Esta es una película que vive junto a un río. Un río en el que juegan o pescan los niños. Un río con piedras pulidas por la corriente. Piedras y más piedras que se extienden ante la vista como campos sembrados y que algunos trabajadores cargan en camiones. Un río con una ribera cubierta de cemento, ya sin piedras ni plantas. Un río frontera: allí, del otro lado, está Tokio, se dice, aunque ni se ve ni se adivina. Tokio cercana y lejana. Un río y, a su vera, cuerpos que sudan, que lloran, que beben, que comen helado, que cocinan al vapor, que sacan agua del pozo. Cuerpos de agua. Agua que se gana, agua que se pierde, y vuelta a empezar.
Ahora es casi el final de la película. Es de noche, un día festivo. Gente y más gente ha venido al río. Llevan barquitos. Barquitos no para que navegue la gente, sino para poner sobre ellos fuegos pequeños, protegidos por una estructura que imagino de papel. Cada una de las personas deja su barquito en el agua y lo mira irse. Miran, por así decir, la espalda del fuego. Al fuego, al ponerlo en un barquito, le nacen una cara y una espalda. La espalda se aleja hasta perderse entre los demás fuegos, hasta no distinguirse de los otros. Todos esos fuegos se alejan por el río, juntos, para siempre, para no volver. Hasta que, imaginamos, al año siguiente regrese la fiesta, regresen los fuegos, que serán los mismos y serán otros, y que una vez más se alejarán y desaparecerán.
Ahora, en este momento, el fuego más cercano a nosotros, aquel que apenas empieza a alejarse, lo ha dejado en el río una chica que trabaja en la ciudad de enfermera. El fuego, llevado por la corriente, pasa delante de un hombre y de una mujer. Entre la enfermera y el hombre hubo un amor. Un amor que, hace apenas unos meses, se perdió, llevado por una corriente sin vuelta atrás, pero del que se adivina todavía, en la distancia, la espalda, inalcanzable pero todavía visible. Hay amores que, aunque se pierdan en un instante, se alejan lentamente. Era un amor del que, la verdad, vimos más que nada la dificultades, las imposibilidades antes que la posibilidad. Los dos se querían pero la familia de él no aprobaba que estuviesen juntos, porque tenía mala reputación la hermana de la enfermera. La enfermera y el hombre se veían a escondidas y, al verse, lo presente entre ellos era la dificultad, no la ternura ni el deseo. El centro del amor ya era su imposibilidad. Para separarlos y evitar cualquier sorpresa, la familia del hombre le arregló con prisas un matrimonio concertado con otra mujer. Un día, el hombre, queriendo huir de ese matrimonio inminente, vino a buscar a la enfermera para que los dos se fuesen a vivir juntos a Tokio, donde ya vivía ella trabajando. En Tokio, había dicho ella en otro momento y lo repetía él ahora, serían libres. Tomaron juntos el autobús hasta la estación de tren. En el autobús notábamos que a ella le iba creciendo algo, quizás una duda, quizás una certeza. En la estación, ella decidió que no podían hacer las cosas así, que no podían dar un paso que ya no tendría vuelta atrás, que los arrastraría como la corriente. El hombre se quedó en la estación y vio cómo el tren se alejaba con la enfermera. El tren que se alejaba era un tren bastante modesto pero, aún así, se iba en él toda una vida posible, una vida que ya nunca sería, que ya no tenía vuelta atrás.
