domingo, 26 de julio de 2026

el cuerpo

Ahora, ahí, en la hierba, hay chicas. En la película hay, también, chicos. Son diferentes e iguales. Una igualdad: tienen cuerpo. De siempre lo tenían, pero ahora lo descubren. De los cuerpos, hablan. Ellos hablan de los cuerpos de las chicas. Ellas, de sus cuerpos de chicas. Uno de los chicos dice: quiero pintar un cuerpo desnudo. También: soy pintor pero ante una estatua desnuda siempre miro al mismo sitio. Una de las chicas dice: qué insoportable tener la regla. Otra le toca los pechos a una amiga y dice: qué grandes los tienes. Luego, burlona, aprovechando la ausencia de la profesora, dibuja en la pizarra de clase a sus amigas. Dibujos esquemáticos: cabeza y pechos. Hay pechos grandes. Hay pechos pequeños. Los dos son motivo de burla. Burla que disimula, quizás, asombro e inquietud. O quizás no sea un disimulo. Quizás la burla sea como un estallido de ese asombro y de esa inquietud que van por dentro. Quizás la burla sea como el grano que tiene uno de los chicos, el pintor, y que otro amigo le quita con las uñas. Algo que, de pronto, ha salido del cuerpo hacia afuera, se ha hecho visible. Algo que no se quiere ver, que hay que quitarse de encima. 

Chicas y chicos tienen cuerpo y con el cuerpo hacen muchas cosas: saltan, corren, hacen el pino, nadan. Pintan, también. Cantan. Ríen. Lloran. Y se tumban. Eso lo hacen a menudo. Se dejan ir hacia atrás, para quedar tumbadas y tumbados, con las manos bajo la cabeza, los pies a veces cruzados, a veces no. Ese movimiento de dejarse ir hacia atrás no parece una caída ni una debilidad. Se echan así, la espalda contra el suelo, cuando están llenos de vida. Es como tener tanta vida dentro que el cuerpo se va hacia atrás para ser, para no ser nada más que ser. Lo hacen en las casas, cuando están estudiando o hablando juntos. Lo hacen en el campo, cuando pasean, cuando son felices, cuando la hierba de la primavera los llama. Es, diría, la posición del puro presente. No se hace nada. Se está vivo, allí, entre la tierra y el cielo. 

A veces, a esos cuerpos tumbados les salen canciones. Las canciones les desbordan. Hay una canción que va de boca en boca, de momento en momento. Una primera vez la cantan los chicos y se unen las chicas. O, más bien, se unen casi todas las chicas. Una, Kumiko, parece feliz de estar allí, con los amigos que cantan, pero no canta. Está y no está con ellos. Quizás se siente feliz pero, al mismo tiempo, se siente feliz como desde afuera. No está del todo con su cuerpo. No está del todo con su felicidad. Cuando se siente eso, no se puede cantar. Sin embargo, luego vuelve a casa y canturrea la canción cuando se baña con su hermana pequeña. La canción, el presente de la felicidad, le llega como a destiempo. Quizás sea, ahora que lo pienso, porque ella es medio nueva en ese grupo de jóvenes en el que todos parecían conocerse bien. Ella, esa tarde, acaba de descubrir una manera feliz de ser jóvenes y de estar juntos. Lo nuevo la sorprende. Quizás no sabe si esa felicidad es también para ella. A veces es difícil llegar a un grupo que ya existe. O quizás lo que no sabe es si esa felicidad es buena. O, más bien, siente que es buena pero a pesar de todo desconfía. Desconfía de lo que siente. Su cuerpo y su ánimo le dicen que algo es bueno pero, aún así, algo le impide sentirlo del todo, confiar en la sensación. Tiene una desconfianza heredada de su madre, una desconfianza que no es suya, que está como pegada sobre su verdadero ser. 

Kumiko, aún así, tiene un instinto para la felicidad. Hay que verla, por ejemplo, atenta a un pajarito. Hay que verla leer. Hay que verla saltar. Kumiko, como sus amigos, siempre está atenta al mundo que la rodea. ¡Qué gracia, por ejemplo, ver a una cabra! Son, quizás, restos de infancia. Un asombro que todavía se tiene, que toma un color nuevo. ¿Un brillo que se vuelve más intenso antes de desaparecer? No lo sé, quizás no. 

Kumiko y las demás se fijan en los pajaritos y en las cabras, pero también se fijan en lo que sucede alrededor en el pueblo. Se fijan, por ejemplo, en los amores de otras chicas. Y saben que no lo saben todo de la vida que tienen por delante y que tampoco lo saben todo de esos cuerpos que tienen, que descubren. Es raro eso del cuerpo. Se tiene desde el primer hasta el último momento de la vida y, al mismo tiempo, nunca se lo acaba de conocer del todo. El cuerpo tiene sus secretos. Los adultos, que conocen algunos de esos secretos, que creen conocerlos, no quieren desvelarlos. Esta es una película llena de secretos. Lo que los adultos saben y los jóvenes no. Lo que los jóvenes saben y los adultos no. Lo que el cuerpo ya sabe pero la mente todavía ignora. No hay en esta película nadie que lo pueda saber todo. La edad da saberes nuevos pero también quita otros anteriores. 

