miércoles, 21 de enero de 2026

el filo de la mesa

¿Para qué sirve una mesa? Esa es fácil de responder, ¿no? Para poner vasos, como ese que se ve ahí a la izquierda. Para poner platos. Para apoyarse y escribir. Para muchas cosas, en realidad. Y, también, este plano nos lo enseña, para dividir el espacio. Arriba y abajo. Visible y oculto. Allí arriba están los rostros, visibles. Allá abajo están las manos, ocultas. Las manos del hombre retuercen un cigarrillo. Las manos de la mujer retuercen un pañuelo. Los rostros intentan ocultar sentimientos y ansiedades pero las manos, ocultas, los hacen visibles. Aunque, en realidad, todo se ve también en los rostros, pero los personajes están tan perdidos en sus propias ansiedades que son incapaces de leer nada en el rostro que tienen delante y para nosotros, los espectadores, es hermoso y divertido, quizás perversamente divertido, el ver así, evidenciado por la mesa, por su manera de separar el espacio, que hay algo que se oculta, que el sentimiento es aquello que no se dice. El mundo, en esta película, parece tener siempre doble cara, como esa postal improbable que recibe la protagonista, postal enviada por su hermana y su cuñado, que por una cara tiene la versión de la hermana y por la otra tiene la versión del cuñado, que es una crítica de la versión de la hermana. ¿De verdad él puede haber escrito eso ahí, a la vista? Y, sin embargo, en la película funciona, la postal resulta ser como la mesa, la ocasión de hacer visibles dos caras de la misma situación. 
Y, decíamos, aunque las manos nos revelen lo oculto, ya en los rostros adivinamos que algo se oculta, ya en los rostros adivinamos la confusión de sentimientos que apenas se logran controlar. En esta película los personajes piensan a menudo. Intentan comprender lo que les pasa. Lo que les viene del exterior pero también lo que les ocurre en el interior. A veces parece que los personajes, interiormente, estén ante sus ideas y sus sentimientos como ante una puerta cerrada que no saben si abrir. En sus rostros, en los movimientos de sus cabezas o de sus ojos, sentimos que piensan en dos tiempos, como si se detuviesen ante la puerta tras la cual se esconde lo que sienten o la decisión que van a tomar y luego, en un gesto enérgico, con la energía necesaria para vencer el miedo, abriesen esa puerta y se encontrasen cara a cara con sus sentimientos ocultos o sus decisiones irrevocables. 
Pero, volviendo al principio, la mesa, ahí, además de dividir la realidad en dos, lo visible y lo oculto, se nos viene encima con toda su presencia, como un ángulo que se dirige hacia nosotros, en tres dimensiones, como si se pudiese salir de plano. Esta es una película llena de relieve: una sombrilla que va y viene delante de cámara entre nosotros y los personajes, unos coches aparcados tras los cuales caminan los personajes, una figurante que por un momento, en un movimiento de cámara por la calle, viene hasta el primer término y fugazmente nos hace intuir en ella otra película posible... Tras los personajes, ante los personajes, entre ellos, el mundo existe, con todo su volumen, a veces inmóvil, como una mesa, a veces agitado, como una figurante que viene a cámara o la sombra de una piernas que, tras un ventanal, se ajustan las medias. Y los personajes, cuando discuten, se giran alrededor los unos de los otros, se encuentran ante los otros personajes como ante un volumen, algo al mismo tiempo sólido e inalcanzable, con doble cara, cuerpo hacia afuera, sentimiento hacia adentro, y saben que ellos son igual y que nunca podrán controlarlo del todo, ni lo que los otros sienten ni lo que ellos mismos sienten, y que seguirán siempre así, en un eterno vaivén, inagotable y agotador, en un mundo al mismo tiempo sólido e inasible. 
(Fue no shiratama, Hiroshi Shimizu)

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