miércoles, 14 de octubre de 2026

el contable

Los enamorados, en las películas, en la vida, se miran. Pero los enamorados, en las películas, en la vida, lo son también porque, además de mirarse el uno al otro, miran en la misma dirección. Miran a la luna, por ejemplo. Miran al presente. Miran al futuro. Aquí, un hombre y una mujer miran un libro de cuentas. Él está de de pie. Ella está sentada, porque es la jefa. El hombre y la mujer son amantes. Miran, juntos, en la misma dirección: columnas de entradas y salidas, de ingresos  y gastos. Es la mujer la que ha tenido la idea: para tener al amante cerca, ponerle con las cuentas de la empresa. Es, le parece, lo más práctico. La empresa es su vida y si quiere algo de amor más vale introducirlo en el negocio. Así no se divide el tiempo. 

Lo que están mirando el hombre y la mujer, en ese preciso momento, en el libro de cuentas, son los tejemanejes secretos de uno de los empleados. Se podría decir que, como Paolo y Francesca cuando leían los amores de Lancelot, el jefe y el amante contable están leyendo, en el libro de cuentas, una historia de amor. Los movimientos secretos de productos son consecuencia, o quizás causa (en esta película nunca está claro qué fue antes, si el amor o el dinero), de la relación entre un empleado y una empleada. En vez de ser una historia como la de Lancelot, una historia hermosa que da ganas de quererse, es una historia mezquina. La jefa y el amante contable, ante el libro de cuentas, están, aunque ellos ni lo digan ni lo piensen, como ante una historia espejo, pero un espejo que refleja lo malo, como aquel de La reina de las nieves. ¿Puede un amor durar si se refleja en esa lectura común?

El empleado que está haciendo maniobras secretas, por otra parte, es el marido de la hermana de la jefa. No fue un matrimonio por amor, sino otra de las maniobras de la jefa para tenerlo todo bien atado. La jefa tiene sus razones para hacer así las cosas. Al principio de la película hemos visto las trampas que le tienden en el momento de la muerte de su marido, para arruinar su empresa. Toda la película parece hecha, en realidad, secuencia a secuencia, de pequeñas trampas. Trampas como las de los furtivos: discretos cordeles que de pronto se cierran atrapando a la presa. O, más bien: cláusulas de un contrato que, una a una, no parecen gran cosa, pero que todas juntas atrapan. Todas las secuencias, ya sean de negocios o de amor, son secuencias de negociación: si yo hago esto, tú haces aquello. Y todas las secuencias, aunque parezcan secuencias de amor, se acaban revelando secuencias de negocios. 

El negocio se come la vida de los personajes. Es como un pequeño insecto voraz, que deja sus vidas, y las secuencias de la película, en los huesos. Parece, por momentos, como si toda una temporada de un culebrón, con sus giros y sorpresas, con sus pasiones y sus cálculos, hubiese quedado reducida a una hora y cuarenta minutos. Del culebrón, nada del cuerpo, apenas los huesos, apenas las cláusulas, apenas el clac de las trampas cerrándose. Un culebrón narrado como un contrato. O un culebrón narrado como libro de cuentas. Cada secuencia, una línea en el libro. Cada secuencia, un ingreso o un gasto. ¿El cineasta como contable? Los libros de cuentas tienen sus verdades...

(Bara kassen, Mikio Naruse)

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