El cine sonoro ha inventado el silencio.
Robert Bresson
Primero hemos visto a una mujer, sentada en un banco en la calle. Hemos visto, ante todo, su rostro. Mientras, oíamos una música. Una canción con órgano, creo. Una canción con voz. Luego hemos visto a dos hombres, uno más mayor, otro más joven, hablando, fumando, el mayor cigarrillos, el más joven en pipa, en un lugar con árboles, quizás un bosque, quizás un parque. Hace frío. Por momentos se quedan callados, por momentos vuelven a hablar. Es una conversación como descosida, como buscando lo que pueden decirse. Y, de pronto, se va todo el sonido. Y nos quedan sus rostros, sin palabras. Y sentí que veía esos rostros con una intensidad particular, como si estuviese viendo un retrato del siglo XVII, un retrato de Rembrandt, por ejemplo, esa sensación al mismo tiempo próxima y distante, esa sensación de que en el rostro está contenida toda una vida pero no bajo forma de historia, de otra manera, un rostro que parece hecho de capas de pintura, de capas de tiempo, de días vividos. Entonces, al cabo de un momento, pensé: quizás sea el silencio. Han estado hablando para que pudiese hacerse el silencio y en el silencio apareciesen de pronto, únicos, esos rostros, esos retratos. Pero ese silencio que hace ver los rostros es un silencio que no existiría sin las palabras que le preceden. Nos acostumbramos, quizás, a que en el cine el silencio esté ahí para que oigamos mejor las palabras, para que las escuchemos, como si el silencio fuese el estuche y la palabra fuese la joya, pero puede ser que no, puede ser que las palabras estén ahí para que oigamos el silencio y, sobre todo, para que lo veamos, para que veamos lo que sucede en el silencio, en los momentos aparentemente muertos, perdidos, en los momentos en los que el tiempo pasa sin que haya un sentido. Y también el rostro de la mujer, cuando volvamos a verlo, será diferente, y será otro su silencio, será también un silencio tras las palabras, o un silencio sin las palabras. Pensé, después, que la película se titula "un ange passe" y que esa expresión, como en español "ha pasado un ángel", se refiere a esos momentos en los que, de pronto, en medio de una conversación, se hace un silencio inesperado, y que quizás lo que la película quería filmar era ese ángel invisible que pasa en los silencios o, más bien, puesto que el cine tiene que trabajar con lo visible, las huellas visibles de la presencia de ese ángel invisible. Y por eso lo que filma el cineasta son conversaciones deslavazadas, conversaciones sin dirección clara, conversaciones bajo la presión de la cámara que filma, que hace improvisar, para filmar no la palabra improvisada sino todo aquello que la improvisación provoca alrededor de la palabra, hermosos gestos desvalidos, sonrisas inquietas, miradas perdidas y miradas hacia dentro. Es muy poca cosa lo que busca la película, creo, es algo que no se puede tocar, que casi ni se puede ver, y por eso tiene que ser tan cuidadosa, abstenerse de tantas cosas, porque lo que busca es poca cosa y nada es más difícil de ver y de oír que la poca cosa, a la poca cosa hay que buscarla con cuidado porque no se deja ver con facilidad y además puede desvanecerse en un instante. Pensé, también si esa poca cosa tenía que ver con lo que, a pesar de lo deslavazado de las conversaciones, parece ser uno de sus dos ejes (unos ejes frágiles, casuales), el psicoanálisis, esa búsqueda, precisamente, de lo que no está exactamente en las palabras, sino bajo ellas, o entre ellas. Psicoanálisis de un lado y poesía del otro. La poesía de las canciones que escuchamos pero también la poesía que los dos hombres recuerdan, fragmentos de poemas, palabras con las que viven, que pueden decir de memoria (porque sentimos que las palabras les ayudan a vivir), palabras que resuenan, que se repiten, palabras que vuelven y no se pierden pero que, al mismo tiempo, nunca acaban de ser comprendidas del todo, nunca se agotan. Y está, también, ahora que lo recuerdo mientras escribo, otro ángel que pasa, otra forma de silencio, que es el ruido, el ruido repentino que ahoga a las palabras, y no sabemos si el ángel del silencio y el ángel del ruido son el mismo ángel, si son dos caras del mismo ángel, o si son ángeles hermanos, quizás hermanos que se quieren, quizás hermanos enfrentados pero que, en el fondo, provocan lo mismo, que veamos intensamente los rostros y que sintamos lo invisible en ellos, alrededor de ellos, en nosotros.
(un ange passe, Philippe Garrel)
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