La madre de Kumiko se niega a decirle a su hija cómo se hacen los niños y entonces uno se pregunta a quién le están negando el saber, si es sólo a su hija o también a sí misma, como si no diciéndolo pudiese enterrar su propio cuerpo, su propia experiencia, como si de veras sólo existiese lo que es dicho, lo que es nombrado. La película, claramente, piensa que eso es un error y que tiene que decirlo. Piensa que no hay que tener vergüenza del cuerpo, que no hay que convertirlo en secreto, y piensa, también, que hay secretos que sólo hacen daño. Aunque, al mismo tiempo, nos dice que los jóvenes necesitan su parte de secreto, necesitan poder vivir parte de sus vidas fuera de la vista de los adultos, de esos adultos que exigen saberlo todo y que, al mismo tiempo, se arrogan el derecho a no decir todo lo que saben. La escuela enseña a los jóvenes lo que hay que decir (las respuestas a los exámenes) pero también lo que hay que callar. Y parece que, para la escuela, aprender a callar es aún más importante que aprender a decir. 

Hacia el final, el pintor ayuda a Kumiko con sus exámenes, con aquello que hay que saber decir. Él adivina cuáles serán los temas del examen. Ella aprueba y viene a darle las gracias. Él está gritando en lo alto de una colina. Acaba de terminar un cuadro y grita porque terminar un cuadro le desborda por dentro, porque acabar un cuadro es algo que se siente también con el cuerpo. Cuando ella llega, él ya no no grita, pero le enseña el cuadro. Luego, los dos caen en la hierba. Primero él, oliendo la hierba, luego ella, para olerla también. Es un olor que me hace sentir como si mi cuerpo se volviera más pequeño, dice él. Me dan ganar de hacerme una bola, dice ella. Luego se echan, cada uno de su lado, sobre la espalda, con las manos bajo la cabeza, los pies cruzados. Están en lo alto de la colina, bajo el cielo, y ciertamente el mundo parece grande a su alrededor. Empiezan a jugar, tumbados, cada uno girando sobre sí mismo, riendo. La cámara les acompaña cuando ruedan y esos movimientos son, la verdad, muy hermosos. Parecería que la cámara es tan feliz que tiene que acompañarlos, moverse con ellos. El movimiento produce felicidad. Es un baile al que nos invita la película. Queremos que no acabe nunca y, al mismo tiempo, sabemos que va a acabar. Ella sigue riendo. Él se para. Se acabó el movimiento. Él se incorpora un poco. La mira reír. Ella gira la cabeza y le ve mirarla. Deja de reír. Repentina seriedad de él y de ella. El cielo tras él. La hierba tras ella. La sombra de él viniendo sobre ella. Él besándola. Ella apartándose. Una sandalia cayendo. Ella levantándose, la mano ante su boca recién besada. Ella corriendo colina abajo. 

Ese beso es una herida para Kumiko. Lo vemos. Lo sabemos. Los otros personajes notan que ella no está bien, pero no saben la causa. ¿La sabemos nosotros? Sabemos el momento, sabemos el beso. Pero, ¿qué sabemos en el fondo de lo que siente Kumiko? ¿Acaso nosotros, por ser espectadores, sabemos más que los personajes? ¿No nos enseñaría más bien la película a no creernos tan listos, a dejar un poco de aire, un poco de vida y de secreto, a los personajes? Un médico, padre de uno de los chicos, voz de la razón en la película, el personaje que, por momentos, nos dice lo que hay pensar, dice, hablando de la crisis de Kumiko: hay que ayudar a los jóvenes a vivir su adolescencia con alegría y tacto. Quizás no sea la traducción precisa, pero no suena mal: alegría y tacto. ¿No nos invita a eso la película? Alegría del movimiento acompañado, tacto del secreto respetado.

Al final de la película, han llegado las vacaciones. Las chicas y los chicos nadan en un lago. Se suben a una plataforma de madera que flota sobre el agua. Una chica y un chico se tumban. Los otros dos se sientan. Están felices y el bañador les dibuja el cuerpo como no lo habíamos visto hasta entonces. Hay una nueva ligereza en ellos. Pero no están todos. Faltan dos. Falta el pintor, que, según cuenta en una postal, se ha ido a la ciudad a estudiar su arte. Falta Kumiko. Kumiko, que al principio no cantaba con los otros, que cantaba a destiempo, ahora no está con ellos. Pero llega por el borde del lago, con un vestido blanco y un sombrero. Sus amigos la ven. Gritan. Saludan. Ella sonríe y les saluda. Ellos saltan al agua. Vienen nadando hacia ella. Ella sigue sonriendo y, desde dentro, desde el cuerpo, desde el corazón, la sonrisa se le vuelve risa. 

(Haru no mezame, Mikio Naruse)

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