viernes, 17 de julio de 2026

la hormiguita

Son un matrimonio. No un matrimonio feliz, ya lo adivináis. ¿Por qué lo adivináis? Por cómo están sentados, ¿no? Porque se dan la espalada. Si el uno quiere mirar al otro, tiene que girar la cabeza y los hombros. Son miradas que dicen: te miro, pero preferiría no mirarte. Han llegado a esa fase: no pueden ni verse. Es como si, al verse, les diesen arcadas, arcadas de la mirada. La mirada es cuerpo. Se mira con los ojos, pero también con la cabeza, con el corazón, con el estómago. A veces, el cuerpo rechaza lo mirado. Lo visto no entra, la cabeza, el corazón, el estómago, no pueden recibirlo. La mirada vomita. 

¿Cómo han llegado ahí los personajes? No han llegado solos. No se trata, simplemente, de lo que pasa entre ellos. Lo que pasa entre ellos es lo que pasa entre todos aquellos que los rodean, lo que pasa en todas las direcciones, en toda una pequeña suma que va desgastando. Son, en gran parte, cuestiones de dinero. Pero el dinero no va solo. El dinero va, también, con sus miradas. ¿Cómo forzar o rechazar un préstamo, por ejemplo? Cuando el marido siente que tiene que rechazar el préstamo que le pide su hermano, lo que hace es irse de casa y dejarle el problema a su mujer. A su mujer la llama su suegra. Y la suegra le habla. Y la mujer dice que no se opondrá al préstamo, si el marido está de acuerdo. ¿Lo ha dicho convencida por las palabras de la suegra? ¿O lo ha dicho, más bien, porque estaba ante la mirada de la suegra? Por algo los personajes viven en esa casa como intentando escapar a la mirada de los demás. Cada mirada ajena es una derrota. 

En la casa viven, de entrada, la mujer, el marido y la suegra. Al poco, llegan también el cuñado, la cuñada y la sobrina. La casa se llena de gente. La casa se llena de miradas. Las paredes se vuelven un pequeño laberinto donde los unos se ven a los otros pero intentan, también, no ser vistos. Ocultarse a la vuelta de una esquina. Ver surgir, a la vuelta de otra esquina,  una mirada no deseada. Nada pasa sin rebotar en una mirada ajena. Cuando los personajes quieren escapar a las miradas, se refugian en la trasera de la casa o se van a otros lugares, a otras cosas, a otras miradas, miradas amigas que no pesan.

Las miradas de la casa, esas miradas que no dejan respirar, no son, en realidad, miradas insistentes. Son miradas fugaces. Tienen la velocidad de un pájaro picoteando. Son como miguitas de mirada. Es ver sin ver de veras. Y, para el que es visto, un ser visto sin ser visto de veras. Son miradas alfiler. Miradas gotita que desgastan sin dar de beber. Día tras día, gotita tras gotita, mirar sin ver de veras, ser mirado sin ser visto de veras, y el sentimiento del propio valor, de la propia humanidad, secándose poco a poco por no ver, por no ser visto. Y una sed de otras cosas, de una verdadera mirada, una mirada en la que reconocerse, que crece y crece. 

Las miradas, a menudo, suben desde un no mirar, alcanzan un mirar y, casi al instante, vuelven a bajar, vuelven al no mirar. Se podría decir que esta es una película sobre ojos que suben y ojos que bajan, y el instante fugaz en el que miran. Si uno se fija, parecería que los ojos se pasan la mayor parte del tiempo sin mirar, que nuestra vida es, en su mayor parte, un no mirar. Como aquello que dicen de los futbolistas, que en realidad el tiempo que un jugador pasa en un partido con el balón es mínimo, que la mayor parte del tiempo está sin el balón. Acá, la mayor parte del tiempo los personajes viven la vida sin mirarse. Y se entiende que vivan así, la verdad, porque en esta película casi siempre que ven o son vistos las miradas desgastan al que ve y al que es visto.
 
La película misma está hecha de planos breves que pinchan como alfileres. Es una película que parece mirar a sus personajes también con miradas fugaces. Sin embargo, cada plano mira, mira de veras. Aunque también es cierto que parecería que cada plano, al mirar de veras, lo que hace es guardar un miguita mínima de verdad, una miguita que no da para vivir, que no da para saciar el hambre, que no da, quizás, ni para abrir el apetito, el apetito ese que vendría comiendo. Es una película hormiguita. Miguita a miguita, avanza la hormiguita. Gotita a gotita. Y entonces sucede que llueve. Y a la hormiguita Naruse se diría que nada le gusta tanto como la lluvia. Las gotitas cayendo, pero cayendo todas juntas. Abundantes. Sin contar. Y, al resguardo de la lluvia, caen otras miradas. Son, de nuevo, miradas fugaces. Miradas que apenas por un instante se cruzan y que luego se pierden, como gotas en la lluvia, en la innumerables miradas fugaces de la vida. Pero luego, a partir de ahí, empezará a haber otras miradas, empezará a haber un mirarse de frente en vez de mirarse de costado o fugazmente desde abajo. Y no sabremos si, al cambiar las miradas ha cambiado la vida o si, al cambiar la vida han cambiado las miradas. Pero será como una primavera para la hormiguita que ha conseguido pasar el invierno. La primavera del ver y del ser visto. La primavera, también, del mirar juntos hacia los demás, hacia el presente, hacia el porvenir. 

(Tsuma no kokoro, Mikio Naruse)

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