Es una noche cualquiera, en la gran ciudad. En la pista de un club llamado Telabia, todos bailan. Al borde la pista, todavía distantes, un hombre y una mujer. Ellos no bailan. Están ahí, inmóviles, a la espera de ver y, sobre todo, de ser vistos. Nada mejor para ser visto, cuando todos bailan en pareja, que estar ahí, de pie, solitarios, sin moverse. La mirada, en el cine, en la vida, se va a lo singular. El hombre y la mujer, ahí parados, están como al borde del agua, echando la caña de pescar. ¿Qué peces buscan? ¿Los peces no serían aquellos que se mueven, que están en el agua que es la pista? Sí, quizás lo sean, pero no es eso lo que buscan los pescadores. A lo que han venido ellos es a pescarse entre sí.
Ha venido a pescarse el uno al otro para, una vez juntos, echarse a la agua de la pista de baile y ser, ellos también, peces. ¿Quién ha mordido el anzuelo? ¿El hombre que se acerca a la mujer para sacarla a bailar? ¿La mujer que acepta la proposición del hombre? Nosotros, a estas alturas de la película, vemos al hombre como el pescador y a la mujer como la pescada, porque sabemos lo que él busca y a qué negocio se dedica: enredar y sacar dinero a jóvenes ricas. Pero eso no quita que ella también ande a la pesca de algo: el amor, lo imprevisto. Esa es, quizás, la paradoja de esta pesca que hay en la película (y en muchas otras películas de engaños): sólo se puede pescar a quien también anda a la pesca.
El seductor pescador, una vez que ha pescado, tiene que salir a la pista de baile y deslizarse como un pez. El seductor pescador, para sacar adelante su negocio, tiene que parecer un pez y, al mismo tiempo, recordar siempre que no lo es. Contra la ebriedad del amor ejerce el autocontrol de la duplicidad. No se da cuenta de que el autocontrol y la duplicidad generan su propia ebriedad. Adicción a la duplicidad y, también, ceguera del autocontrol. El pescador se cree que todos a su alrededor son peces y que sólo él es pescador. Se le olvida lo obvio: si él es doble, falso pescado, verdadero pescador, otros también pueden serlo.
Nosotros, los espectadores, que no podemos entrar en la película a bailar, que lo vemos todo desde el borde del agua (o, quizás, como en un centro oceanográfico, viendo lo que sucede bajo el agua a través de un cristal pero sin ser parte de ello), nos damos cuenta de que es un mundo lleno de anzuelos y de trampas que el pescador ignora. Le vemos ir tendiendo trampas, pero vemos también las trampas que se van tendiendo a su alrededor y, aún más, las trampas que se va tendiendo a sí mismo. Cuanta más gente conoce, cuanto más pesca, más se le reduce y se le enmaraña el mundo, más posibilidades hay de que sea reconocido por quien no le conviene o de que alguna de las personas que conoce resulte ser una trampa.
El pescador, en un principio, ni siquiera está claro si es pescador o caña o anzuelo o cebo. Es joven y es guapo. Es estudiante universitario y su familia tiene apuros de dinero. Anda con un amigo que también es joven, estudiante y con problemas de dinero, como él. El amigo, sin embargo es menos guapo. A cambio, la naturaleza, o la vida, le han dado ideas e imaginación. Es, por así decir, el guionista. Tú tienes las apariencias, yo tengo el cerebro, hagamos montones de dinero, que dice una canción. Y también: si tú tienes la inclinación, yo tengo el crimen. Lo podemos imaginar diciendo, tal cual, la letra de la canción. Y creyéndosela. Pero al guapo, en realidad, no le basta con tener las apariencias. Tiene que tener, también, el valor y el cinismo. El valor para, como quien dice, poner el cuerpo, arriesgarse a que algo salga mal. El cinismo para no dejarse limitar por los escrúpulos. Tiene que tener, él también, el crimen. Y tiene que tenerlo, en realidad, mucho más que el guionista.
El amigo guionista a veces interviene pero por lo general se queda en un segundo plano, al borde del agua. Se podría pensar que es él el pescador y que lo que hace es sujetar la caña. La estratagema podría ser la caña y el guapo el cebo. Se podría pensar eso si los roles estuviesen bien delimitados. Pero esos son, nada más, los roles de entrada. En el juego de la duplicidad, nada es firme, y tampoco los roles. El guionista puede poner en marcha el juego de la duplicidad, pero no puede controlarlo. El guionista, andando el tiempo, se da cuenta de que ya no es guionista de nada. La historia se le escapa. Y él mismo, su propia identidad, se le escapa. Nunca fue el cínico que decía ser, explica. Pero no sabemos si creerle, porque eso sería creer que el mundo de la duplicidad es, a pesar de todo, un mundo con certezas, un mundo de identidades fijas y de máscaras que simulan. Sería creer, también, que hay un adentro y un afuera del agua, que se puede entrar y salir del escenario de la duplicidad, del mundo de los pescadores y los pescados. Alguna vez fue el cínico, quizás ya no lo sea, quizás pueda volver a serlo.
La película, al final, parece decir que sí, que hay un mundo de las certezas. A esas alturas, la verdad, ya no sabemos si, en el fondo, toda relación no tiene algo de pesca, algo de anzuelo, y si no es preferible saberlo, asumirlo, y, aún así, vivir con el horizonte de lo justo. Mientras, en las calles, jóvenes y mayores montan sus puestecitos ambulantes y gritan los productos que venden. Tiran la caña, sí, pero no están al borde del agua. Pescan, peces ellos también, desde el agua misma.
(Ikari no machi, Mikio Naruse)
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