Ahora, el hombre está allí, junto a la mujer con la que finalmente se casó, y el fuego pasa por delante y se aleja. La enfermera tiene la mirada perdida pero luego la levanta, en dirección al barquito, y entonces ve al hombre y a la mujer. Ve una vida que, como el barquito, se le alejó. Su rostro se queda serio. La madre de la enfermera, que está junto a ella, ve al hombre y a la mujer y luego vuelve la vista hacia la enfermera, hacia su seriedad. Entonces la enfermera mira a su madre. En el rostro de la enfermera aparece una sonrisa, una sonrisa quizás forzada pero que, en el momento mismo, se vuelve real o se vuelve, al menos, una forma de fortaleza. Como si la mirada de la madre, de alguna manera, fuese un ancla, algo presente y que permanece. Entonces, la enfermera propone que se vayan, tomando una dirección que les hace darle la espalda al hombre. Sólo entonces el hombre gira la mirada. Su mirada va a contracorriente del río y comprendemos que ve a la enfermera. Podría entonces la película mostrarnos a la enfermera y a la madre desde el punto de vista del hombre. Podríamos ver las espaldas de ellas alejándose, como el tren, como los fuegos. No es eso lo que vemos. Las vemos venir. La enfermera pasa de largo frente a la cámara. Vemos el rostro de quien decide dar la espalda a un futuro perdido, dejarlo en el pasado. Es como ver el rostro de un fuego en la corriente. Un rostro que nadie verá. Pero la madre, que la sigue, antes de pasar delante de cámara, mira, una vez más, hacia atrás, hacia el hombre, como midiendo para sí misma y para nosotros la distancia con el pasado, la distancia de lo inevitable, de lo que no tiene vuelta atrás. Entonces, el hombre se levanta, mirando, suponemos, hacia ellas que se alejan. Y a su mirada responde, luminoso, sorprendente, un plano de la enfermera saludando sonriente, como si le saludase a él. Es como si en la imaginación del hombre se diese un repentino regreso al pasado. Un plano inesperado en una película que, hasta ahora, había avanzado en un riguroso presente. Pero la ilusión no dura. El plano siguiente la desmiente. A quien la enfermera saluda es a su madre. Ha habido una elipsis. Se está despidiendo de la madre para regresar, junto con su hermana, a la ciudad. Si la ilusión o el recuerdo aparecen, inesperados, luminosos, es para ser negados, para ser barridos por el presente que no se detiene.
La vida como río. La vida como tren que avanza. ¿Los trenes no son, el fondo, como los ríos? ¿No siguen los trenes y los ríos su curso, siempre en movimiento y, al mismo tiempo, siempre iguales, en el mismo lugar? Si la idea de que uno no se baña nunca en el mismo río tiene su gracia, su gracia vertiginosa, es porque ese río que no es el mismo es, también, el mismo, porque la frase es verdadera y es falsa al mismo tiempo. Si nacieron pueblos y ciudades al borde de los ríos y, más tarde, al borde de los ferrocarriles, en torno a las estaciones, ¿no fue acaso porque los ríos, como las vías del tren, permanecen, porque son, dentro de lo que cabe, fiables? A la vera de lo que se aleja, construir lo que permanece, aquello a lo que se puede regresar. Esta película siempre permanece en la pequeña ciudad y sus alrededores. Aunque una parte esencial de la historia transcurra en Tokio, nunca vemos la gran ciudad. Vemos las consecuencias de esa parte ausente de la historia en la parte visible que transcurre en la pequeña ciudad. Pero, al mismo tiempo, los momentos que vemos de la pequeña ciudad son aquellos en los que las dos hermanas que viven fuera regresan. Esta es una película de regresos y de partidas. Es una película sobre un lugar al que volver y del que irse. Un lugar del que desear irse y al que desear volver, en un perpetuo ritmo de ida y vuelta, como el tren que se va y vuelve y se vuelve a ir y vuelve a venir, y de eso se trata, esa es su vida de tren. Como los barquitos y los fuegos que cada año reaparecen y se vuelven a alejar, y son otros que el año anterior pero también son los mismos. Las hermanas también vuelven iguales y diferentes. Son ellas mismas y al mismo tiempo cambian. ¿Y, en la pequeña ciudad, a cada regreso de ellas, los que no se han movido, los que han permanecido allí, han cambiado o siguen siendo los mismos? ¿Qué corriente lenta los has ido arrastrando, los seguirá arrastrando? ¿Qué vida de río es esa que llevan, siempre en el mismo lugar, sin saber cómo cambiar su curso, apenas capaces de desbordarse y de volver, de nuevo, a su lecho, a su curso de piedras y cemento, añorando y envidiando la visita de los barquitos que ellos mismos empujan a lo lejos, como si quisiesen alejarlos para siempre pero deseando que, una vez más, regresen, sabiendo que el pasado no regresará pero esperando que los barquitos, a pesar de todo, una vez más, reaparecerán?
(Ani imōto, Mikio Naruse)
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