miércoles, 4 de noviembre de 2026

los caminos

Un hombre va por el camino. Había una película española que se titulaba así. El hombre del título era un vagabundo. Un hombre que, en principio, podía ir por un camino pero, también, si le daba la gana, por otro. Ese hombre, entonces, ¿iba, como decía el título, por el camino o iba, más bien, en plural, por los caminos? Al cabo, aquel personaje dejaba de ser vagabundo: encontraba un camino único. Y la película nos hacía pensar que quizás tenía razón el título, que quizás, creyendo que iba por los caminos, el hombre en realidad iba por el camino, por su camino. Casi siempre les pasa eso a los personajes de las películas: por mucho que vayan andando por los caminos, acaban dando con su camino, con aquel que la película les destinaba. 

Aquí, en esta película, no es un hombre solitario el que va por el camino. Son una mujer y un hombre. Van a pie. Ella camina, por lo general, un poco más avanzada que él. Van como en diagonal: ella un poco por delante y él un poco por detrás, pero no justo detrás, un paso a un lado. Parece como si hubiesen ido en paralelo y luego él se hubiese ido retrasando. Pero no es eso, no es que él se haya ido retrasando. Es una cuestión de clase. Ella es la viuda de un señor importante y él era un samurái al servicio de ese señor. Él era, por lo tanto, un subalterno. Y aquí, en el camino, y en su espíritu, lo sigue siendo. 

La mujer se llama Okuni. El hombre se llama Gohei. ¿Por qué van por los caminos? Otro samurai, Tomonojo, asesinó al marido de Okuni. Tienen que encontrarlo para vengarse. Así dicho, suena sencillo. Es un poco más complicado, claro. Tomonojo y Okuni, en otro tiempo, habían prometido casarse. El padre de Okuni no lo aprobó y la forzó a casarse con un señor importante. El marido, por lo que vemos en una breve escena del pasado, no es que le tuviese mucho afecto a Okuni. Era una vida más bien triste y solitaria la de Okuni. Hasta que, una noche, Tomonojo, en medio de un camino, asesinó al marido. No sabremos nunca cómo fue. No sabremos si se dijeron alguna palabra o si le atacó por sorpresa. Lo que sabemos es que, desde entonces, Okuni está en camino para vengar la muerte de un hombre al que no amaba y que no la amaba. Y con ella va Gohei, en deuda, dice, con su señor muerto. 

¿Okuni y Gohei van por los caminos o van por el camino? Van por el camino trazado por la tradición y la sociedad: el camino del samurai, o el camino de la venganza. Pero, al mismo tiempo, como ese camino los obliga a buscar a un hombre que se esconde, y como, además, viven en un tiempo de viajes a pie, un tiempo en el que los desplazamientos llevan, precisamente, su tiempo, Okuni y Gohei van de camino de camino, azarosos, dependiendo de rumores e informaciones viejas. Y esa es su vida desde hace dos años, quizás tres: ir por los caminos siguiendo un camino único. 

Van por caminos bastante transitados, o al menos eso parece. Cada vez que los vemos caminando, se cruzan con otros caminantes. Los miran y son mirados por ellos. Vidas que se cruzan apenas un instante, sin saber nada los unos de los otros. Vidas vistas, quizás, como una pequeña adivinanza: ¿quiénes serán? ¿a dónde irán? ¿serán felices? Y, en las posadas en las que se alojan, a veces hay fiestas o espectáculos: la boda de unos comediantes, una representación de marionetas, un baile en el pueblo. Es, a veces, un alegre barullo de fiesta. Allí, cerca de ellos, junto a ellos, otras vidas son vividas, de otra manera, sin seguir el camino de la venganza. Siguiendo, por ejemplo, el camino de los comediantes. O permaneciendo, sedentarios, en el mismo lugar, en el camino sin camino: el camino del campesino, el camino del artesano, el camino del posadero. 

A Okuni le gusta mirar por la ventana de las posadas. Desde lo alto, ve a la gente en la calle. Adivinamos en su rostro que se le va la imaginación en cada vida que ve pasar: las gentes del pueblo, una familia en la que el padre coge a hombros a una niña, los comediantes recién casados que se van bajo la lluvia... Por un instante, un instante agridulce, su imaginación la libera del camino de la venganza y se va por ahí, por otros caminos que, vistos desde la ventana, parecen más libres y, por ello, más felices. Aunque quizás esas vidas ajenas que Okuni envidia desde la ventana sean, también, vidas que siguen un camino cerrado, sin poder bifurcar, sin poder inventarse, de golpe, un nuevo camino, una nueva vida.

