domingo, 18 de octubre de 2026

los paraguas

Un hombre y un niño bajo un mismo paraguas. ¿Serán padre e hijo? ¡No! ¡No se conocen de nada! Lo que pasa es que se ha largado a llover, un auténtico aguacero, y al niño le ha pillado de vuelta del cole, camino a casa. Así que el niño corre bajo la lluvia, empapándose, buscando refugios por un instante, como nos pasa a casi todos cuando la lluvia nos pilla desprevenidos y corremos de cornisa en cornisa, de marquesina en entrada de un bar. El niño, porque es niño, y además muy lanzado, hace lo que nosotros quizás pensamos pero no hacemos: zas, se arrima de pronto a un señor con paraguas y se agarra a él, como si lo conociese, para tener un segundito a cubierto. Luego, el niño echa a correr de nuevo y se refugia bajo un paraguas sin persona. Está colgado en lo alto, sobre la puerta de un comercio que debe de ser, suponemos, una tienda de paraguas. 

Apenas veinte segundos de un niño corriendo bajo la lluvia, de refugio en refugio, y, sin embargo, ¡qué alegría verlo! Alegría por el ingenio del niño. Alegría por la invención del cineasta. Una alegría de juego en la precariedad. Una alegría como de Charlot. El niño, en realidad, pasa mucho tiempo solo, porque su madre trabaja en un bar nocturno. Es, dentro de la que cabe, un niño afortunado. Hay otros niños y niñas que aparecen brevemente en la película y que tienen menos suerte. Recorren como vendedores ambulantes o como cantantes los bares nocturnos, esperando alguna moneda de adultos borrachos. Este niño, en cambio, por la noche duerme en su futón, aunque se lo tenga que preparar él y no su madre, y durante el día va al cole. Los adultos, a su alrededor, están más o menos atentos a él y le tienen cariño. La atención de esos adultos me hizo pensar en algo hermoso que leí el otro día. Era alguien que, a su vez, citaba a alguien respondiendo a la pregunta: ¿para qué sirven los niños? Y la respuesta era: "para cuidarlos”, es decir, para hacer de nosotros seres cuidadosos. 

Los adultos, en relación con este niño, son cuidadosos, y se nota que les hace felices ser cuidadosos, pero lo son, porque la vida es así, porque hace falta ocuparse de otras cosas, de manera intermitente. Y sentimos que ese niño que corretea de paraguas en paraguas es algo alegre de ver pero también algo muy pequeño y frágil en la gran ciudad, algo que podría, como pasa en la película, hacia el final, perderse. O, más bien, ser perdido, pues en realidad el niño no se pierde, sabe muy bien dónde está, feliz yendo de pesca con otros adultos cuidadosos que lo llevan en su barcaza, pero su madre y los vecinos no tienen ni idea y los espectadores estamos del lado de ellos, ignorando que, una vez más, a pesar de lo que se podía temer (y con razón), el mundo está siendo cuidadoso con el niño y el niño le está ofreciendo al mundo el don de su confianza sin sombras. 

Antes, mucho antes de esa desaparición del niño, justo antes de que lo veamos corriendo bajo la lluvia, de paraguas en paraguas, vemos a su madre, Yukiko, que es la protagonista de la película, en casa de una amiga, Shizue. Shizue es una antigua compañera de trabajo de Yukiko en los bares nocturnos y ahora es la amante, o la "mantenida" de un hombre mayor, un comerciante que, aun desdentado, sonríe lleno de energía emprendedora. Shizue contrasta con Yukiko. En Yukiko se nota el esfuerzo por salir adelante y cierta reserva interior y moral. Shizue, por su parte, parece haber sido particularmente hábil para, en el mundo incierto y precario en el que le ha tocado vivir, en el aguacero de dificultades que han sido la guerra y la posguerra, ir pasando de paraguas en paraguas, de seguridad en seguridad. Lo ha sabido hacer, además con el desparpajo y la alegría del niño agarrándose a un desconocido. 

Durante la visita de Yukiko, ella, Shizue y el "protector" de Shizue hablan de Fujimura, que fue "protector" de Yukiko y que en otro tiempo andaba montado en el yen pero ahora está muy venido a menos. Nosotros ya hemos visto a Fujimura. Es un señor al mismo tiempo simpático y triste, un poco patético. Al principio de la película, ha visitado a Yukiko. Le ha hablado de un trabajo de vendedor que ha conseguido. Ha ayudado a Yukiko a ajustarse la faja del kimono y, por un momento, sus manos han tenido el reflejo de acariciarla como en otro tiempo, pero al instante ha recordado que ese tiempo ya pasó y se avergüenza. Al irse, como de refilón, como quien no pensaba hacerlo, le pide algo de dinero a Yukiko y esta se lo da. Fujimura, antiguo paraguas de Yukiko, ha venido, por un momento, a buscar refugio junto a ella, pero a sabiendas de que es apenas un instante y de que, al poco, toca salir de nuevo a la intemperie.

