguen dar los actores en sus personajes diría que es la sensación de gente que un día se va a volver loca, quizás en los próximos dos segundos, y de hecho hay algún ataque de locura que sorprende por lo rápido que llega y por lo rápido que se va, hay muchas brusquedades en la película, quizás tenía que haberlo dicho antes, hay un humor hecho de brusquedad, y quizás eso también sea realista, tener a tanta gente alrededor se debe de prestar a eso, a la brusquedad propia y a la brusquedad ajena, y me gustaría ir terminando un poco por no dar la impresión de que pretendo abarcar la película, nunca se abarca una película, o una película de verdad nunca se deja abarcar, no es igual más que a sí misma y hay que escribir de ella dejando claro que se nos escapa, que se nos sale de página, que se nos sale del papel y de las palabras, pero aún así quería decir algo más, quería decir que pensé también en la película de Bodet con Delahaye, porque también en esta película de ahora ella va a ver a un hombre muy mayor y habla con él y no se trata exactamente de un diálogo, aquí ese personaje lo hace el extraño Jean Abeillé, recostado en una cama, me parece que para Bodet esto es importante, ella junto a Delahaye o Abeillé, al mismo tiempo admirables y mayores, o viejos, o en otra dimensión del tiempo y de la experiencia, ver eso es importante pero al mismo tiempo no consigo encontrar ninguna manera de decirlo que no me parezca reductora o vulgar, no sé, hay algo en los planos de ella junto a Abeillé y también en el hecho de que el personaje de Abeillé muera (te destripé parte del final, pero me costaba no hacerlo, me costaba no decir que es también una película de muerte), y ella más tarde dice, si no lo recuerdo mal,  algo así como: “esto también es una ceremonia de duelo” y luego vemos el barrio de Stalingrad en el que estuvieron los refugiados que antes vimos de lejos y por la ventana, uno siente que el duelo también es por su ausencia y me da por recordar que en la película también se habla de que no se puede contar con que nada siga siendo igual para siempre y quizás la película también va de eso, impermanencia, duelo y vida, el lugar del duelo en la vida, a veces con gracia, a veces con tristeza, a veces con una rabia extraña, a veces todo junto, y no estoy muy seguro de que quisiese hablar de todo esto al empezar, pero por otra parte en algún momento hay que parar, o parar de empezar y esperar que la veas y que entonces podamos hablar, podamos seguir.
Un abrazo
(Porte sans clef, Pascale Bodet)
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miércoles, 3 de julio de 2019

la herencia de la escalera

Es una escalera de una casa de vecinos, hay una chica sentada en un escalón, sombrero blanco, ukelele en las piernas, y un chico con gorra apoyado del otro lado de la barandilla, se acaban de conocer esa misma noche, en un lugar tipo parque de atracciones, y se han hablado mal, fatal, y ahora ya vemos que están enamorados, están en la escalera que lleva al piso donde vive ella con su hermano, un hermano con mal genio e ideas bien cerradas, un tipo al que veremos poco, apenas una escena, porque Borzage pasa rápido por lo que no le interesa, se toma esas libertades, y no es tan fácil que uno acierte a interesarse sólo por lo que le interesa, hace falta seguridad, o fe, o algo de eso, el caso es que pasará rápido por el hermano para poder pasar lento por otros momentos, por ejemplo este, una chica y un chico enamorados sin acertar a decírselo, despidiéndose sin acabar de separarse, pasan y pasan los minutos, es increíble, pasan siete minutos ahí, con ese amor recién nacido, aunque no es sólo eso lo que vemos, también vemos y oímos otras cosas, si os fijáis veréis que al fondo a la derecha hay una mujer, está hablando al teléfono, la chica le explica al chico que la madre de esa mujer lleva mucho tiempo enferma, y durante un tiempo la chica y el chico van a preocuparse por la mujer, que cuelga el teléfono y pasa lenta entre ellos, que les dice que no necesita nada y ellos comprenden y nosotros también que la madre ha muerto, ese preocuparse juntos por la mujer también es parte del amor que está naciendo entre ellos, claro, se están queriendo en el mundo, se están queriendo en el cuidado, y lo que sucede es que esa escalera se vuelve, durante esos minutos, algo así como el mundo entero, la imagen del mundo, sabremos que en otro piso ha nacido un bebé, oiremos a una mujer gritarle a su marido que baja, diciéndole que sobre todo no traiga cierto tipo de queso, que huele fatal, y el marido traerá justo ese queso, claro, y es como si estuviese toda una vida allí en ese edificio, en esa escalera, toda una vida con el nacimiento y la muerte y también la pobreza, la infelicidad y la vida cotidiana con su queso que huele mal y también la ruptura de la vida cotidiana, ese amor que nace entre la chica y el chico, nacimiento y muerte, infelicidad y felicidad, esa escalera es el mundo en el que ellos viven y se quieren y es un mundo hecho también de tiempo y de pasado, es un mundo en el que viven y un mundo que heredan, heredan pobreza y heredan tristeza y por mucho que se quieran no va a ser tan fácil vivir con esa herencia, con esos miedos que vienen de antes, van a necesitar tiempo más tiempo para hablarse veras que para casarse, para que el querer cuidarse el uno al otro no se convierta en una suma de secretos y de torpezas, para hacer que comunicando se espanten el uno al otro los miedos, para no callar y así multiplicar el miedo propio con el miedo del otro, y quizás todo esté ya en esta escena en la escalera, pero no basta que todo esté ya ahí, hasta la evidencia lleva su tiempo, hasta la evidencia se aprende, si es que llega a aprenderse, así que la película seguirá, de escalera en escalera, de casa en casa, de miedo en miedo, de secreto en secreto, demorándose, insistiendo, volviendo a empezar una y otra vez la belleza y los errores del amor, hasta que las cosas se vuelvan, al menos por un momento, sencillas, hasta que sintamos que quizás ahora sí están juntos, que al fin, más allá del matrimonio, llegaron el uno al otro. 
(Bad Girl, Frank Borzage)