Para Okuni y Gohei el camino de la venganza es una obligación. No hay en él libertad. El destino está claro: matar a Tomonojo para, así, poder regresar a casa. Pero, en realidad, uno nunca sabe del todo qué camino es el que está caminando. Okuni y Gohei, caminando el camino de la venganza, van caminando, cada vez más conscientes de ello, el camino del amor. El camino de la venganza, ese camino que es su condena, que les hace mirar con envidia a los lados, hacia las vidas ajenas, las vidas que parecen libres y felices, se ha ido convirtiendo, poco a poco, en su felicidad.

Okuni y Gohei podrían seguir toda la vida por los caminos, en esa intimidad compartida del caminar, de las posadas y del cuidarse el uno al otro. Podrían no encontrar nunca a Tomonojo y convertir ese fracaso en forma de vida. Pero Gohei no soporta la idea de hacer esa trampa. El camino de la venganza, el camino del samurái, no tolera el engaño. Y, además, esa felicidad que han descubierto en el camino, la felicidad de estar juntos, quieren, de alguna manera, sacarla de los caminos, regresarla a casa. 

Entonces aparece, por fin, Tomonojo. O, más bien, Tomonojo estaba ya allí, siguiéndoles, tocando la flauta por las noches, una flauta que Okuni no podía no reconocer. Es una flauta que, por momentos, suena como música de película y no como música interpretada por un personaje. Pero, al contrario que la música de la película, aquí los personajes la oyen. Sienten su presencia en sus vidas. Y, ¿acaso la música de película no suena, a menudo, como el destino de los personajes, como aquello que los conduce a la perdición o a la salvación, a la felicidad o a la pena? ¿No nos parece a veces que los personajes hacen lo que la música les pide, que siguen el camino que les traza una música que, sin embargo, no ellos no escuchan? Aquí, sin embargo, Okuni y Gohei escuchan esa música, escuchan su destino trágico. Y Tomonojo, en la sombra, la interpreta. 
 
¿Pero qué hace Tomonojo siguiéndolos? ¿Qué hace Tomonojo tocando esa música que es el destino trágico de Okuni y Gohei, atados al camino de la venganza, pero también su propio destino trágico? Tomonojo no quiere morir pero tampoco quiere vivir en una huida permanente. Necesita que su camino acabe. Ya lo escribió un poeta: Aunque se suele decir/ que la vida es un camino/ el caminar no es vivir. Pero también escribió: El hombre desde que nace/ le va huyendo a su destino:/ y por quererle escapar/ le va abriendo caminos. 

Tomonojo sigue a sus perseguidores y decide hablar con Okuni para escapar a su destino, para que el destino se desvanezca y quede, simplemente, la vida. Pero Tomonojo, en realidad, se la está jugando a todo o nada. El todo: desvanecer el destino. La nada: ser alcanzado por el destino. Que se acabe, en cualquier caso, el camino. Que empiecen, quizás, los caminos, los azares. O acabar con todo, quedar muerto al borde del camino y no dar ya nunca un paso más. 

Al final, Okuni, Gohei y Tomonojo alcanzan su destino, o son alcanzados por él. Tomonojo muere, cobarde y, en el último instante, cruel. A Okuni y Gohei ya sólo les queda el camino a casa. Los vemos alejarse. Pensamos en su vida allí, cuando estén de vuelta, cuando se haya acabado el caminar. Nos preguntamos si, ahora que cumplieron el camino de la venganza, serán libres, o si, al contrario, el camino, mientras no habían alcanzado su meta, era la libertad, la única libertad que podían compartir. Nos preguntamos si extrañarán el camino, las fatigas, los días de lluvia, los días de fiebre. Nos preguntamos si mirarán hacia su vida pasada como quien mira vidas ajenas desde una ventana, envidiando la libertad ajena, la libertad pasada. Nos preguntamos muchas cosas. Esta es una película así, hecha para no terminar, para no llegar a casa, para ser pregunta, para quedarse en el camino y dejar que los personajes a los que hemos acompañado y conocido se alejen, se nos vuelvan siluetas, cada vez más inciertas, cada vez más desconocidas.  

(Okuni to Gohei, Mikio Naruse)

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