Después, yendo por la calle, Fujimura se encuentra con el niño. Pretende darle algo de dinero suelto pero se da cuenta de que sólo tiene los billetes demasiado grandes que le ha dado Yukiko. El niño le dice: si compras algo, tendrás cambio. Fujimura se ríe con lo listo que es el niño. Y, poco después, vemos al niño mostrándole a su madre un libro que le ha comprado Fujimura. Baile de los paraguas: Fujimura, que en otro tiempo fue paraguas de Yukiko, ahora va bajo la lluvia de la precariedad y busca, por un momento, refugio junto al paraguas Yukiko, pero, a su vez, Fujimura, aun empapado por el fracaso, no puede evitar la tentación de ser, modestamente, con un pequeño regalo, paraguas para el niño. 

Claro que lo más seguro cuando llueve no estar bajo un paraguas, sino bajo techo, bien resguardado. Las mujeres de la película lo saben. Saben que existe otro mundo donde no hay que ir de paraguas en paraguas, donde la lluvia de la precariedad no determina el curso de los días y las noches. Un mundo de seguridad económica al cual ellas sólo podrían llegar gracias a un matrimonio, pero que, al mismo tiempo, por su condición social, por los trabajos que hacen, es algo casi imposible. Aún así, de pronto, la película pega un quiebro y, junto con Yukiko, se pone ensoñadora, se pone irrealista. Aparece Kyosuke, un amor de provincias de Shizue (un amor del lugar en el que ella se refugió durante la guerra), y esta le pide a Yukiko que por unos días se ocupe de él, porque ella no puede. Kyosuke resulta ser un hombre con cara de niño, con gafas, un poco atolondrado y pudibundo, amante de la poesía y de la astronomía. Es la encarnación, al mismo tiempo tierna y un poco ridícula, de la "pureza". Y, también, de la seguridad. No un hombre paraguas, un hombre techo.  

Al llegar Kyosuke, hay algo que cambia en el tono de la película. Es, quizás, cosa de la mentira. Ya había mentiras en la película, pero eran mentiras como a cara descubierta, mentiras dichas a sabiendas de que eran mentiras, de que la sociedad entera es un tejido de mentiras y sobreentendidos. Los personajes que hemos visto hasta ese momento viven en las bambalinas del mundo "respetable" (¡se está llenando de comillas este texto!) y en las bambalinas no hace falta disimular demasiado, se sabe que todo es truco, que todo es cartón piedra. Al pretender hacerse pasar a sí misma y a Yukiko por mujeres "respetables", Shizue introduce otra forma de mentira y tiñe la película, por un momento, con la ligereza del enredo. Es como si Yukiko, durante dos días, se metiese a vivir en una película diferente, en una película con otras reglas, con otros finales posibles. 

Aunque en realidad nunca acaba de estar claro en qué película estamos. Hay algo que se resiste a las categorías y a lo previsible. Quizás sea por cómo la película se balancea, sin decantarse nunca,  entre la dureza y lo ligero. Por momentos, parece que las cosas pueden ir realmente mal, pero siempre queda un resquicio para escabullirse y para, incluso, pensar que no era para tanto. En otros momentos, la película se aligera y se adivina, en el horizonte, la posibilidad de una felicidad tranquila, pero al final esa felicidad se escabulle o se queda fuera de campo. El mundo en el que viven los personajes es así: por momentos parece que no se puede contar con nadie y por momentos se puede contar con los otros. No hay una verdad definitiva en la bondad pero tampoco en la mezquindad. Quizás sea porque la película, por instinto, capeando la lluvia del mundo que nos muestra, acierta a ir saltando, cada poco, de gesto cuidadoso en gesto cuidadoso, de momento paraguas en momento paraguas, pero sin que dejemos de sentir, al mismo tiempo, la lluvia alrededor. 

Al final de la película, Yukiko toma conciencia de que sólo hay una persona con la que pueda contar plenamente: su hijo. Y nosotros pensamos que toda su vida está construida en torno al cuidado de su hijo, como en tantas películas de madres solitarias y valientes, y que de entrada sería más evidente decir que sólo hay una persona con la que puede contar plenamente su hijo: ella. Pero entonces puede que nos preguntemos si ese tener que cuidar al niño, en cierto modo, no la cuidará a ella misma. Quizás, visto así, el cuidar no sea un deber, sino una necesidad. No porque necesitemos ser cuidados, que también, sino porque algo en nuestro ser hace que necesitemos, también, cuidar, y si eso no sucede nos quedemos, de alguna manera, incompletos. 

Yukiko, al final de la película, siente que ha perdido su ensueño de una vida segura y amorosa junto a Kyosuke. Pero siente, también, que ha perdido a su joven amiga, a aquella a la que protegía en el bar nocturno y que, finalmente, se irá con Kyosuke y será, ella sí, la habitante de un mundo seguro. El vacío que, por un momento, siente Yukiko, ¿es más por la pérdida de Kyosuke o por la pérdida de su amiga? ¿Por la pérdida de la seguridad y del amor o por dejar de ser paraguas? A la intemperie, buscamos paraguas bajo los que refugiarnos, aunque sea por un momento. Pero, al mismo tiempo, quizás los paraguas, y aquellos que los sujetan, o los sujetamos, estemos ahí, sabiéndolo o sin saberlo, esperando a dar refugio a alguien que está a la intemperie, para sentirnos del todo paraguas, para ser del todo lo que somos. O, quizás, no esté tan claro quién necesita y quién es necesitado, quién es paraguas y quién es niño buscando refugio.

(Ginza keshô, Mikio Naruse)

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